Hay preguntas que evitamos porque no conocemos la respuesta. Y hay otras que evitamos precisamente porque sospechamos demasiado bien lo que podríamos encontrar. No hace falta engañarse de forma espectacular. Basta con aplazar una conversación, no abrir cierto informe, escoger cuidadosamente a quién escuchamos o convencernos de que necesitamos pensarlo un poco más. La ignorancia no siempre consiste en carecer de información. A veces consiste en mantenerla a una distancia conveniente. Ignorar es inevitable. Convertir la ignorancia en residencia es otra cosa.
José Ortega y Gasset entrevió algo de esto cuando describió al hombre-masa en La rebelión de las masas. No hablaba del inculto ni de una clase social determinada, sino de una disposición interior: la de quien se encuentra suficientemente satisfecho con lo que ya piensa como para dejar de experimentar sus propios límites como una invitación a seguir buscando.
Nos gusta pensar en el conocimiento como una acumulación. Saber más sería añadir habitaciones a una casa que ya poseemos. Pero, aprender de verdad se parece con frecuencia a una demolición. Algunas verdades no se limitan a ampliar lo que sabemos; desestabilizan la historia que nos contamos sobre quiénes somos. Pueden obligarnos a admitir que juzgamos demasiado pronto, que otra persona tenía razón o que llevamos años protegiendo una conclusión que nunca estuvimos dispuestos a revisar. No defendemos únicamente nuestras ideas; a veces vivimos dentro de ellas.
De ahí esa curiosidad que busca sin querer encontrar. Leemos hasta localizar una opinión que nos tranquiliza. Escuchamos muchas voces, siempre que ninguna amenace demasiado aquello que deseamos conservar. Podemos investigar durante horas y terminar exactamente donde empezamos, aunque ahora rodeados de argumentos que hacen nuestra convicción más presentable. Internet no inventó este mecanismo; simplemente lo volvió extraordinariamente eficiente.
El autoengaño tampoco pertenece únicamente al desinformado. Una persona inteligente puede encontrar mejores argumentos para defender aquello que desea creer. Puede llamar prudencia a su miedo o pensamiento crítico a la sospecha que reserva para las evidencias que la incomodan. La inteligencia no siempre destruye nuestros refugios. A veces los diseña mejor.
Por supuesto, no toda duda es evasión. Todos dependemos de conocimientos que jamás comprobaremos personalmente, y tampoco sería razonable investigar cada decisión hasta el fondo. Hay situaciones en las que esperar, contrastar o admitir incertidumbre es simplemente sensato. El problema comienza cuando intuimos que una respuesta importa y, precisamente por eso, preferimos que la pregunta permanezca borrosa. Entonces ocurre algo más profundo. Mientras una situación no esté del todo clara, todavía podemos atribuir nuestra inacción a la incertidumbre. Pero, saber cambia la naturaleza de no hacer nada.
Podemos posponer durante meses una conversación difícil y convencernos de que aún necesitamos comprender mejor lo que ocurre. Hasta que una frase, un gesto o un hecho deja de admitir demasiadas explicaciones. Exteriormente, nada ha cambiado todavía. En el interior, sí. Desde ese momento, permanecer en silencio deja de significar lo mismo.
Saber que hemos herido a alguien modifica el sentido del silencio posterior. Comprender que una situación es insostenible no determina necesariamente qué debemos hacer, pero vuelve más difícil permanecer en ella sin reconocer que quedarse también es una decisión. El conocimiento no resuelve todas las dudas. A veces apenas elimina una excusa. Ya no podemos decir que no lo vimos. Tal vez ese sea el precio más incómodo de algunas verdades. No siempre nos dicen qué hacer, pero vuelven más difícil seguir fingiendo que nada depende de nosotros.
También por eso el conocimiento puede convertirse, paradójicamente, en otra forma de demora. Podemos leer un libro más o pedir otra opinión. A veces insistimos en que un asunto es demasiado complejo porque la complejidad nos permite aplazar una conclusión bastante sencilla. Hasta el matiz puede convertirse en escondite.
Aquí, el hombre-masa de Ortega deja de ser una figura cómoda para diagnosticar a los demás. Se vuelve más interesante cuando reconocemos algo suyo en nosotros: la seguridad con que hablamos de lo que apenas entendemos, el rigor con que examinamos una evidencia que amenaza una convicción querida y la indulgencia que reservamos para las razones que nos favorecen.
Quizá la madurez intelectual no consista en saber muchísimo ni en dudar siempre. Puede consistir en advertir cuándo nuestra ignorancia es inevitable y cuándo empezamos a protegerla. Hay una diferencia enorme entre no tener una respuesta y necesitar que cierta pregunta deje de existir. Porque tal vez las preguntas que más evitamos no sean aquellas cuya respuesta desconocemos, sino aquellas cuya respuesta intuimos lo suficiente para saber qué excusa perderíamos al conocerla. (O)