La historia de Inselec comenzó en un modesto taller en Chimbacalle, y hoy funciona desde un complejo de 13.000 metros cuadrados en Itulcachi, al nororiente de Quito.
Antonio Vásconez lidera una organización con 160 colaboradores, con proyectos para sectores estratégicos como energía, petróleo y minero, exportaciones a Centroamérica y ventas por US$ 23 millones.
Su carrera empezó desde abajo. Era cobrador, vendedor, bodeguero y transportista al mismo tiempo. Aún recuerda el sonido de las cajas metálicas vacías que golpeaban en la cajuela de su auto mientras manejaba hacia Manta. Tenía 18 años y viajaba solo. En el puerto hacía trámites aduaneros, cargaba mercadería, revisaba documentos y luego regresaba a Quito con tubos, accesorios eléctricos y herramientas manuales apiladas en el vehículo. “Era todólogo”, comenta.
Décadas después, ese joven que recorría ferreterías puerta a puerta sigue convencido de que haber aprendido el oficio desde abajo terminó marcando su forma de gerenciar. Su carrera no empezó en una gran fábrica ni en modernas oficinas, sino en talleres improvisados, almacenes reducidos y largas jornadas de trabajo.
De joven era inquieto, curioso y obsesionado con desarmar cosas. “Al carro yo mismo le hacía el mantenimiento. Siempre me sobraban tornillos… pero nunca me pasó nada grave”.
La compañía fundada por su padre en 1976 arrancó en un taller metalmecánico en la casa de su abuela paterna, en Chimbacalle. Fabricaban gabinetes metálicos con herramientas básicas, láminas de acero y tableros eléctricos. Con el tiempo evolucionó hasta convertirse en una de las industrias ecuatorianas especializadas en soluciones eléctricas industriales.
En esos años acceder a tecnología no era sencillo. Ecuador operaba bajo un sistema de restricciones cambiarias y cupos limitados para importaciones. Las empresas necesitaban autorizaciones especiales para acceder a dólares y traer maquinaria o componentes del exterior. Conseguir equipos modernos podía tomar meses y muchas veces las cantidades aprobadas eran insuficientes para cubrir la demanda.
En ese contexto, su padre, el fundador de Inselec, Wilson Vásconez, entendió que si quería avanzar, debía construir conocimiento técnico propio. Viajó a Japón, algo poco común para un empresario ecuatoriano de finales de los años setenta. Allí aprendió procesos de ensamblaje y estableció relaciones comerciales con fabricantes asiáticos, para traer piezas desmontadas que luego eran armadas localmente. “Mi papá aprendió a ensamblar productos y eso facilitó las cosas en esos años”, indica Antonio.
La estrategia no solo ayudó a enfrentar las restricciones para importación, también permitió ensamblar tecnología y capacidades industriales propias en Ecuador. Los primeros productos de Inselec fueron gabinetes metálicos, que aún son parte de su portafolio, junto a otras soluciones de automatización japonesa de la marca Kasuga. Antonio creció viendo ese mundo de cerca.
Estudió en el colegio Mejía y luego se graduó en tecnología electromecánica en la Politécnica Nacional en 1979. Sin embargo, antes de incorporarse formalmente al negocio familiar, decidió tomarse un año sabático. “No fue precisamente un descanso”, advierte. Durante ese tiempo tomó cursos sobre importaciones, exportaciones y comercio exterior.
No había una estructura definida en la empresa y él terminó convirtiéndose en una especie de hombre orquesta. Visitaba clientes, cobraba facturas, descargaba mercadería y viajaba constantemente a Manta para realizar trámites aduaneros cuando el puerto recién empezaba a consolidarse comercialmente. “Vendíamos accesorios eléctricos, luces piloto, tuberías, herramientas manuales, flexómetros, escuadras, sierras ….de todo un poco”.
El negocio movía alrededor de cinco millones de sucres al año. Esa etapa terminó enseñándole algo que hasta hoy considera esencial: conocer cada parte del negocio antes de dirigirlo.
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A inicios de los años ochenta, llegó uno de los primeros grandes saltos industriales de la firma. El taller de Chimbacalle quedó corto y se alquiló un galpón en Carcelén Industrial, en el norte de Quito. “Las calles todavía no estaban pavimentadas, incluso algunas eran de tierra. Pagábamos por arriendo unos 5.000 sucres mensuales”.
