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Posicionarse en las redes sociales conlleva estrategia, constancia y bravura.  Los creadores de contenidos que son profesionales se manejan como una empresa, tienen un equipo de personas remuneradas e invierten la misma cantidad de horas que empresarios de otros sectores.

22 Septiembre de 2021 09.09

En mi experiencia de ocho años como creadora de contenido digital, he vivido de cerca las distintas dinámicas y cambios del negocio de la influencia.  La realidad es que esta cuarta revolución industrial y la economía de los creadores de contenido digital nos impacta a todos desmedidamente. ¿Quién habría pensado que la audiencia de TikTok e Instagram podría poner a Xavier Hervas en el mapa político del Ecuador o que en el 2018 las acciones de Snapchat podrían caer bruscamente (US$ 1,3 billones) en la bolsa de valores gracias a un tuit de Kylie Jenner? Una locura ¿verdad? 

Aunque de alguna manera esta pueda parecer una masiva transformación de paradigmas, no lo es realmente. Siempre ha existido. Antes, la fabulosa vida que todos soñaban con conseguir se transmitía a través de películas, comerciales y series de televisión. Es lo mismo y, a la vez, totalmente diferente, porque la fama que algún día era algo exclusivo para actores, cantantes y presentadores de televisión, ahora está al alcance de todos. La diferencia clave es que la fama digital no se basa en la cantidad de likes y comentarios, como muchos creen, sino en las tribus sociales, que comparten valores e intereses y conectan de manera genuina online. ¿Cuál fue el arma secreta del equipo de Hervas? La democracia participativa, que humaniza, conecta y crea comunidades reales con las que se crea un vínculo.

Tras las pantallas de nuestros celulares y cada video que consumimos existe alguien que seguramente lo monetiza. Una industria que factura US$ 13,8 billones que, con un crecimiento mínimo de 30% anual, llegará a contabilizar unos US$ 84 billones en el 2028. Sin duda, es un peso que va más allá del entretenimiento, es un mundo impredecible donde todo es posible y los que tienen el sartén por el mango son sus creadores. Así como Mary Kate y Ashley Olsen llegaron a generar US$ 400 millones en series televisivas como Full House, el Youtuber de nueve años, Ryan Kaji, ha generado US$ 30 millones a través de su canal Ryan's World. Es una nueva profesión que no solo tiene el potencial de generar ingresos altos, sino también de influenciar patrones de compra, decisiones políticas y estilos de vida.

El negocio que actualmente se posiciona como el nuevo sueño de niños y adolescentes tiene una mecánica particular en la generación de ingresos.   Algunas plataformas como YouTube pagan a sus creadores de contenido desde el momento que generan 1.000 suscriptores y 4.000 horas de visualizaciones. Influencers en esta y otras redes sociales cobran por el contenido que promocionan varias marcas a través de sus espacios para darlas a conocer a su audiencia, sin embargo, no existe una base formal sobre la cual se calculan estas inversiones.  Aquellos creadores que buscan diversificar sus ventas integran verticalmente a su imagen y comercializan productos propios. 

Aunque es común pensar que es un trabajo relativamente fácil que no requiere esfuerzo, posicionarse en las redes sociales conlleva estrategia, constancia y bravura.  Los creadores de contenidos que son profesionales se manejan como una empresa, tienen un equipo de personas remuneradas e invierten la misma cantidad de horas que empresarios de otros sectores. 

No existe una fórmula exacta de cómo empatar el trabajo entre influencers y empresas, pero al momento de realizar este tipo de marketing sí existen algunas pautas para asegurar un escenario de beneficio mutuo. Las empresas que ganan y no imponen una presencia invasiva dentro de la comunidad del creador de contenidos establecen objetivos, comparten ADN y se dejan guiar por la tribu digital. El secreto del éxito está en la búsqueda de un trabajo en equipo donde el influencer entienda lo que busca la marca y la empresa busque adaptarse a las reglas y personalidad del espacio. (O)

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