En Chunchi, provincia de Chimborazo, los padres de Boris Aguirre, CEO del Grupo Entregas, construyeron en la década de 1970 un ‘imperio’ de molinos eléctricos y sin querer, una escuela de liderazgo para este empresario que hoy tiene 62 años.
Boris tenía siete años cuando trabajaba los domingos en el negocio familiar. Su función era cobrar a los clientes que llegaban al establecimiento con sus productos para transformarlas en harinas. “La gente de las comunidades indígenas bajaba al local para preparar arroz de cebada, morocho y las harinas que se requerían para su dieta diaria o para la venta. Además, el negocio permitía abastecer a Cuenca y Guayaquil”.
En ese momento Boris no entendía la logística que implicaba llevar el producto desde el local de la familia a otras ciudades, pero le gustaba cómo todo se articulaba y el movimiento de personal que generaba.
Así aprendió a darle valor al tiempo y entendió el reto de emprender. Mientras los niños de su edad jugaban fútbol en la calle, él se levantaba temprano para estar en el local y atender a sus clientes.
“No fue fácil para mí. Yo era un niño inquieto que trabajaba los domingos desde las siete de la mañana, tomé esta responsabilidad como un acto de confianza de mi padre”, recuerda.
Esa responsabilidad y otros episodios de su infancia como cosechar papas no fueron un evento aislado, sino el inicio de una actitud vital: entender que cualquier escenario, por pequeño que fuera, era una oportunidad para aprender a negociar y generar valor.
De Chunchi a Quito
A sus 12 años la familia decidió que él, su madre y sus hermanos debían mudarse a Quito para estudiar en el colegio. Su papá se quedó en Chunchi un tiempo más administrando los negocios.
Boris ingresó al colegio San Gabriel y vivió uno de los cambios más importantes en su vida: pasó de una escuela pública con cientos de alumnos a un colegio privado tradicional con más de 1.000 estudiantes.
“En sexto curso, como parte de las actividades religiosas del colegio, nos llevaron a hacer un retiro en Machachi. En esa época empezó la guerra de Paquisha y se decía que los estudiantes de último año podían ser reclutados para ir a pelear en el Oriente. En esos días me replanteé qué quería ser de mi vida”, reconoce.
Un político y líder estudiantil
Antes de entrar a la universidad se asesoró para escoger su carrera. Su anhelo era estudiar Administración. Consultó a su hermano mayor, que cursaba la misma carrera en la Pontificia Universidad Católica del Ecuador, y a un tío que era auditor. Él quería estar seguro de lo que iba a estudiar y hacer de su vida.
Ya en segundo semestre, el ahora ejecutivo daba sus primeros pasos por el mundo laboral. Colaboraba en la revista de agricultura llamada Desde el Surco, que era de un amigo de la familia. Ahí publicaba notas del sector y de importaciones y exportaciones. También colaboró en una empresa de trading (comercialización internacional) australiana ecuatoriana.
“Este amigo también estaba montando una operación con unos empresarios australianos. Yo colaboraba con él en mis tiempos libres. Esto implicaba acostarme tarde y levantarme temprano para ir a clases. Ahí vi cómo se charteaban barcos y se manejaban grandes volúmenes de productos como cebada y trigo para Industrial Molinera y la Cervecería Ecuatoriana. Aprendí a analizar información y a ver el mundo de otra manera”.
Dividía sus días entre la exigencia académica y un creciente activismo político en la universidad. Cada jornada en el trading le enseñaba a leer mercados, una habilidad que más tarde la desarrolló gracias a su faceta empresarial.
Como político estudiantil fue presidente de la Comisión de Escuela de Administración. Su objetivo era generar valor para otros estudiantes, conectándolos con empresas para prácticas pre profesionales. Junto a su equipo lanzaron un proyecto "Bolsa de servicios". Para lograrlo requirieron de varias negociaciones con las autoridades del centro educativo y las organizaciones que lo hicieron posible.
También organizó un evento para 300 exalumnos de la PUCE, con el objetivo de buscar soluciones a problemas de la facultad. Este evento fue determinante para la creación de la Asociación de Egresados de la institución y para agilizar los procesos de graduación, que en esa época tenían problemas. Después del encuentro recibió tres ofertas laborales, una de ellas era de DHL, que fue donde trabajó durante 21 años.
La experiencia internacional
En DHL creció hasta comandar un equipo de 1.500 vendedores en toda Latinoamérica. Ascendió hasta la gerencia comercial de 17 países y en ese cargo comprendió cómo se manejaba la logística y cuáles eran los procesos.
“Estaba a bordo de una empresa que facturaba US$ 1.000 millones al año. En 2008 trabajaba en un proyecto minando datos y encontré que, en Colombia, Ecuador, Perú, Chile, Uruguay y Bolivia había un potencial de crecimiento de 500 millones de euros. Pero llegó la crisis financiera de 2008 en Estados Unidos y el panorama no era alentador”.
La crisis de la marca inició en 2006, cuando la directiva decidió mudar sus instalaciones de Cincinnati a otro lugar, que según los ejecutivos era un punto estratégico. Era una infraestructura con mayor capacidad operativa y su costo era de US$ 1.000 millones.
“El cambio de ubicación del hub fue un problema, porque los directivos no se dieron cuenta que no había suficiente personal. Esto generó retrasos en entregas de hasta un mes y una debacle en todas las operaciones”. Recuerda que hubo pérdidas de aproximadamente US$ 4.000 millones en Estados Unidos.
Ante la crisis, los altos ejecutivos ordenaron recortar personal. Boris se negó a despedir al personal que él había contratado. Días después, desde Estados Unidos le hicieron la oferta de seguir en la multinacional desde la matriz o dejar su cargo.
“Acepté irme, pero con la condición de que se respetara mi contrato. Salí en octubre de 2008, en ese momento tenía dos hijos pequeños y era padre soltero”.
Después de su salida y con la experiencia acumulada, decidió emprender y continuar haciendo lo que sabía. Ese mismo año, unos amigos le ofrecieron que comprara una compañía logística que estaba en quiebra y tenía una deuda de US$ 40.000. Aguirre se arriesgó y junto a María Paulina Romo, su pareja, la sacaron adelante.
Así, ambos construyeron Grupo Entregas, un conglomerado que en 2025 facturó cerca de US$ 18 millones, y que brinda empleo directo a 300 personas e indirecto a otras 2.500. Esta organización tiene la representación de Fedex, una de las marcas más grandes e importantes del mundo en transportes de paquetería y logística.
“La empresa la compré prácticamente en Excel, porque fue en ese programa que nos sentamos a analizar con mi esposa las posibilidades. Era una empresa en rojo. Estaba quebrada y con deuda. Ella me dijo que nos animáramos, porque era un negocio que estaba funcionando y ya tenía una cartera de clientes”, asegura.
Hoy, la visión de aquel niño de siete años que cobraba en el molino de Chunchi sigue intacta. Junto a su esposa y socia, María Paulina Romo, Aguirre volcó sus décadas de aprendizaje en un nuevo proyecto: el libro 'De la cama al escritorio'. Más que una memoria empresarial, es una hoja de ruta sobre cómo la complicidad y el apoyo mutuo, más lecciones aprendidas de sus propios padres, son los activos más valiosos a la hora de emprender. (I)