El Estado que se achica sin reformarse: el error de siempre
Quienes operamos empresas, cerramos contratos y tramitamos habilitaciones ante estas entidades sabemos lo que cada reorganización significa en la práctica: semanas de incertidumbre, ventanillas sin responsable, inversiones en pausa.

El 4 de junio, la Presidencia de la República anunció lo que denominó una "optimización del Estado": de 14 a 10 ministerios. Economía, Agricultura y Producción fusionados en uno. Infraestructura y Telecomunicaciones, en otro unificado. Trabajo y Desarrollo Humano, en un tercero. El organigrama se contrae. El comunicado habla de eficiencia, eliminación de trabas burocráticas y mejor uso de recursos públicos.

Suena bien. El problema es lo que no dice.

Reducir ministerios sin cambiar primero los incentivos, los contratos y las herramientas es como fusionar tres empresas deficitarias esperando que la suma dé positivo. No funciona así. Lo que se hereda son las tres culturas disfuncionales, los tres sistemas informáticos incompatibles y los tres equipos que no saben quién manda.

Singapur lo resolvió hace décadas con una lógica inversa: antes de achicar, profesionalizó. Construyó un servicio civil donde los cargos de alto nivel compiten salarialmente con las mejores empresas privadas del país. “Prefiero tener los mejores talentos del mundo aquí, trabajando con mi gente para competir contra el resto del mundo, que tenerlos fuera compitiendo contra nosotros" —lo dijo Lee Kuan Yew sin eufemismos— y Ecuador lleva años pagando lo menos posible, buscando algo imposible en los puestos que más importan, el servicio a la patria cuenta, pero no siempre es posible. 

La reforma pendiente no es de estructura. Es de modelo de contratación. Los cargos equivalentes a C-level en el sector público —viceministros, directores nacionales, secretarios técnicos— deberían competir en condiciones reales con el mercado privado: contratos por resultados, remuneración variable, evaluación de desempeño real y salida ágil cuando no se cumple. Hoy el Estado ofrece estabilidad sin exigencia, o inestabilidad sin compensación. Ninguna de las dos atrae talento de primer nivel.

A eso hay que sumar inteligencia artificial aplicada con criterio. No chatbots decorativos: automatización real de los trámites que hoy paralizan inversiones, sistemas de gestión documental que no dependan de que el funcionario de turno esté en su escritorio, y datos abiertos que permitan auditoría ciudadana en tiempo real. La fusión de ministerios es una oportunidad para digitalizar procesos antes de que los nuevos equipos los hereden en papel.

Quienes operamos empresas, cerramos contratos y tramitamos habilitaciones ante estas entidades sabemos lo que cada reorganización significa en la práctica: semanas de incertidumbre, ventanillas sin responsable, inversiones en pausa. La fusión del Ministerio de Desarrollo Económico y Productivo —que ahora concentra economía, agricultura y producción— es exactamente el tipo de megaestructura que, mal gestionada, se convierte en cuello de botella para todo lo que mueve la economía real.

Soy pro-eficiencia, estatal y empresarial. Creo en un Estado más pequeño. Pero la secuencia importa: primero paga bien, luego digitaliza, luego rediseña estructuras. Invertir el orden no produce eficiencia. Produce caos con mayor problema para los ecuatorianos.  (O)