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Las redes digitales son espacios no sujetos a control alguno. Se encuentran abiertos a la dilatada libertad de los gilipollas para emprender en sus pelotudeces. Al apelar al analfabetismo de los receptores de mensajes, los emisores cosechan el mayor provecho de su propia barbarie académica… ni qué decir de su mala fe a través de reseñas fake.

15 Julio de 2026 12.16

El Diccionario de la lengua española (RAE) conceptúa al “gilipollas” como el ser necio o estúpido. Es sinónimo de imbécil, idiota, tonto, tarado, capullo, patán, huevón y boludo. Es de uso generalizado en España. Para el título hemos optado por él –no por uno de sus equivalentes más empleados en nuestra región– en atención al origen histórico del vocablo. Comunica de mejor manera cómo la torpeza puede transmitir modos conductuales definitorios de personalidades contrarias a las exigencias del buen proceder. Hay dos versiones sobre la gestación de la palabra, ambas originadas en tiempos de Felipe III (1578–1621), el primero de los “Austrias menores”, que dio inició al declive del Imperio español. Esto, consecuencia de la incapacidad del rey para gobernar, de la crisis económica del reino y de la expulsión de musulmanes convertidos al cristianismo, los moriscos.

Relata la leyenda que Baltasar Gil Imón de la Mota (1547–1629), miembro del Consejo de Hacienda imperial, tenía tres hijas inclinadas a vestir prendas poco pudorosas, contrarias a la usanza de la época. Ante la presencia del consejero con sus retoños en actos sociales, los asistentes murmuraban “ha llegado Gil y sus pollas”. La provocación de las jóvenes llevó al padre, según la anécdota, a exigirles el uso de hábitos de monjas. El asunto llegó a mayores con la dificultad de encontrar maridos para las herederas. Gil y sus pollas pasó a representar la falta de sapiencia para actuar de manera inteligente.

Otra versión habla de las mismas mozas, quienes por su belleza eran conocidas como las “gilimonas”. Su resistencia para acatar lo dispuesto por las Pragmáticas Suntuarias de Felipe III –restricciones al lujo en el vestir y en la vida diaria– obligó al monarca a castigarlas con el uso de un letrero pidiendo disculpas públicas por el desacato. En Baltasar se popularizó el apelativo de Gil y sus pollas… con el tiempo convergió en “gilipollas”. Es decir, comportes propios de los tontos; en nuestro medio, de los “cojudos”. En zoología, cojudo es el caballo no castrado, que por apetitos incontrolables reacciona irracionalmente.

Para la sociología, y también en psicología, los gilipollas son seres no nacidos con esa “cualidad”. La mediocridad del medio a que pertenecen –y en varios sentidos la sociedad en general– ejercen tal grado de presión al punto de obligarlos a dejar de lado la prudencia y la coherencia. La coacción social en hombres ansiosos por calar en el entorno, por ser aceptados como seguidores de modas ideológicas y políticas imperantes, y por transmitir conductas acordes a las de la mayoría, los conduce a gilipolladas.

Ha sido una constante en la historia de la humanidad. En la era digital la problemática adquiere visos dramáticos. Las redes sociales desempeñan un rol determinante en la cultura gilipollezca. Los másteres empíricos en la materia son cada vez mayores en cantidad y en estupidez. Acuden a la IA para llenar lagunas intelectuales. Sus vacías erudiciones son expuestas en chats… en el mejor de los casos carentes de sentido y, en el peor, colmados de ignorancia, de desvergüenza y contrarios a la lógica. Masivamente, germinan gilipollas individuales y colectivos. La educación social endeble decreta el número de gilipollas en las comunidades. El número de gilipollas hombres y mujeres es casi el mismo. El intercambio de recados gilipollezcos es siempre una gilipollada.

Las redes digitales son espacios no sujetos a control alguno. Se encuentran abiertos a la dilatada libertad de los gilipollas para emprender en sus pelotudeces. Al apelar al analfabetismo de los receptores de mensajes, los emisores cosechan el mayor provecho de su propia barbarie académica… ni qué decir de su mala fe a través de reseñas fake. Las comunicaciones estúpidas caen “en manos” de otros ociosos quienes, sin razonar, les otorgan validez y son difundidas en el “universo gilipollas”. El círculo queda lacrado con los capullos otorgantes de crédito a lo ilusorio o disfrazado. Los gilipollas vanidosos –que casi siempre lo son– reciben orgullosos los aplausos; por ende, emprenden en nuevas aventuras ridículas. De allí que a los gilipollas les encanta mirarse constantemente en el espejo; la imagen es de pelotudos reflejantes y reflejados.

El filósofo francés Maxime Rovere (1977), en su obra ¿Qué hacemos con los idiotas? – para no ser uno de ellos, advierte el riesgo de proliferación de la cultura gilipollezca en el mundo. Convoca a razonar en el hecho cierto de que los huevones no son mayoría, pero la mayoría casi siempre es huevona. En su proyección metafísica implica, en palabras del autor, que los idiotas son un problema mucho más importante y delicado que la propia idiotez. Es así en tanto en cuanto, según Rovere, cuando te topas con un gilipollas de forma inmediata se instaura “algo que hace que tu propia inteligencia decaiga”. En tal sentido, es necesario –a afectos de luchar contra las gilipolladas– resistirnos a caer en el juego de los gilipollas. (O)

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