Los amigos del colegio
Los amigos y lo vivido regresan siempre a través de los recuerdos que vuelven a nosotros, cuando más lo necesitamos y cuando menos lo esperamos.

¿En qué momento pasó el tiempo? ¿Por qué dejamos de hacer algo tan lindo como ir al colegio a verse con amigos? El tiempo cometió la estupidez de seguir caminando a pesar de que todo el tiempo le decíamos que se detenga y nos deje vivir esos momentos de felicidad. En la adolescencia te sientes un poco eterno. Saltamos, gritamos, bailamos bajo la lluvia al calor de nuestras hormonas y pensamos que eso de crecer solo es para gente adulta. La mayor lucha era que nada cambie de repente. Que la vida nos vaya cambiando despacio, pero no mientras estamos en el colegio haciendo recuerdos. 

Por eso hay un tipo de amistad que es incondicional y verdadera. Que no se discute ni se reniega. Casi nunca da vergüenza y genera una sensación de confianza, de sentirse bien porque no hay que fingir. La amistad verdadera tiene olor a primera vez, a alegría de infancia. La única que genera vínculos indestructibles es la que hacemos en el colegio.

A todos nos ha tocado coincidir, por azares del destino y de la vida, con una diversidad de sujetos a los que se le ocurrió nacer en la misma época en la que nos mandaron a vivir. Por eso, en esas casualidades vamos formando cercanías y sin darnos cuenta, vamos construyendo recuerdos que no mutan. Nadie nos dice, cuando entramos al colegio, “let the memories begin”, como se lee en los parques de Disney. Por eso, sin darnos cuenta empezamos a hacer amigos maravillosos y empezamos a crear estas memorias. Pero además entendimos sin saberlo que, si algo nos salva de todas las decepciones de la vida es compartir historias y no hay nadie, nunca, mejor que un amigo. 

Las amistades absolutas son esas. Vas a la casa del otro y abres la refrigeradora como si fuera tu casa. Te tiras en la cama de los papás a ver tele (con zapatos puestos, como corresponde a esa época inconsciente de la vida) y te sientes en tu propia casa. Son excesos que se dan en espacios de extrema confianza. La inocencia y la amistad sin horario de trabajo, te convierte también en hijo de otra gente. Y eso te ayuda a querer a otros padres como los tuyos (que son otros mundos), a conocerlos en la sobre mesa, a respetarlos hasta ahora. Otros ojos que nos vieron crecer, y siguieron allí siempre.

Tuve la suerte de graduarme con más de doscientos compañeros. No todos son mis mejores amigos, pero siempre serán mis amigos del colegio. Ser amigo del colegio es una categoría especial. No hay mejor condecoración ni referencia que decir de alguien: “claro que le conozco, fuimos compañeros del colegio”. Usualmente, es el mayor orgullo. 

Son amistades que no se contaminan con la ideología, las malas decisiones, robarle al Estado, beneficios particulares o protervos intereses, sexo (luego, un poco más grandes sí, pero jamás en la primaria), etc. Las amistades incondicionales son las que están plagadas de confianza que es como conversar con uno mismo, pero en voz alta. No hay posibilidad al aburrimiento. 

Por eso, nadie de cerca es normal. No solo soy Ortiz, de cerca soy algo más porque tengo dentro de mí a Muller, a Ponce, Arellano, Nieto, Pachano, Acosta, Tobar, Córdova, Reyes, González, Albornoz, Palacios y doscientos más. Imposible nombrar a todos. Pero si puedo decir que soy lo que fui con ellos y lo que me enseñaron, lo que vivimos juntos. Fueron mis circunstancias y mi manera de decirle al mundo que soy lo que pude ser, pero con ellos. Sin duda, soy esas cicatrices, esas alegrías de infancia, soy lo que me enseñaron y así fue como me hicieron una mejor persona.

Es una hermandad, es gente que nos acompaña todo el tiempo, porque cuando estábamos en el colegio, creábamos, como diría Fito Páez, “recuerdos que no voy a borrar. Personas que no voy a olvidar…”. Que nos sacan una sonrisa, que nos llenan de nostalgia y de alegría. Seguimos creando recuerdos con la misma gente, con las mismas caras (pero con diferentes arrugas) y con la necesidad de seguir estando juntos, porque de eso se trata la amistad. 

Los buenos recuerdos nos mantienen siempre niños y jóvenes en nuestros corazones para el resto de nuestras vidas y le pone color a nuestro futuro con lo mejor de nuestro pasado. Los amigos y lo vivido regresan siempre a través de los recuerdos que vuelven a nosotros, cuando más lo necesitamos y cuando menos lo esperamos. Quizás por eso escribí este artículo. Todos tienen sus amigos, y aunque todos dirán lo mismo, los míos son los mejores. Por eso, ¡qué viva la promoción del 95! ¡Qué viva los amigos del colegio! (O)