Vivimos en la embriaguez de las máquinas. Las pulimos, las bendecimos, las exhibimos como si en cada engranaje latiera una promesa de redención. Levantamos rascacielos, multiplicamos pantallas, afinamos estadísticas y a todo eso lo llamamos progreso, como si avanzar bastara para demostrar que se ha elegido bien el camino.
Pero la historia, vista sin el maquillaje de los vencedores, enseña una verdad menos amable: una civilización puede crecer en poder sin crecer en humanidad. Yuval Noaḥ Harari lo advirtió en Sapiens (2011) con esa serenidad que hiere: la aventura de nuestra especie ha multiplicado nuestro poder colectivo sin garantizar una plenitud equivalente para cada individuo. Aprendimos a producir más, a calcular mejor, a intervenir con mayor eficacia sobre el mundo; pero esa expansión deslumbrante de los medios no vino acompañada por una expansión semejante de la conciencia. Sabemos hacer más cosas. No siempre sabemos para qué.
Ahí se abre la grieta. Hemos querido creer que toda mejora técnica trae consigo una mejora moral, como si un sistema más sofisticado volviera también más noble a quien lo usa. No ocurre así. La historia no avanza en línea recta hacia la ética. Avanza hacia formas cada vez más refinadas de administrar cuerpos, ordenar conductas y ensanchar el alcance del poder. El siglo XX dejó esa lección escrita con sangre: la posmodernidad no solo produjo avances admirables; también aprendió a matar con limpieza, con método y con una puntualidad que daba vergüenza mirar de frente.
Pero esa tentación no murió en el búnker. Sigue entre nosotros, vestida con ropa más elegante. Respira en la superstición pulcra del algoritmo, en la costumbre de reducir a las personas a “recursos”, en esa manera de llamar optimización incluso a lo que nos deshabita. El mal contemporáneo no siempre irrumpe con furia. A veces adopta el tono gris del expediente. A veces habla con la cortesía impecable de una plataforma que decide el destino de miles; mientras nosotros, del otro lado, apenas marcamos una casilla y aceptamos los términos.
Ahí sigue siendo decisiva Hannah Arendt. Al pensar la banalidad del mal, mostró que el horror puede ejecutarse con modales correctos por personas poco dispuestas a juzgar moralmente lo que hacen. No porque el mal sea pequeño, sino porque puede volverse normal; no porque deje de ser horror, sino porque puede instalarse en la rutina, en el procedimiento, en la obediencia sin examen. Hay calamidades que no llegan aullando: llegan con sello, con firma y con una sintaxis impecable.
El mal no siempre muestra los dientes.
A veces firma.
A veces archiva.
A veces llega temprano y cumple su horario.
Esa es la parte más difícil de admitir. La máquina no necesita fanáticos en cada pieza; le bastan personas que no interrumpan la orden. Cuando el individuo renuncia a su diálogo interior, la obediencia deja de ser disciplina y se convierte en abdicación. Y una sociedad empieza a enfermar precisamente ahí: cuando cumplir un protocolo vale más que juzgar una realidad; cuando la conciencia estorba; cuando pensar empieza a parecer una demora inconveniente. Nos estamos volviendo virtuosos del funcionamiento y mendigos de sentido.
Al final, la madurez de una civilización no se mide solo por lo que logra construir, sino también por aquello a lo que se niega, incluso cuando podría hacerlo. Pensar incomoda porque obliga a cargar con uno mismo; obedecer simplifica porque permite disolverse en la estructura. Por eso el acto de decir “NO” conserva una dignidad tan rara y necesaria. En ese “NO” incómodo comienza, quizá, la última frontera de lo humano: el instante en que un hombre decide no entregarse del todo a la maquinaria que lo reclama.
Porque las civilizaciones no siempre se pierden cuando se derrumban.
A veces se pierden mucho antes:
cuando siguen en pie,
cuando brillan,
cuando funcionan,
cuando obedecen demasiado bien. (O)