He tenido la fortuna de estar rodeado de mujeres en todas las etapas de mi vida.
Primero como hijo, luego como hermano, esposo y padre. En cada uno de esos roles he aprendido que la fuerza, la sensibilidad y la resiliencia pueden convivir en una misma persona.
Desde muy joven vi en casa el mejor ejemplo. Mi madre fue una mujer trabajadora, profesional y emprendedora que, con su esfuerzo, marcó el rumbo de lo que soy hoy. Tengo una hermana profesional que ha forjado su camino con determinación, una esposa que admiro profundamente por su liderazgo y una hija que, a su corta edad, ya sueña con construir su propio espacio en el mundo.
Mi esposa, en particular, ha sido una inspiración constante. Alta ejecutiva en algunas de las principales empresas del país, con estudios de posgrado de alto nivel y una sólida formación en idiomas, ha demostrado que el talento y la preparación son las verdaderas credenciales para ocupar posiciones de liderazgo. Su disciplina, compromiso y visión estratégica la han llevado a destacarse en entornos altamente exigentes, convirtiéndose no solo en una profesional excepcional, sino también en un ejemplo de equilibrio entre lo personal y lo profesional.
Vivir rodeado de mujeres profesionales, determinadas y con propósito ha sido sin duda una de las mayores fuentes de inspiración en mi vida personal y profesional.
En el ámbito empresarial, he tenido el privilegio de trabajar con mujeres excepcionales: jefas, colegas, pares y colaboradoras que me han enseñado con hechos que el liderazgo no depende del género, sino del carácter. Que se puede dirigir con firmeza y con empatía al mismo tiempo.
Recuerdo una experiencia que marcó mi visión. Hace algunos años, al ingresar a una nueva organización, debía contratar a una persona para un puesto clave. Después de un proceso riguroso, seleccioné a la candidata ideal. Poco antes de su incorporación, me comentó que estaba embarazada. Para algunos, eso podría haber sido una limitante. Para mí, fue simplemente parte de su historia. Le confirmé su contratación y le pedí que viva su maternidad con tranquilidad, sabiendo que era la persona que necesitábamos. El tiempo lo demostró: fue una de las colaboradoras más comprometidas y talentosas del equipo.
Esa experiencia me reafirmó algo que trato de aplicar en cada decisión: la equidad no se predica, se practica. No se trata solo de políticas, sino de convicciones. De mirar el talento antes que las etiquetas.
Hoy más que nunca necesitamos que más mujeres lleguen a los más altos niveles de decisión —no para cumplir una cuota, sino porque su visión, inteligencia emocional y capacidad de liderazgo son esenciales para el futuro de las empresas.
Desde el 30% Club Ecuador, tengo el privilegio de impulsar ese propósito: abrir espacios, derribar sesgos y acompañar el desarrollo de mujeres líderes en el país. Pero ese compromiso también lo extiendo a otros espacios de mentoría como LILA y la AEI, donde la mayoría de las personas que he tenido el honor de acompañar son mujeres talentosas, valientes y decididas. Poder contribuir con mi tiempo y experiencia para apoyarlas a crecer profesionalmente me deja la tranquilidad de estar ayudando a construir un país —y un mundo— más equitativo y con más oportunidades reales para todos.
Como escribí alguna vez en Forbes: “Ser buena persona es el mejor negocio.”
Y en este tema, ser buenos líderes los que apuestan por el talento sin distinción es, sin duda, la mejor inversión que podemos hacer. (O)