Cada vez que estoy próximo a pararme frente a un nuevo auditorio, sea una nueva corte del MBA, una presentación a un comité ejecutivo o una asesoría con un directorio, vuelvo a sentir nervios. Lo curioso no es que los sienta, sino que los sienta más ahora que cuando empecé. En aquel entonces sabía menos y temía menos. Hoy soy más consciente de todo lo que podría salir mal. Y aprendí, después de muchas iteraciones, que esos nervios son los que me obligan a preparar mejor el material, a anticipar las preguntas difíciles, a llegar más afilado. Las veces que entré a una sala importante sin sentirlos, casi siempre fueron las veces que salí menos satisfecho con mi desempeño.
Cuando converso con emprendedores que asesoro, sobre todo los que están a punto de dar el salto, descubro que no soy el único que pasa por esto. El patrón es el mismo y solo cambia el escenario. El que duda si lanzar su negocio o mantenerlo como side business para no quemar las naves. El que prepara su pitch cincuenta veces antes de mandarlo. El que dice "estoy esperando el momento correcto" cuando lo que está esperando en realidad es que se le pase el miedo. El patrón se repite en niveles ejecutivos con palabras más sofisticadas. El director que pospone proponer una nueva línea de negocio porque "el directorio aún no está listo". El gerente general que retrasa la decisión de salir de un mercado no rentable porque "todavía hay margen para esperar". La narrativa dominante les dice que el miedo es algo que se domina y se esconde, que un buen líder proyecta certeza incluso cuando no la tiene. Y así, terminan gastando más energía en disimular lo que sienten que en escuchar lo que ese miedo les está diciendo.
Hay un miedo que paraliza y hay un miedo que afila, y distinguirlos es una de las habilidades más subvaloradas del liderazgo. Una pista práctica que aplico con mis asesorados: cuando el miedo viene acompañado de pensamientos sobre cómo te van a juzgar o cómo vas a quedar parado, casi siempre es ego protegiéndose. Cuando viene con preguntas sobre si has hecho la tarea o si has validado bien las hipótesis, casi siempre es señal de avance. El primero te empuja a no decidir. El segundo te empuja a prepararte mejor antes de decidir.
Phil Knight cuenta en Shoe Dog cómo los momentos más críticos de Nike llegaron cuando todos a su alrededor le aconsejaban jugar conservador. Su gran aprendizaje fue entender que tenía que jugar a ganar, en lugar de jugar a no perder. Ellen Johnson Sirleaf, primera presidenta electa de África, lo planteó desde otro ángulo con una frase bastante conocida: "si tus sueños no te asustan, no son lo suficientemente grandes". La comodidad disfrazada de prudencia es, casi siempre, el riesgo más caro que un líder puede asumir.
En Ecuador esta conversación tiene un agravante de fondo. El último Global Entrepreneurship Monitor mostró que la intención de emprender se desplomó del 56% al 38% en un solo año, mientras el miedo al fracaso subió del 38% al 40%. Una caída de 18 puntos en intención no es un dato más, es la señal de un país que está optando masivamente por la zona segura. Si esa tendencia se sostiene cinco años, no estamos hablando solo de menos emprendedores, sino de menos innovación, menos empleos y menos competitividad. Una sociedad entera que se vuelve espectadora.
El patrón se ve muy seguido. En el ámbito universitario, los estudiantes con las mejores ideas son frecuentemente los que más las posponen, y la frase es siempre la misma: "todavía no es el momento". Falta un curso más, un ahorro más, una validación más. Y se repite en los ejecutivos, solo que con vocabulario más elegante. "Estamos esperando que madure el mercado", "Necesitamos cerrar el roadmap antes", "Vamos a esperar el siguiente ciclo presupuestario". Distinta sintaxis, mismo miedo, mismo costo. Y mientras se espera, alguien más se mueve y la ventana se cierra.
La pregunta más honesta que un líder puede hacerse no es cómo eliminar el miedo, sino qué tipo de miedo está sintiendo y qué le está diciendo. Si viene del ego que quiere quedar bien, vale la pena cuestionarlo. Si viene de saber que estás apostando algo real por algo que importa, probablemente estás justo donde tienes que estar.
Y si llevas más de un año sin sentir ese tipo de miedo en lo que haces, vale la pena hacerse otra pregunta más incómoda: ¿en qué momento dejé de jugar a ganar y empecé a jugar solo a no perder? (O)