Durante poco más de un mes, el país entero va a estar pendiente de lo mismo, y eso produce un fenómeno económico curioso. Aparecen negocios de la nada, otros que llevaban años operando de pronto venden el doble, y un montón de gente que nunca se había planteado emprender empieza a mover dinero alrededor de una pelota. El Mundial no premia al que más cree en su idea, premia al que entiende mejor en qué tipo de juego está metido, y por algún motivo esa distinción, que en la economía real tarda años en hacerse visible, durante un Mundial se revela en cuestión de semanas.
Pongámoslo en escena. Una empresa de cromos coleccionables, esa que todos tenemos en la cabeza, cuadriplica su facturación cada cuatro años vendiendo pedazos de papel que cuestan centavos, y lo hace de manera tan previsible que podría marcarlo en el calendario con años de anticipación. Una fábrica nacional de calzado lanza una línea inspirada en la selección, pero ese producto va a seguir existiendo cuando el torneo termine porque la empresa ya estaba ahí antes y el Mundial es apenas la rampa. Y en la esquina, alguien compra doscientas banderas a dos dólares para venderlas a cinco, esperando que el 20 de julio le queden, con suerte, excedentes de efectivo y, sin suerte, ochenta banderas arrumadas en el garaje.
Los tres pueden ganar dinero. Los tres pueden estar haciendo lo correcto. El problema empieza cuando el de las banderas se cree la empresa de cromos y compra inventario como si tuviera una marca detrás, terminando con un activo varado que nadie quiere. O cuando la fábrica de calzado opera como si fuera un puesto temporal, no invierte en construir nada que perdure y desperdicia la única ventana en que medio país la está mirando. El error no está casi nunca en la calidad de la idea, sino en jugar un partido distinto al que realmente se está jugando, creyendo que es otro.
Aquí es donde el Mundial deja de ser una anécdota deportiva y se vuelve, si uno quiere mirarlo así, un laboratorio. Porque comprime en treinta y nueve días el ciclo completo que en cualquier otro negocio se estira durante años: detectas una oportunidad, validas si es real, lanzas, escalas o no escalas, y cierras o sobrevives. Todo a la vista, todo en tiempo récord. Y lo que ese laboratorio expone es que la mayoría de quienes entran ni siquiera se preguntan qué tipo de apuesta están haciendo… simplemente vieron que había movimiento y se subieron.
Dos preguntas bastarían para no perderse. Una es sobre el tiempo. ¿El negocio existe gracias al Mundial y muere con él, o el Mundial es el catalizador de algo que ya venía o que va a seguir? La otra es sobre el techo ¿puedo crecer sin tener que estar yo físicamente en cada transacción, o todo depende de mis manos y mis horas disponibles? Quien responde con honestidad antes de invertir ya juega con ventaja sobre quien se las salta, porque sabe qué esperar de su propia apuesta y deja de exigirle a un puesto de banderas el comportamiento de una empresa con marca.
La trampa más frecuente que veo cuando me siento con emprendedores, es querer estar en el cuadrante prestigioso cuando uno está parado en otro. Todos quieren ser la fábrica que despega, casi nadie quiere admitir que está montando un puesto temporal, y sin embargo, un puesto temporal bien entendido, con números que cierran y un plan de salida claro, es un negocio honesto y rentable. El problema no es estar en el cuadrante modesto, el problema es estar ahí creyéndose otra cosa, porque ese autoengaño es precisamente el que lleva a sobreinvertir, a no construir lo que sí se podía construir, o a frustrarse esperando un crecimiento que la estructura del negocio nunca iba a permitir.
Y acá conviene salir del Mundial, porque sería cómodo pensar que esto es un asunto de vendedores improvisados y temporada futbolera. El directivo que monta un proyecto de inteligencia artificial porque hay que tener inteligencia artificial, sin definir qué problema resuelve, comete el mismo error que el de las banderas que se cree marca: confundió el juego. Creyó estar jugando a transformar su negocio cuando jugaba a no quedarse atrás en una conversación de directorio, que es un juego distinto y que rara vez termina bien.
Lo que vuelve esto algo más que una curiosidad mundialista es el dato del más reciente reporte sobre actividad emprendedora en el país (GEM). Somos uno de los lugares más emprendedores del planeta, pero más de nueve de cada diez personas que emprenden lo hacen empujadas por la necesidad, porque el empleo escasea o no alcanza, y no porque hayan elegido conscientemente entrar a un juego determinado. Y por cada persona que logra sostener un negocio establecido hay casi seis que apenas están empezando. Es decir, no es que falten emprendedores ni que falten ganas, lo que escasea es la decisión deliberada de entender en qué cancha se está parado antes de empezar a jugar.
Visto así, el Mundial nos regala un espejo. Durante unas semanas podemos observar, en pequeño y en acelerado, la misma confusión que arrastramos durante años en nuestras empresas: la idea de que basta con creer mucho, trabajar duro y subirse a la ola del momento, cuando lo que de verdad separa al que construye algo del que se queda mirando es haberse hecho una pregunta a tiempo y sin autoengaño de ¿qué juego estoy jugando realmente? (O)