Los académicos y la gente inteligente lo llaman "espacio de cohesión social". Mi mamá, en cambio, “el lugar donde te juntas con borrachos”. Mi esposa prefiere “otra vez con tus amigotes”. Nosotros simplemente decimos "el bar de Alvarito", “la casa de uno”; o, más fácil todavía, "¿dónde siempre?".
El bar no es un vicio ni un refugio para quienes no tienen nada mejor que hacer. Todo lo contrario. Es el lugar al que van quienes saben perfectamente qué hacer. Es donde los problemas hacen escala antes de llegar a nuestro destino, para aligerar el peso de nuestras dificultades.
—¿No querías llegar rápido a tu casa? — pregunta algún desubicado.
—Precisamente por eso paso primero por el bar.
Es una sala de descompresión cerebral. Es la misma mesa, el mismo café y las mismas costumbres. Ahí se cierran negocios, se cuentan historias, se exageran otras. Porque hablar con otros seres humanos —sin pantallas, sin filtros y sin la obligación de parecer exitoso— sigue siendo uno de los mejores inventos de la humanidad, solo superado por el pan caliente.
En el bar podemos ser auténticos. Está permitido reírse. Está permitido llorar. En la barra coinciden abogados, presidentes, profesores, desempleados, estudiantes y ese jubilado que lleva cuarenta años sentado exactamente en la misma mesa. Porque no importa quién eres delante de la barra de un bar. Al final, todos tenemos los mismos problemas, solo que en distintas frecuencias.
No es casualidad que tantas ideas hayan nacido en tabernas. Son lugares que inspiran. Un sitio sin prisas. ¿Qué sería de Monet sin una copa de absenta para delirar y pintar? No me imagino a Cervantes corriendo de un lado a otro para llegar a su casa y así terminar de escribir el Quijote. Tampoco veo a Morante de la Puebla con prisas antes de vestirse de torero, sin pasar por la barra de un bar y despejar la mente. ¿De dónde creen que Julio Jaramillo regresaba cuando inmortalizó el “No puedo verte triste porque me mata/ Tu carita de pena, mi dulce amor […]”?
Las mejores ideas rara vez aparecen en una sala de juntas. Nacen en una mesa pegajosa cuando alguien dice:
—Tengo una idea.
Es una frase peligrosa. Estadísticamente, cuando es pronunciada en un bar, produce obras maestras o desastres matrimoniales. Por eso hay que tener cuidado. Sin embargo, no siempre son ideas que valen millones, también se habla del clima, de una mujer inolvidable (o de un hombre, según), del partido del domingo, de los hijos, de la vecina o de cualquier asunto aparentemente irrelevante, sin serlo. Y precisamente ahí reside su importancia: las sociedades no se sostienen únicamente sobre grandes conversaciones; también necesitan pequeñas charlas inútiles.
¿Cuántos pactos nacieron en una servilleta arrugada firmada en Castellana 113? ¿Cuántos amores empezaron haciendo fila para ir al baño (o usándolo al mismo tiempo) en Ephimero? ¿Cuántas amistades sobrevivieron décadas enteras porque había un lugar neutro, sin obligaciones domésticas, sin hijos que interrumpan, sin Netflix, donde dos personas podían sentarse y decirse la verdad? Todas, aunque no lo sepamos. Lo evidente nunca genera estadísticas.
Por eso, el civilizador que logró encerrar a bestias salvajes alrededor de una mesa para que, en vez de tirarse piedras, resuelvan sus frustraciones en la barra de una taberna es un genio anónimo. Eso salvó a la humanidad y evitó, con este honroso gesto, otras formas de crueldad. Volvió a la sociedad un poco más civilizada ya que pasar por el bar nos ha salvado de males peores, como comer hígado encebollado al regresar a casa.
Es que el bar es el anhelo de los buenos momentos. Sabina tenía razón al exhortar “que no te cierren el bar de la esquina” porque es algo que simplemente no puede ser. El bar es algo propio, aunque no sea de uno. “Al Cats, estese quien estese”. Porque es el lugar donde comienzan los recuerdos, donde no hay feos y es más seguro que hacer deporte, porque en un bar jamás he conocido que alguien se lesione.
El bar es insustituible.
No sé si terminemos más civilizados, pero ahí empezó el camino de la domesticación, del sosiego y la conversación. Dónde nos juntamos, festejamos, lloramos y celebramos.
El primer ser humano que cambió una piedra por una mesa, una pelea por una conversación y un gruñido por un "¿lo de siempre?", hizo más por la civilización que muchos emperadores. Solo por eso, alcemos las copas y brindemos. Total, cualquier pretexto es bueno para decir ¡salud! (O)