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En el caso del Ecuador, se debe al esfuerzo por conseguir esas vacunas, que no puede negarse comenzó en el anterior Gobierno y que ha proseguido con éxito en el actual, con el empeño personal y la ambición negociadora del presidente Guillermo Lasso.

01 Septiembre de 2021 12.08

El Ecuador estuvo en todos los noticiarios del mundo en marzo y abril de 2020 cuando, con fuerza igual a la de un huracán o terremoto, la covid-19 le golpeó, funesta e inmisericorde, y produjo tal número de muertos que duplicó, luego triplicó y hasta cuadruplicó los fallecimientos que se registraban hasta entonces en el país. La peor semana fue la del 30 de marzo al 5 de abril cuando hubo 7.171 muertes en exceso (por todas las causas), es decir 416% más que el promedio de muertes en esa semana en 2018 y 2019, según las estadísticas que presenta el diario El Universo, a cargo del reputado periodista de datos Paúl Mena.

Las cadenas televisivas más sensacionalistas del exterior se cebaron en las escenas en Guayaquil de los muertos en las calles, los velatorios fuera de las casas, la escasez de tumbas, los ataúdes de cartón. Y personajes de pantalla de esas cadenas (me resisto a llamarlos periodistas) se convirtieron en furiosos vengadores que enrostraban al Gobierno ecuatoriano la causa de esos males, llevaban a la guillotina a las autoridades a quienes humillaron en sus entrevistas y se rasgaban las vestiduras en nombre de la humanidad entera por esos hechos reales, y eso cuando no añadían los inventados, como las imágenes de cadáveres a los que se prendía fuego o de tumbas colectivas a las que se arrojaba cuerpos como sacos de papas.

No vi que ninguna de estas cadenas pidiera disculpas al Ecuador cuando la ola de mortalidad golpeó a otros países y sus autoridades tampoco pudieron gestionarla. En la propia Nueva York tuvieron que enterrar a los muertos en trincheras abiertas en la isla Hart y hubo funerarias que amontonaban cadáveres en contenedores sin refrigeración. El minúsculo y desconocido virus que cundió por el mundo como un fuego en la pradera, ha causado en año y medio más de 4,4 millones de muertes (630 mil de ellas solo en EE. UU. y 1,6 millones en los países de altos ingresos) y sigue matando gente. 

Hoy el Ecuador vive una situación muy distinta. Aunque sin cantar victoria, porque nadie puede hacerlo (aun campeones mundiales de la vacunación, como Israel, han debido volver a medidas estrictas que parecían haber quedado atrás), el país muestra cifras alentadoras. Es verdad que desde que comenzó la pandemia ha habido más de medio millón de casos y más de 70.000 muertes en exceso por todas las causas (la cifra oficial de muertos por covid-19 supera los 32.000). Pero desde mayo se ve un descenso claro de las defunciones (a fines de agosto su promedio semanal de 1.500 ya se parecía al de antes de la pandemia), los hospitales ya no están abarrotados y hasta tienen UCI libres.

Esto se debe, por supuesto, a las medidas de prevención pero sobre todo a las vacunas, desarrolladas en tiempo récord en países industrializados, un logro histórico del ingenio humano, un logro de esa misma ciencia desconcertada y vacilante al inicio de la pandemia. Y, en el caso del Ecuador, se debe al esfuerzo por conseguir esas vacunas, que no puede negarse comenzó en el anterior Gobierno y que ha proseguido con éxito en el actual, con el empeño personal y la ambición negociadora del presidente Guillermo Lasso. “Tú no has visto negociar a un banquero”, le dijo a uno de sus colaboradores el 21 de abril cuando en un pedido que se antojaba desmesurado, planteó a China que le venda 7 millones de vacunas aparte de los 2 millones que ya se había comprado. Tres meses más tarde las tenía.

Pero contar con vacunas no es suficiente. La otra razón crucial es la campaña 9/100 en la que Lasso se propuso vacunar a 9 millones de personas en los primeros cien días de su mandato, meta casi temeraria pero a la que se está llegando con un esfuerzo logístico y organizativo ejemplar. El país no puede relajarse: hay que seguir vacunando y previniendo, pero el Ecuador puede al fin mostrar logros concretos tras tan malas noticias durante año y medio. (O)

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