Paralelamente realizaron una de las primeras inversiones tecnológicas: una guillotina con control numérico que costó alrededor de 100.000 sucres. Después vinieron plegadoras americanas y nueva maquinaria para fabricar productos con mucha más precisión.
Poco a poco se dejó atrás la lógica artesanal para transformarse en una estructura mucho más sofisticada. En los años ochenta ya fabricaban tableros eléctricos, centros de control de motores y soluciones industriales. La organización contaba con cerca de 30 clientes fijos y ganaba espacio dentro del mercado técnico ecuatoriano.
A los 21 años Antonio asumió la gerencia de la sucursal ubicada en el redondel de la Villaflora, en el sur de la ciudad. El local medía unos 60 metros. Para entonces manejaban más de150 productos entre importados, ensamblados y fabricados localmente.
Más adelante viajó al exterior para especializarse en automatización, variadores de frecuencia y micro PLC industriales, marca Mitsubishi, tecnologías todavía poco conocidas en Ecuador. “Los variadores sirven para determinar la velocidad de motores eléctricos”, indica. Este conocimiento técnico terminaría siendo clave para el crecimiento posterior de la empresa.
En 1986 establecieron relaciones comerciales con LG, de Corea del Sur. Contaban con 15 colaboradores y destinaban alrededor de 40 millones de sucres anuales para importaciones. “Vendíamos más de 50 millones de sucres. En esa época era bastante”.
Este ejecutivo hace una pausa mientras repasa las distintas etapas que atravesó la compañía: crisis económicas, inflación, restricciones financieras y la dolarización. “Fue traumático”, añade. Recuerda semanas enteras de incertidumbre. Muchos clientes desaparecieron, empresas quebraron y el mercado prácticamente se paralizó.
Sin embargo, lograron sostenerse por una combinación de disciplina financiera, experiencia y capacidad de adaptación. “Teníamos stock y muy poco dinero en los bancos. Además, habíamos comenzado a trabajar con referencias en dólares un tiempo antes. Cuando los clientes nos pagaban en sucres, los valores se ajustaban según el tipo de cambio del día”.
El galpón volvió a quedar pequeño y optaron por comprar terrenos vecinos para duplicar su capacidad productiva. Hasta entonces, había socios externos, quienes permanecieron hasta 2005. Para esos años la infraestructura ya ocupaba tres galpones que sumaban cerca de 7.500 metros cuadrados de terreno y alrededor de 5.000 metros cuadrados de construcción.
El grupo empezó a consolidarse con más fuerza en productos eléctricos especializados como contactores, disyuntores de potencia, relés de protección y variadores de frecuencia. Al mismo tiempo, amplió su línea de tableros eléctricos para la industria. En 2008, realizaron nueva inversión de US$ 200.000 para incorporar cortadoras láser industriales.
Desde niño, Antonio supo que quería seguir los pasos de su padre, aunque reconoce que no fue fácil: “Mi papá era muy rígido, muy estricto. En la empresa se hacía lo que él decía”.
Nunca pensó en darse por vencido ni abandonar el proyecto familiar. Durante muchos años prefirió concentrarse en ventas, importaciones y atención a clientes, antes que entrar en discusiones internas. “En la parte organizacional no tenía ni voz ni voto”, dice.
Con el tiempo entendió que esa experiencia marcaría profundamente su propia forma de entender la industria. Aprendió que podía construir una cultura distinta sin destruir las bases que su padre había levantado. Cuando asumió la gerencia general, impulsó una dinámica diferente: “Con mi hijo Vicente es distinto. Yo le doy vía libre para que tome decisiones”.
En 2015 Wilson Vásconez, con 82 años, decidió repartir anticipadamente sus bienes entre sus hijos. Inselec quedó bajo liderazgo de dos de sus hijos, Antonio y Jessica. “El cambio más importante fue escuchar más a la gente”, comenta Antonio. A partir de entonces se fortalecieron procesos internos, se abrieron espacios de participación y avanzaron hacia un modelo de gobierno corporativo.
