La incansable búsqueda del sosiego
No es un camino fácil, requiere anhelarlo. Buscarlo, provocarlo. Cuando llega, sentirlo y disfrutarlo. Cuando se lo pierde recordarlo, traer esos sentimientos que se percibieron en ese lapso maravilloso y querer recuperarlo. Ser una persona en sosiego, no solo estar momentos en ello.

Existe un proverbio hindú que dice: "Un corazón en paz es una fiesta en todas las aldeas”, que me hace pensar en el sosiego y sus consecuencias. Quizá en esa idea de que, si tenemos paz interior, se producirá una resonancia positiva en todas las áreas de nuestra vida. 

En esta época de información inagotable y cambios frenéticos existe el  concepto de que estar agitado, alterado y siempre ocupado, es sinónimo de triunfador y, por otro lado, el prejuicio de que la persona que puede establecer unos minutos de calma y pausa en su día a día, es considerado no apto para este mundo. El simple hecho de detenernos a reflexionar sobre lo que significa el sosiego en lugar de escribir sobre producción, política o negocios, podría  parecer un despropósito. Sin embargo, no se debe confundir este estado al que me voy a referir, con desinterés, con falta de vitalidad, incapacidad para cumplir metas, trabajar de forma eficiente o llevar a cabo proyectos o sueños. Por el contrario, desde este estadio podemos vivir con mayor intensidad, ecuanimidad y eficiencia nuestras experiencias, ideas, emociones o expresiones.

Podríamos definir al sosiego como esa combinación de aceptación, entendimiento, calma, claridad, encuentro con uno mismo y una suerte de quietud. Y si bien está formula está en nosotros, es necesario buscar los medios y condiciones para que pueda florecer.  No requerimos viajar a una playa paradisiaca o a la soledad de los himalayas para encontrarla, pues, aunque haya elementos externos que pueden favorecer esta eclosión, las respuestas están adentro, aun cuando no podamos escucharlas por el ruido de nuestra mente. Alguna vez leí la frase: “El pensamiento es el ladrón de nuestra paz interior”. 

El mayor obstáculo en la incansable búsqueda de esa paz generalmente está en nuestras propias creencias instaladas en nuestro subconsciente por el mundo que nos rodea y nuestra conformidad con ellas como una realidad inobjetable. Muchas personas tienen claro que no hay nada que valga más que un instante de paz, pero no hacen nada para ganarlo o definitivamente trabajan en lo opuesto para conseguir ese momento. Están atrapadas en un engranaje de preconceptos, competencias insanas y melodramas que no les queda tiempo para interiorizar un momento, para quedarse apacible unos segundos y acceder a esa información. Ante esto, solo cabe hacer una pausa, entender que eres tan capaz como cualquier otro ser humano, pero que definitivamente serás más perspicaz, más preciso y podrás mirar las oportunidades que se te cruzan si estas aquietado. Y solo con ser consciente de ello habrás dado un gran paso.

Es evidente que todos tenemos circunstancias que nos ajetrean, nos golpean y pueden sacarnos de nuestro centro. La ansiedad y la inquietud pueden regresar a visitarnos de vez en cuando, pero cuando los golpes de la vida arremeten, será necesario estar aun más sereno y encontrar las herramientas que nos permitan encontrar la resiliencia. Lo que no podemos es simplemente resignarnos a seguir la senda de la reacción tras reacción a cada acontecimiento porque es la receta segura para la perdición. Y definitivamente, no  queremos añadir más turbación a lo que ya está fuera de nuestras manos. Es importante entender que todo pasará de una forma u otra. Que nada es permanente, que los vientos cambian constantemente. 

Sobre las condiciones que requerimos para acercarnos a este objetivo, hay que empezar sin duda por uno mismo. Observándonos, verificando que una gran parte de las congojas nos las  causamos nosotros. Por extraño que parezca, actuamos de forma tal que seguidamente rasguñamos nuestras heridas y ponemos sal en ellas. Dejamos que nuestra cabeza elabore historias basadas en falacias. Inventamos finales trágicos y organizamos debates a muerte con personas del pasado y situaciones que quizá nunca sucedan. Creemos  que, si tenemos una idea, está necesariamente es una verdad, cuando generalmente la evidencia demuestra justamente lo opuesto. Así que, el camino al sosiego principia por detener un minuto el traqueteo y empezar por cosas pequeñas, disfrutar los momentos y situaciones que nos proporcionan alegría: un café, un libro, la naturaleza, un pasatiempo o solo mirar a los ojos de nuestros seres queridos. De otro lado, indagar en mecanismos para acallar la mente con la ayuda de muchas técnicas que están a nuestra disposición. Vivir el presente. Mirar al pasado y al futuro, casi administrativamente. Es decir, vamos hacia atrás o hacia delante voluntariamente y de manera consciente para encontrar una enseñanza o para establecer una meta. Y volvemos al momento, que es lo único que tenemos.

No es un camino fácil, requiere anhelarlo. Buscarlo, provocarlo. Cuando llega, sentirlo y disfrutarlo. Cuando se lo pierde recordarlo, traer esos sentimientos que se percibieron en ese lapso maravilloso y querer recuperarlo. Ser una persona en sosiego, no solo estar momentos en ello. Tener claro que el autoengaño, las emociones insanas y los pensamientos descontrolados, solo te llevarán al opuesto. Será esencial idear un método para eliminar el inicio de la rueda, cortar los pensamientos en su raíz antes de que se conviertan en emociones y estos en acciones. Evitar que nos confundamos solos en este mundo incierto. ¡Arduo trabajo! pero como dijo Buda: “No hay más dicha que la paz interior”. De seguro vale el intento. (O)