Hay algo peligrosamente seductor en sentirse importante.
No ocurre de golpe. Se construye de a poco. Escalas cargos en la jerarquía empresarial, te invitan a juntas importantes, te consultan, te invitan a sentarte en la cabecera de la mesa. Sin darte cuenta, empiezas a asociar tu valor con el rol que ocupas y con la visibilidad que ese rol te da.
Y cuando ese rol cambia, porque los ciclos terminan o porque tú decides que es hora de construir desde otro lugar, te expones a la marea de quienes solo saben medir el éxito por el tamaño del edificio donde trabajas. Y es ahí donde muchos nos enfrentamos a una pregunta incómoda: ¿qué queda cuando el título ya no está?
Hace poco, en medio de una discusión personal, de esas discusiones tontas que nacen de desaciertos completamente eludibles, pero inevitablemente humanos, escuché una frase que me obligó a detenerme: “Te recuerdo que ya no tienes un rol que presumir; ya no eres importante”.
Más allá de quién la dijo o de lo acertada (o no) que pueda ser, la frase revela algo más profundo. Dolió por el emisor, claro. Pero el baldazo de agua fría fue darme cuenta de que, por un segundo, le creí. Sentí ese vacío en el estómago de quien se mira al espejo y, bajo la lente de los prejuicios sociales, duda de su propio valor porque le falta el disfraz del cargo anterior. Nos incomoda porque toca una fibra que rara vez cuestionamos: ¿qué es, en realidad, ser importante?
Durante años, el mundo profesional nos entrena para medir la importancia en métricas visibles. El cargo, el tamaño del equipo, el presupuesto que manejas, la cantidad de personas que te buscan o te invitan. Son indicadores claros, comparables, incluso aspiracionales. El problema es que también son frágiles.
Porque la importancia construida sobre el rol es, por definición, temporal.
Y cuando desaparece, es fácil que aparezca el síndrome del impostor, ese susurro que te dice que todo lo que lograste fue suerte. Durante un buen tiempo, confieso que evité las salidas sociales. Me daba pánico esa pregunta típica de reunión: “¿Y ahora qué estás haciendo, Santi?”.
Pero en ese aislamiento aprendí algo que hoy es el pilar de mi trabajo como consultor y educador: un líder que no sabe quién es sin su cargo, es un líder peligroso para la innovación.
Piénsenlo bien. Quien basa su valor personal en su jerarquía siempre tomará decisiones para proteger su estatus, no para progresar. La innovación real es sucia, es incierta y requiere una dosis masiva de vulnerabilidad. Innovar es admitir que no tienes la razón, es arriesgarse a quedar como un tonto frente al equipo, es soltar el control. Si tu ego está atado a la infalibilidad de tu escritorio, cualquier error se siente como un riesgo a tu status quo. Por eso vemos tantas estructuras estancadas, están llenas de talento que prefiere no cambiar nada con tal de no perder la seguridad que les da el puesto. Para innovar hay que estar dispuesto a ser nadie por un momento, para poder ser alguien nuevo después. Si no puedes soltar la cabecera de la mesa, nunca vas a poder mover la mesa hacia el futuro.
Un gran líder y jefe que tuve me enseñó que estrella que brilla sola se quema, estrella que hace que otras brillen se convierte en constelación. En ese proceso, uno empieza a darse cuenta de algo incómodo pero liberador: quizás estuvimos midiendo mal lo que es importante desde el inicio.
No todo lo que es visible es valioso. Y no todo lo que es valioso es visible.
En los últimos meses he tenido la oportunidad de involucrarme más de cerca en espacios de educación y emprendimiento. No tienen el mismo tipo de reconocimiento inmediato que otros entornos más tradicionales. No hay titulares ni grandes anuncios. Pero hay algo distinto. Por un lado, exigen una versión mucho más completa de uno mismo, y por otro, aunque los frutos no son tan evidentes de forma inmediata, las raíces del impacto son más profundas.
Te enseña que lo realmente importante, es que detrás de cualquier título de liderazgo, siempre debe haber una persona construyendo algo que trascienda las paredes de una organización.
Porque la pregunta deja de ser cuántas personas te buscan hoy, y empieza a ser a cuántas personas estás ayudando a construir algo que todavía no existe. Deja de ser qué tan visible es tu rol, y pasa a ser qué tan profundo es tu impacto.
Es una transición incómoda. El ego no desaparece de un día para otro. Es una trampa seductora que se disfraza de logro, de reconocimiento, de validación externa. Y soltarlo no es un acto inmediato ni lineal. Toma tiempo, distancia y, muchas veces, silencio.
Pero también abre espacio para algo más interesante.
Cuando dejas de perseguir lo que infla el ego, empiezas a reconectar con lo que tiene propósito. Con el trabajo que no necesariamente se ve, pero que construye. Con las conversaciones que no generan titulares, pero sí transformaciones. Con el tipo de impacto que no se mide en el corto plazo, pero que proyecta una sombra mucho más larga.
Tal vez la verdadera medida de la importancia no está en cuántas personas te reconocen hoy, sino en cuántas se verán impactadas por lo que ayudaste a construir, incluso cuando tú ya no estés en la sala.
Es una forma distinta de mirar las cosas. Menos inmediata, menos visible, pero probablemente más honesta. Porque al final, no se trata de dejar de ser ambicioso ni de renunciar a crecer. Se trata de entender qué estamos persiguiendo realmente cuando creemos que queremos “ser importantes”. Y, sobre todo, de tener el criterio suficiente para saber medir lo que de verdad importa. (O)