El racionalismo de Baruch Spinoza
Razón no es sino la verdad de las ideas verdaderas, dada por la esencia de las cosas; en definitiva, por la naturaleza que es lo único real. Las ideas falsas, en la filosofía spinoziana, fecundan en la “imaginación”, conceptuada como sensaciones que no nacen de facultades mentales, pero de meras impresiones

Imposible concebir desarrollo alguno de la filosofía moderna sin remisión a Baruch Spinoza (1632–1677). Aquel pensador neerlandés de origen ibérico, quien partiendo de René Descartes (1596–1650) propone una aproximación eminentemente racional en relación con el hombre, su origen teológico y consiguiente existencia. Sus ideas estremecieron tanto a la sociedad hebrea de la cual formaba parte, como al cristianismo que vio cuestionados dogmas sustentadores de la fe. En el mundo católico, su “racionalismo” también fue recibido como afrenta al poder político de la iglesia, en momentos en que las autoridades celestial y terrenal se confundían en una sola.

Por sus cuestionamientos teofilosóficos a la ortodoxia judía, el neerlandés fue sancionado con la excomunión por el ma´amad de Ámsterdam. La Iglesia católica incluyó a Ética demostrada según el orden geométrico en el Index librorum prohibitorum (Índice de libros prohibidos). Sanciones disparatadas a un hombre convocante a concebir a Dios desde una perspectiva racional y razonada. La metafísica spinoziana parte de que la mente y la materia son propiedades de “una única” sustancia, referida deus sive natura. Afirma: “El ser eterno e infinito al que llamamos Dios o Naturaleza obra en virtud de la misma necesidad por la que existe… pues, la razón o causa por la que Dios, o sea, la naturaleza, obra y la razón o causa por la cual existe, son una sola y misma cosa”. Así, entonces, el amsterdanés está lejos de ser ateo, calificativo usado por la masa necia para estigmatizar a quienes, en materia religiosa, piensan coherentemente.

En Spinoza, “sustancia” es aquello que es en sí y se entiende por sí. Lo complementa atestiguando que, por ende, estamos ante una noción no requirente del concepto de otra cosa del que se tenga que formar. Esa sustancia es impar y divina, Dios. La mente, a título de pensamiento, y la materia, enunciada en lo tangible, son expresiones metafísicas de la sustancia. Al darse discrepancia entre la idea privada de conocimiento racional y el constituyente físico, nace la falsedad. De allí que pensar en un Dios distinto de la naturaleza conforma un error en lógica, contra lo cual el filósofo se rebela. En Baruch, todo lo existente es el Ser divino, y el Ser divino es todo lo existente. No cabe, en su filosofía, entender un Dios distinto de la naturaleza, pues deus sive substantia sive natura, o sea, Dios es sustancia y esta es naturaleza.

De lo expuesto cabe concluir que al ser la sustancia todo y, por tanto, no haber una sustancia inexistente, Dios sí existe. Debemos concebir a Dios en términos no especulativos. Pensar en Este como algo etéreo –distinto de aquello que “vemos” a nuestro derredor– es absurdo por ser contranatura. A este arrimo sensato algunos historiadores de la filosofía llaman “deductivismo”… proceso de arribar a una conclusión lógica, partiendo de premisas verdaderas. Siendo que en la naturaleza nada es contingente, todo procede de la razón. Jamás la naturaleza es irracional, y al ser esta Dios, Este es siempre perfecto. Lo es por cuanto, en palabras de Spinoza, el orden y conexión de las ideas es el mismo que el orden y conexión de las cosas. Esto, en modo alguno, es negar la existencia de Dios, pero otorgarle un atributo realista, propio del racionalismo spinoziano del cual reniega la Iglesia católica.

Baruch Spinoza distingue la religión de la filosofía. En la primera, lo determinante está dado por intereses materiales –eficazmente ligados a supuestos pronunciamientos sobrehumanos– de control sobre la vida de los “creyentes”. Para ello acude a la ignorancia, usando el ocultismo conducente al miedo. Miedo es el terror a lo desconocido, lo cual lleva al odio y este, a su vez, a la violencia, según Averroes (1126–1198), filósofo árabe nacido en Córdoba. Ese pavor, a lo largo de la historia, ha sido causante de conflictos bélicos y sociales emprendidos en nombre de la Iglesia católica, la cual también accede a la esperanza infundada de una vida posterior a la muerte.

Para el amsterdanés, la filosofía está anexada a la razón. Razón no es sino la verdad de las ideas verdaderas, dada por la esencia de las cosas; en definitiva, por la naturaleza que es lo único real. Las ideas falsas, en la filosofía spinoziana, fecundan en la “imaginación”, conceptuada como sensaciones que no nacen de facultades mentales, pero de meras impresiones. En consecuencia, la “necesidad filosófica” radica en la remisión al intelecto. Este es una actividad del entendimiento, resultante de la comprensión del mundo en modo intemporal y, por ende, apartada de puras imposiciones o emociones. Ello deriva en que el hombre de Spinoza no sea un ser libre en el sentido ordinario y vulgar del término. Las palpitaciones y las pasiones mentales en el filósofo son “servidumbres”, o sea, impotencia humana para moderar y reprimir afectos. Cuando la religión pretende reprimir al entendimiento, la devoción torna al hombre en espécimen irracional. (O)