Debatir para decidir
Domingo 1ro. de Octubre. Se abre el debate presidencial. Presiones altas. Nervios tensados. Expectativas inmensas... Ejercicio democrático digno de perfeccionarse.

Los debates políticos nunca fueron muy atractivos en Ecuador. A diferencia de otros países en los que resultaban decisivos. Presenciamos estos encuentros -no siempre amigables- desde hace más de medio siglo. Los inauguró Suecia y la siguieron Holanda y Alemania. Hicieron historia -con cobertura televisada- los encuentros Kennedy-Nixon en los 60 y Macron-Le Pen en 2.017. Actualmente se han generalizado en los países democráticos.

Las valoraciones han cambiado con el tiempo. El debate de la primera vuelta de agosto -a pesar de sus vacíos-  atrajo mucho público, posiblemente como efecto del asesinato de Villavicencio. Produjo consecuencias  inesperadas… un desconocido Daniel Noboa fue catapultado para la segunda vuelta. Y otros candidatos fueron enterrados: Topic, Sonnenholzner, Yaku, Hervas…

El debate electoral -hoy obligatorio y dirigido por el CNE- apunta a un objetivo encomiable: entregar elementos para lograr un voto ciudadano informado y conciente. Con este fin, genera un espacio de discusión estructurada donde se conocen propuestas con sus sustentos y alcances. Se espera que contrarreste los mensajes emocionales que predominan en las tarimas, los tik-tok, los recorridos.  

El debate público es algo más. Para muchos, lo trascendente no son las propuestas en sí. Son las poses y las actitudes. Elementos como la personalidad, seguridad, el aplomo. Valoran la capacidad de comunicación. Las cualidades de improvisación, de respuesta rápida, de ingenio y hasta de humor. Los mensajes de un debate son pues, múltiples. 

Es necesario reconocer que un debate -por relevante que sea- marca solo un momento. Es preciso considerar el contexto con sus urgencias, el evento en sí y las consecuencias que genera (tomas de posición, cambios de imagen, modificación de prioridades, nuevos énfasis). En nuestro caso, el efecto principal deberá medirse en la opción que toman los indecisos,  cerca del 40%.

UN DEBATE Y DOS CALCULADORES

Los primeros análisis de políticos, especialistas, redes y periodistas resaltan la pobreza y baja calidad general del debate. Una discusión ligth de dos personas no fajadas en el oficio (junior según algunos). No deja temas estelares, medidas de efecto, mensajes trascendentes que perduren. 

Predominó la cautela y el cálculo. Ningún candidato arriesgó ni confrontó . “No equivocarse ni agitar las aguas” parece haber sido la consigna (tongo, según algunos). Las grandes diferencias -que existen- se encubrieron y edulcoraron. Con estas actitudes, el debate se tornó lineal, cansino, predecible, incoloro. Eso sí, facilitó un diálogo civilizado, sin juego sucio, sin ataques personales. Guante blanco y tibieza. Emoción y pasión casi ausentes. 

Las preguntas abordaron grandes preocupaciones nacionales: violencia, empleo, dolarización, servicios... Lastimosamente las respuestas no pasaron de la epidermis ni llegaron a los cómos. Nada nuevo. Los candidatos ni siquieran ocuparon todo su tiempo disponible. En cambio, extrañamos temas como miseria, extorsiones, migración, indígenas, niños, género. Y se rozaron apenas temas sociales, educación (que no solo es superior), gobernabilidad. 

El formato mejoró en relación al anterior: duración, tiempo de exposiciones, réplicas. La moderación resultó más dinámica, menos policial, más amigable. Varias preguntas resultaron enormes y retorcidas, imposibles de abordarse en su integralidad, inadecuadas para una gestión tan corta. El protocolo en lugar de ordenar la discusión, la corta, la distorsiona, la despedaza. 

Las propuestas revelan que los candidatos no han asumido el significado de una transición y emergencia de 17 meses. No han entendido lo que son prioridades -que no pueden ser 100- con hilo de mediano plazo.  Predominaron promesas sin creatividad, nada deslumbrantes, poco sistémicas. Y lo insólito: “gran parte de las afirmaciones de los candidatos fueron falsas” (Estudio de factchecking de GK)

No faltaron expresiones populistas, demagógicas, de aroma clientelar. Lugares comunes, expresiones dulzonas y épicas poco auténticas, con  tinte manipulador. Los mensajes finales resultaron insignificantes, no rescataron esencias e identidades de las candidaturas. 

En una valoración del debate como proceso e instrumento democrático y como símbolo de madurez política, hay más deuda que ejecutorias. El éxito del mecanismo está aun distante. 

Sobre los efectos, habrá que esperar unos días, algunas encuestas y los resultados de octubre-15. Sabemos que hay posturas invariables desde antes del debate. La clave estará en dimensionar los indecisos que optaron luego del debate. Y si lo hicieron, basados en información, sustentos no emocionales, sentido de país.  (O)