El imperio de Yegorov, la sustancia y belleza perfecta
La vejez se ha convertido en un sinónimo de la derrota y la fealdad. Como si la estética, la moda, incluso la inocencia ligada a la juventud, no fueran condiciones efímeras o barreras por atravesar.

En el siglo XVIII, el tema de la belleza fue abordado por el filósofo escocés David Hume de este modo: «La belleza no es una cualidad de las cosas en sí mismas: existe simplemente en la mente que las contempla; y cada mente percibe una belleza diferente. Una persona puede incluso percibir deformidad, mientras que otra es sensible a la belleza; y cada individuo debe aceptar su propio sentimiento, sin pretender regular el de los demás.»

 No existe la única belleza. Quizás existen tantas bellezas como tantas verdades. Junto al inventor de versos, los desfiles de moda, la industria del cine y el perseguidor de una estética determinada, escarbando entre capas de la realidad actual y fotos de los tiempos perdidos, es posible concretar que la belleza es un tema que no ha dejado de preocuparnos como especie. «La belleza será comestible o no será», escribió Salvador Dalí alterando el verso de André Breton. 

En el año 2014 apareció El imperio de Yegorov, estupenda e ingeniosa novela de Manuel Moyano, publicada por Anagrama, que despliega una estrategia narrativa virtuosa e inquietante. Se trata de un juego de piezas, de naturaleza diversa (fragmentos de diarios, cartas, informes de detectives, correos electrónicos, telegramas, grabaciones y reportajes que van desde Japón pasando por Nueva Guinea, Estados Unidos y Rusia), que se intercalan para contar la historia de Izumi Fukada, una estudiante japonesa de antropología que contrae una rara enfermedad durante una expedición en la isla de Papúa-Nueva Guinea. Se trata de un parásito que incuba en su huésped y que acaba migrando a diferentes órganos del cuerpo, deteniendo el envejecimiento y otorgándole algo parecido a la belleza eterna. Esta obra, articulada con destreza, consigue sostener la trama en un ritmo marcado por la tensión. Cada uno de los documentos falsos, creados por Moyano, articulan la novela como un rompecabezas inquietante engrosándola de verosimilitud. Es notable el modo en que el narrador perfila y controla un montón de personajes, así como sus pequeñas subtramas, dentro de este libro, que a ratos luce científico, oscuro y distópico.

 En el año 2024 apareció la película de terror corporal La sustancia, protagonizada por Demi Moore y Margaret Qualley. El conflicto de la cinta es la angustia que experimenta una celebridad del pasado, Elizabeth Sparkle, una vez que es despedida de un programa de aeróbicos por su edad avanzada. La Sustancia es un suero que se vende en el mercado negro y que genera una versión más joven de quien se lo inyecta. Dos cuerpos aparecen en este caso. Y el original se desgasta para que el nuevo cuerpo pueda disfrutar de una vida de fantasía. 

 En el año 2026 se estrenó la serie, también de horror corporal, The Beauty (o Belleza perfecta en español), basada en un cómic escrito por Jeremy Haun y Jason A. Hurley. En el cómic, dos detectives investigan una enfermedad de transmisión sexual que embellece a quienes la contraen, aunque provoca la muerte. Quienes son contagiados (o inyectados con la fórmula) pasan por una breve etapa de espamos, fiebres y dolores hasta permanecer en una crisálida de la que brotan sus nuevas versiones. La metáfora de la mariposa es redonda.

 Tres obras de ficción que expresan nuestro terror a la vejez. Y que surgen como el resultado de un pensamiento colectivo. Casi como no resistirse a indagar en ciertas ideas con las que el ser humano, aquejado por la fragilidad de la existencia, se obsesiona. Sin embargo, nada de esto es ficción o ciencia ficción hoy en día, en una época llena de ansiedades. Desde Ozempic, pasando por la terapia genética ER-100 desarrollada por Life Biosciences, o el primer ensayo de reversión de la edad del Dr. David Sinclair de Harvard, hasta la tecnología antienvejecimiento de Lonvi Biosciences, empresa en Shenzhen, que asegura tener una píldora que extenderá la vida humana hasta los 150 años. 

La vejez se ha convertido en un sinónimo de la derrota y la fealdad. Como si la estética, la moda, incluso la inocencia ligada a la juventud, no fueran condiciones efímeras o barreras por atravesar. Quizás para alcanzar en lo desconocido la plenitud de la vida hay que sumergirse en el río del tiempo y salir del otro lado amando lo aparentemente imperfecto (las estrías en los cuerpos, los excesos del poema, las canas en el prójimo). 

 Quizás no se equivocó ese vidente que fue el poeta Arthur Rimbaud, cuando escribió en 1873: «Una noche, senté a la Belleza en mis rodillas. Y la encontré amarga. Y la injurié.»  (O)