Con estos cambios asumió la presidencia ejecutiva. Además, incorporaron un directorio externo, comités ejecutivos semanales y un protocolo familiar para ordenar la relación entre empresa y familia. “Hoy la última palabra ya no la tomo yo. La toma el directorio”.
Ese proceso coincidió con una de las decisiones más ambiciosas en la historia de la empresa. Se compró un terreno de 20.000 metros cuadrados en el parque industrial de Itulcachi. Esto representó un desembolso de US$ 1,5 millones.
Y entonces llegó la pandemia.
Hasta ese momento las ventas superaban los US$ 500.000 mensuales, pero de un momento a otro el escenario cambió completamente. “Tomamos una medida durísima, nos bajamos todos los sueldos a la mitad”. La prioridad era sostener a la compañía y proteger los empleos mientras el país estaba paralizado.
Pocos meses después, adoptaron una decisión que incluso dentro del grupo parecía muy arriesgada: construir la nueva planta plena crisis. La inversión superó los US$ 8 millones. Los socios hicieron aportes de capital, obtuvieron financiamiento bancario y no dudaron en seguir adelante. La nueva instalación comenzó a operar en 2024.
Uno de los elementos más importantes fue incorporar un túnel de pintura industrial valorizado en más de US$ 700.000, diseñado para reducir desperdicios y mejorar eficiencia ambiental. “Ahora somos mucho más sostenibles”.
Actualmente destina cerca de US$ 800.000 mensuales a importaciones y mantiene alianzas estratégicas con marcas internacionales como Schneider Electric, LS, Philips y Bigui Lan. Además, invierte alrededor de US$ 200.000 anuales en tecnología y cerca de US$ 100.000 en investigación.
La organización ha fortalecido su presencia en sectores estratégicos como minería, petróleo, energía, manufactura alimentos, bebidas, infraestructura, automatización y centro de datos. Uno de los contratos recientes incluye la construcción de cuartos eléctricos para campos petroleros vinculados a Petroecuador, proyectos que, según explica Antonio, superan cada uno el millón de dólares.
Al mismo tiempo, expandió sus exportaciones hacia mercados centroamericanos como Honduras, Nicaragua y Guatemala, mientras analiza nuevas oportunidades en Colombia. En 2025 cerraron con ventas de US$ 23 millones. Recientemente efectuaron una emisión de obligaciones en bolsa por alrededor de US$ 5 millones, con plazos de entre 180 y 1.080 días y tasas cercanas al 8 %, lo que permitió inyectar liquidez para sostener el crecimiento.
Pero, detrás de las cifras, Antonio sigue hablando más de personas que de balances. Una de las decisiones más difíciles de su vida profesional ha sido equivocarse al contratar. “No tolero la falta de honestidad, ni integridad. Es duro porque implica que una familia se queda sin sustento”.
Hace poco entregó parte de su paquete accionario a sus dos hijos, como una manera de empezar a preparar el futuro de una empresa que ha ocupado prácticamente toda su vida.
Aunque reconoce que todavía le cuesta soltar ciertas decisiones, hay algo que tiene claro: no quiere repetir exactamente el mismo modelo bajo el que él aprendió. “Le digo a mi hijo que analice bien las cosas y que los errores le sirvan de experiencia”.
A los 66 años, sigue llegando temprano a la oficina, recorriendo la planta industrial y revisando decenas de correos diarios como alguien que todavía siente la necesidad de entender cada detalle de lo que ocurre dentro. Nunca pensó dejar Inselec. Ni siquiera en los momentos más complejos. Aprendió a enfrentar los miedos a su manera.
Durante años el ciclismo se convirtió en una forma de despejar la mente. Hace algún tiempo sufrió un accidente mientras recorría solo una montaña en Jama. Se rompió el hombro y tuvo que regresar caminando con la bicicleta cargada. “Mi refugio es la playa. Me gusta escuchar la naturaleza”. También suele ir al bosque de los algarrobos, en Cumbayá, para meditar y bajar revoluciones. “Soy un fósforo, tengo un carácter fuerte y explosivo.
Y. aunque la empresa hoy proyecta nuevas inversiones, emisiones en bolsa y expansión internacional, todavía hay un mensaje que Antonio Vásconez repite como si resumiera cinco décadas de historia: “Una industria no se construye de un día para otro”. (I)