La batalla por la ecuanimidad

Hace algunos meses escuchaba con atención a una de las instructoras de una formación que venía realizando durante el último año. Ella explicaba el recorrido que había llevado a cabo para aprender a disminuir su nivel de estrés: años de trabajo en el desarrollo del autoconocimiento, técnicas para conectarse con el momento presente y los fabulosos efectos que estos aprendizajes habían traído a su vida, funcionando —según relataba— de maravilla… hasta el instante en que llegaba a casa y de pronto, todo se desbarataba.

Con humor afirmó: “es que mis hijos y mi marido no colaboran”. Entre las risas de ella y de la audiencia, yo no podía evitar sentir cierta decepción ante la paradoja que esa experiencia evidenciaba. Tantas enseñanzas para cruzar el río de la vida con cierta tranquilidad, para luego ahogarse en la orilla del día a día y de los eventos ordinarios.

Mis pensamientos fueron interrumpidos por las palabras de la expositora, quien, ya en un tono serio y sosegado, dijo: “Por ello es fundamental entender que la paz en aislamiento es un entrenamiento; la paz en la vida real —con presión, conflictos y emociones— es la verdadera maestría”.

Lo cierto es que, cuando nos enfrentamos a los avatares de la vida cotidiana, lograr un balance en nuestras reacciones representa un verdadero desafío y, por tanto, requiere comenzar por adiestrarnos en la intimidad para luego tener éxito en la batalla en vivo y en directo. Para ello, resulta imprescindible comprender dos leyes naturales: la de la dualidad y la de la impermanencia. Es decir, todo tiene un opuesto: el día y la noche, el amor y el desamor, lo frío y lo caliente, el apego y la aversión. De otro lado, todo cambia. Tras una estación viene otra, todo fluye y nada permanece igual de un minuto a otro. No existe una radiografía fija de la vida; es necesario mudarse, adaptarse a la transición y aceptar los cambios. Aferrarse a la inmovilidad constituye, sencillamente, un atajo directo hacia el sufrimiento.

Existe una historia zen que ejemplifica cómo la ecuanimidad comienza por aceptar estas dos leyes. Dice lo siguiente: un discípulo acude a visitar al maestro y le pregunta: “¿Cómo escapar al invierno? ¿Cómo escapar al verano?”. El maestro responde: “Muy fácil: cuando es invierno, tiemblas; cuando es verano, sudas. ¿Dónde está el problema?”.

Las historias orientales, aunque sencillas, logran explicar con asombrosa claridad problemas existenciales de gran complejidad. En síntesis, cuando aceptamos el invierno o aceptamos el verano —cambios constantes que están más allá de nuestro control— el sufrimiento se disipa, la mente deja de resistirse y se aquieta; como consecuencia, las emociones y el ánimo se estabilizan. Este proceso, repetido una y otra vez, va creando un hábito que nos permite aceptar la luz y la sombra, la amistad y la traición, el triunfo y el fracaso tal como son.

Esta forma de actuar nada tiene que ver con impasibilidad o falta de firmeza. Por el contrario, se relaciona con la lucidez necesaria para modificar con decisión aquello que sí está en nuestras manos, y asumir sin desesperación aquello que se encuentra fuera de nuestro control. De este modo, aprendemos a reaccionar con el mismo equilibrio cuando hemos logrado remediar una situación que cuando las cosas no salen conforme a nuestros deseos.

Responder con la misma serenidad a lo que nos agrada que a lo que aborrecemos probablemente es una utopía para quienes somos simples mortales. ¿Cómo reaccionar ante la enfermedad y la salud, o ante la guerra y la paz, con el mismo aplomo? Definitivamente nuestra condición humana hace casi imposible de lograr un cometido como ese. Sin embargo, sí podemos cultivar la ecuanimidad en las pequeñas proezas de la vida rutinaria, para luego ir probándonos en retos mayores del camino  y así  evitar extraviarnos en la euforia de los momentos de ¨éxito¨ o  el abatimiento y la melancolía de las circunstancias adversas.

Volviendo a la historia de aquella instructora que, entre broma y seriedad, reconocía cómo años de trabajo interior se dispersan en segundos porque su marido y sus hijos no colaboraban, podríamos afirmar —observando lo que ocurre hoy en el planeta— que “el mundo no colabora”. Desde molestias más simples, como el jefe que grita, el tráfico que no avanza o el vecino silvestre que pone reguetón, hasta los grandes problemas de nuestra era: la guerra, el cambio climático, los prejuicios raciales, la inequidad o los tiranos que transitan por el mundo. Pero tal vez la pregunta no sea por qué el mundo no colabora, sino ¿cómo colaboramos nosotros con el mundo? Y, en consecuencia, ¿De qué manera incorporó una reacción más moderada ante las ovaciones o las críticas?  ¿Cómo mantengo la armonía a pesar de las situaciones gratas o ingratas? ¿Cómo actúo con equidad y justicia en mi entorno laboral? ¿De qué forma practico la solidaridad en mi núcleo familiar? Quizá nuestro verdadero grano de arena consista en conducirse con bondad en cada interacción social.

Habrá quienes piensen que lo que una sola persona puede hacer por el mundo es insignificante. Y eso me trae a la mente un momento de mi formación como profesor de yoga, cuando pregunté al instructor: “¿Qué sentido tiene todo este aprendizaje si quizá nunca llegue a enseñar a nadie?”. Él respondió: “Si logras ser maestro de ti mismo, ya habrá valido la pena. Luego enfócate en la bondad. Por pequeño que sea tu aporte en esta senda, a alguien llegará”.

Así que, en mi caso, con caídas y tropiezos cada día, sigo intentando ser mi propio maestro, persistiendo en la difícil batalla por la ecuanimidad. Procurando aceptar tanto aquello que me alegra como lo que duele, y confiando —como enseñaba el fabulista griego Esopo— en que “incluso el acto más pequeño de bondad nunca se pierde”. (O)