Partamos de resaltar lo que este artículo no cubre. En efecto, no referimos los principios rectores de la liberalización económica que, en palabras de Rodrigo Borja (1935–2025) en su Enciclopedia de la política, es la política encaminada a favorecer los intercambios comerciales abiertos tanto en el ámbito nacional como en el internacional. Interesa ahora el “liberalismo” que nos permitimos denominarlo “filosófico”, significando el relacionado con la libertad intrínseca del hombre. Libertad en virtud de la cual este, y solo este, tiene la prerrogativa de decidir sobre todas sus manifestaciones morales, ideológicas y, en general, las concernientes a la conciencia en el ser humano.
En nuestro recorrido bibliográfico en la materia identificamos varios pensadores quienes, desde distintas perspectivas, abordan al liberalismo filosófico. Decantamos por una de orden neokantiano, con raíces racionalistas conducentes a concebir el liberalismo allende de lo estrictamente materialista. El peso de las corrientes políticas tiende a desfigurar el concepto mismo de la autonomía del pensamiento… base de la libertad del hombre para asumir la vida como ente individual, cualesquiera sean sus frustraciones o ideales sociopolíticos. Este liberalismo es la respuesta razonada a siglos en que los modos de pensar eran impuestos por el Estado, en aberrante unión con instituciones dogmáticas –como la Iglesia católica– impositoras de concepciones “de-formativas” de una mente libre y ecuánime. Así llegamos a José Ortega y Gasset (1883–1955), tal vez el mayor teorizante español del siglo XX. La libertad, para este, es una de las pocas cosas espléndidas inventadas por el hombre.
Si bien –según sucede frecuentemente con pensadores profundos– el desarrollo intelectual de Ortega y Gasset sufrió mutaciones a lo largo de su vida, importa su aproximación metafísica “trascendental” en torno al liberalismo. El ibérico lo conceptúa como “el pensamiento que antepone la realización del ideal moral a cuanto exija la utilidad de una porción humana… casta, clase o nación”. En este sentido, para nosotros, hablar de liberalismo es partir de uno mismo como ente jamás sujeto a teorizaciones que contradigan su razón. Es que la gnosis, a título de conocimiento absoluto e intuitivo, es algo tan íntimo del individuo que no admite limitación de naturaleza alguna. Cualquier pretensión de aplicar restricciones a conductas fruto de nuestros convencimientos es atentar contra el liberalismo filosófico.
El liberalismo “racionalista” orteguiano, aunque suene contradictorio, entraña también un idealismo de corte futurista, distinto del utopismo. Es así en tanto, abstrayéndose de la realidad del presente, se proyecta al futuro exigiendo que el mañana transforme al hoy. El ideal de Ortega y Gasset es uno ético, no político. Afirma: “le ha llegado al idealismo la hora de ausentarse de la política (…) el idealismo político no es ya más que la forma laica de la beatería”. Tal idealismo pragmático exige el respeto al hombre como es, y no como la política quisiera que sea. Por tanto, cuando esta cuestiona al liberalismo filosófico, está objetando al hombre. Todo régimen político que pretenda condicionar al liberalismo está en verdad obstaculizando la plena y vital realización del ser humano.
Sin perjuicio de lo expuesto en relación con Ortega y Gasset, hagamos un paréntesis histórico-filosófico con John Locke (1632–1704). Sostiene que los derechos morales preceden al Estado. Siendo así, le corresponde no juzgar tales derechos, pero velar por su plena vigencia. Esta es la esencia del liberalismo filosófico lockeiano. O sea, un arrimo contractualista, justificativo –o más bien explicativo– de la razón de ser del Estado. El “error” de Locke es, en toda circunstancia, considerar que los derechos naturales del individuo provienen de Dios, cuando en realidad nacen del hombre como ser superior a cualquier divinidad. El proceso de secularización estatal, germinado en la Revolución francesa, se encargó de ubicar al liberalismo filosófico por encima de misticismos y, por ende, situar a la razón como atributo humano independiente de enajenamientos religiosos.
El conservadurismo es una vergonzosa contracara del liberalismo. Aquel intenta convencernos no solo de la necesidad de vivir un statu-quo, lo cual de hecho es reprochable, pero de circunscribir la vida a parámetros conductuales ajenos a certidumbres de lo correcto según nuestra propia escala de valores. El Estado moralizador es la antítesis de la democracia. Ciertamente, podemos admitir regímenes conservadores, pero nunca permitir que guíen nuestros actuares, pues hacerlo es amilanarse… auto degradarse. La persona exterioriza su libertad cuando interviene en la vida de acuerdo con su real voluntad. La historia se ha encargado de demostrar que –salvo por excepciones confirmadoras de la regla– existe relación directa entre el libre pensar filosófico y la democracia como forma de organización estatal. (O)