América Latina no tiene un problema de talento. Tampoco tiene un problema de ideas. Lo que ha tenido, durante décadas, es un problema de acceso al capital necesario para convertir esas ideas en empresas que transformen industrias. Ahí es donde el capital de riesgo, también conocido como venture capital, entra como protagonista.
Una buena idea sin financiamiento es solo eso: una idea. Puede ser brillante, puede resolver un problema real, puede tener el potencial de cambiar la vida de millones de personas. Sin los recursos para desarrollar un producto o servicio, contratar talento, escalar operaciones y conquistar mercados, esa idea se queda atrapada en la libreta de un fundador que sabe exactamente a dónde ir, pero no tiene con qué llegar. El venture capital es una apuesta que busca identificar a los emprendedores con la capacidad de ejecutar ideas extraordinarias y darles el combustible financiero para hacerlo.
Esa apuesta está dando resultados en toda la región. Brasil, México, Colombia, Chile y cada vez más Ecuador están produciendo empresas que nacieron de una idea ambiciosa y que, gracias al respaldo de inversionistas que creyeron temprano, hoy operan a escala continental. Nubank democratizó los servicios financieros para millones de personas que el sistema bancario tradicional había ignorado. Rappi imaginó la última milla en ciudades donde la logística era un caos. Kavak creó un mercado de autos usados transparente donde antes reinaba la desconfianza. Ninguna de estas empresas habría existido sin fundadores excepcionales. Pero tampoco habrían existido sin el capital que les permitió pasar de la idea al producto, y del producto al mercado.
Lo que hace al venture capital particularmente poderoso en América Latina es que la región está llena de ineficiencias enormes, y cada ineficiencia es una oportunidad disfrazada. Millones de personas sin cuenta bancaria. Cadenas de suministro fragmentadas. Sistemas de salud colapsados. Educación que no llega a donde más se necesita. Estas no son solo estadísticas que abundan en el continente. Son mercados gigantescos esperando soluciones, y los emprendedores que las están construyendo necesitan capital para ejecutar.
El semestre pasado tomé una clase de historia llamada “Trabajo y ciudadanía en Latinoamérica del siglo XX”. Es cierto que muchas de la ineficiencias de las que padece el continente son aquellas que deberían solucionar los gobiernos. Aun así, cuando las ineficiencias son tan abundantes, no vale la pena pensar meramente en ideología. En práctica, lo práctico es ver cómo hay fundadores brillantes que pueden llenar este vacío (a beneficio de todos).
Ecuador cuenta con una generación de fundadores que entienden los problemas locales con una profundidad que ningún emprendedor extranjero podría replicar. Esto es invaluable. Las firmas de venture capital buscan fundadores que entiendan los contextos locales, especialmente que entiendan el product-market fit de su producto.
Alessia Russo, inversora de tecnología en Insight Partners, un fondo global de software con sede en Nueva York y con más de 90.000 millones de dólares en activos bajo gestión, dice que “a medida que los mercados desarrollados se saturan, los inversores en software a escala global miran cada vez más hacia economías en crecimiento como América Latina. La inteligencia artificial va a transformar los modelos que históricamente dependían de mano de obra de bajo costo. Los fundadores que estén construyendo alrededor de este nuevo paradigma, con un conocimiento profundo de sus mercados locales, son exactamente los triunfarán”.
No hay nada como un fundador que conozca las fricciones del mercado, hable el idioma del consumidor y tenga la resiliencia que solo se forja construyendo en entornos difíciles. Lo que muchas veces les falta no es visión, sino el respaldo financiero para moverse rápido y competir. El capital de riesgo cierra esa brecha.
Es cierto que este modelo no está exento de tensiones, la presión por crecer a toda costa puede distorsionar las prioridades de una empresa y sacrificar sostenibilidad por velocidad.
Volviendo al rol del gobierno, el rol de la política pública no es menor. Los gobiernos que faciliten la creación de empresas, reduzcan la burocracia, protejan la propiedad intelectual y generen incentivos para la inversión en innovación van a capturar el talento y el capital que hoy buscan dónde aterrizar.
América Latina siempre tuvo las ideas. Siempre tuvo talento. Lo que está cambiando es que ahora, por fin, está teniendo acceso a capital. (O)