El hombre que se negó a convertirse en el Elegido
El recordar que alguien fue capaz de renunciar a ser el Elegido, permite tener la esperanza de que se pueda hacer una revolución profunda en cada persona, entender que no somos todo lo que creemos y que, si miramos más adentro, podemos aportar con nuestro grano de arena para iluminar el camino nuestro y quizá el ajeno. Como decía Krishnamurti -hacer una revolución interior para que seas tu nave y faro al mismo tiempo-.

Jiddu Krishnamurti poeta, escritor, filósofo y uno de los grandes maestros espirituales de nuestro tiempo, nació el 12 de mayo de 1895 cerca de la ciudad Madrás en la India. Su legado en todas las facetas de su vida ha sido sorprendente y leer sus ensayos, opiniones y enseñanzas es una fuente inagotable de sabiduría. La historia de su vida esta llena de desafíos y actuaciones que son dignas de destacar en una época donde el ser humano y sin duda muchos de sus lideres parecen perdidos en una tormenta de egos y falta de coherencia.

Una de las historias que vale traer al presente, es la pretendida determinación por parte de un grupo de intelectuales para que Jiddu Krishnamurti se convierta en el Elegido, el nuevo Mesías de un credo religioso, filosófico y teóricamente espiritual a principios de los años 20 del siglo pasado. La llamada Sociedad Teosófica, una organización fundada en 1875 por Helena Petrovna Blavatsky, ciudadana rusa que había vivido en el Tíbet y el Coronel Henry Steel Olcott, un investigador psíquico de los Estados Unidos, que tenía la misión fomentar el estudio comparativo de las religiones, filosofías y ciencias e investigar las leyes inexplicadas de la naturaleza y los poderes latentes en el hombre, "descubrió" a Krishnamurti cuando era niño y solicitó a su padre que permita que el niño abandone su colegio en su ciudad natal y sea educado por la institución. La organización sacó al niño y su hermano de la casa de su familia y los llevó a vivir a la sede de la Sociedad Teosófica en la ciudad de Adyar y posteriormente a Inglaterra donde su estadía duro diez años.

La Sociedad Teosófica decidió al poco tiempo de iniciar su instrucción, que aquel niño tenía cualidades especiales y únicas en su capacidad mental, intelectual y espiritual y emprendió un plan para formarlo como el Buda del futuro, el avatar del siglo XX. Con esta visión se levantaron cuantiosas donaciones en todo el mundo, se declaró su designación y se generaron miles de seguidores que aclamaban la nueva organización y a su futuro líder. Pero nadie conoce los caprichos del destino, porque cuando se hace este anuncio, Krishnamurti comienza a pensar y a expresarse de forma completamente distinta a los preceptos de la Sociedad Teosófica y decide formalmente no aceptar ser tratado como una autoridad, rehúsa  ser el Elegido,  disuelve la orden creada para ese objetivo y ordena la devolución de todas las donaciones a sus propietarios originales, argumentando que el hombre no puede llegar a la verdad a través de ningún credo, dogma o por una filosofía.

En su camino posterior no deja de enseñar hasta su muerte. Los temas tratados por él podían ser tan simples y a la vez tan profundos. Nos habló del aquí y el ahora, a veces tan trillado en nuestro tiempo, explicando que no podemos esperar al mañana para aprender. Decía “No hay comprensión en el tiempo. La comprensión no llega mañana; jamás llegará mañana, la comprensión es ahora o nunca". Tenía el don de decir mucho con pocas palabras y actuaba sin hacer distinción de nacionalidad, religión, clase social o raza. Recorrió un largo camino, recibió la Medalla de la Paz de la ONU en 1984 y murió a los 90 años. 

Dentro de tantas enseñanzas, la que dejó con su ejemplo renunciando al plan de otros, al poder y sobre todo a su propio ego resulta fundamental. Para Krishnamurti, quien en su vida se cruzó con escritores, científicos, lideres de distintos orígenes, entre ellos con Aldous Huxley, Charlie Chaplin, Jawaharlal Nehru, Indira Gandhi y muchos otros, consideraba que el ego era el principal motor de los conflictos humanos y sociales. Estas reflexiones tan pertinentes hoy, en que el ego es visto por algunas personas casi como una virtud en el campo profesional, religioso y político sin duda. Donde los seres humanos muchas veces nos perdemos en los conflictos internos y externos, sin comprender que existen caminos a un éxito valorado de otra manera, libres de estos enredos de la mente. Las enseñanzas de este ser humano, vale meditarlas en esta era donde en medio de tanta información cierta y falsa, enfrentados a valores contradictorios en nuestros desafíos personales y profesionales, nos podemos confundir profundamente sobre quienes realmente somos. El recordar que alguien fue capaz de renunciar a ser el Elegido, permite tener la esperanza de que se pueda hacer una revolución profunda en cada persona, entender que no somos todo lo que creemos y que, si miramos más adentro, podemos aportar con nuestro grano de arena para iluminar el camino nuestro y quizá el ajeno. Como decía Krishnamurti -hacer una revolución interior para que seas tu nave y faro al mismo tiempo-. (O)