Entrar al local de García Reinoso es llegar a un lugar donde parece que no falta nada. Hay pasillos llenos de productos, estanterías ordenadas, chocolates por todas partes y ese olor que mezcla esencias, frutos secos y repostería. El local recibe a amas de casa, chefs, estudiantes, restaurantes y clientes de toda la vida que conocen el negocio y se familiarizaron con quienes lo sostienen por décadas.
La historia empezó en 1936, cuando Rafael García García y Segundo Reinoso Rosero levantaron una tienda de abarrotes en el Centro Histórico de Quito, con el nombre de Reinoso & García. En esos años vendía lo básico: arroz, azúcar y otros productos que llegaban desde Guayaquil a través del ferrocarril.
Con el tiempo, la hija de Segundo Reinoso, María Beatriz, se integró al negocio para ayudar con las cuentas. Ahí conoció a Rafael García, se enamoraron y desde entonces la historia de la empresa también quedó unida a la familia. El nombre cambió a García Reinoso.
La época de esplendor llegó cuando comenzaron a importar enlatados, vinos y licores de Norteamérica y Europa. Rodolfo García Reinoso, hijo de Rafael y María Beatriz, recuerda que las décadas de 1960 y 1970 fueron años intensos para la empresa.
Quito se transformaba y cambiaban sus dinámicas comerciales. La construcción de la avenida Pichincha, ubicada en el sector de la Marín, en el Centro Histórico de la ciudad, obligó a la familia a dejar el lugar donde tenía el almacén, las bodegas y la casa. Luego vino el traslado a la Montúfar, ubicada en el mismo sector; el centro empezaba a volverse complejo por el tráfico y la falta de parqueo. En medio de ese Quito que cambiaba de forma acelerada, la familia también tuvo que moverse hasta encontrar el lugar que realmente funcionara. Así fue como María Beatriz tomó una decisión que parecía arriesgada: mudarse al sector de Santa Clara, donde el negocio funciona desde hace más de 40 años. Allí terminó encontrando su lugar ideal.

Rodolfo, de 68 años, estudió Ingeniería Mecánica pero no ejerció. La muerte de su padre le cambió el rumbo. Se quedó ayudando a su madre en un momento difícil, cuando la empresa necesitaba encontrar un camino distinto. Ya no tenía sentido seguir compitiendo solo con arroz, azúcar o aceites, porque el mercado había cambiado y los supermercados habían ocupado ese terreno.
Hace 32 años la familia decidió enfocarse en productos para pastelería, repostería y, sobre todo, chocolatería. La apuesta funcionó. Más adelante, en el año 2000, nació Choco-Pro, una línea especializada en chocolates, postres, tortas y decoración que marcó una nueva etapa para García Reinoso, mucho más ligada al detalle, la técnica y la asesoría al cliente.
Después llegó la cuarta generación. Raquel García, hija de Rodolfo, lleva alrededor de 15 años en la empresa. Cuenta que desde niña pasaba metida en la tienda, jugando entre quintales de arroz y azúcar. Estudió Ingeniería Agroindustrial y terminó quedándose en el negocio familiar. Hoy se encarga de atención al cliente, compras, ventas y delivery, y se convirtió en un complemento natural de su padre. Ella misma resume esa relación con sencillez: “Me encanta. Nunca ha habido ningún conflicto grave” y, entre risas, añade que si alguno se enoja “luego ya nos estamos riendo otra vez”.
Con ella también llegó la modernización. García Reinoso reforzó su línea de chocolatería, incorporó transfers importados para personalizar bombones y amplió su oferta de moldes, decoración y productos especializados. A eso se sumaron los cursos de chocolatería para principiantes, aficionados y profesionales, una apuesta que también busca formar cultura alrededor del producto.
La pandemia fue otro punto de quiebre. Justo cuando estaban listos para inaugurar un nuevo local, el encierro frenó esos planes. Pero también abrió una oportunidad. Con la gente cocinando más en casa, crecieron los pedidos por WhatsApp y el servicio de entrega. Desde entonces, ese canal se volvió clave para el negocio. Hoy García Reinoso reparte en Quito con vehículo propio y envía a otras ciudades del país a través de empresas courier.
Ese servicio, dicen, sigue marcando la diferencia porque conserva el trato cercano que siempre definió a la empresa. Como explica Raquel, “cuando la gente hace un pedido por WhatsApp, no es que te responde una máquina, o sea, es un pedido completamente personalizado”. Si alguien necesita una base, una pirutina, un chocolate o un colorante específico, del otro lado hay alguien que pregunta, asesora y ayuda a encontrar exactamente lo que necesita. Esa atención, para la familia, es una de las claves para sostenerse durante 90 años.
Hoy sus productos estrella siguen siendo los frutos secos, aunque la oferta es mucho más amplia y especializada. En temporada baja reciben alrededor de 200 personas al día y registran ventas diarias de entre US$ 5.000 y US$ 7.000. En 2025, la empresa alcanzó ventas por US$ 1,75 millones.
Durante la entrevista, tanto Rodolfo como Raquel se emocionaron varias veces al hablar de lo que significa seguir con esta historia. En sus ojos se notaba la nostalgia, aunque siempre desde la alegría, mientras recordaban anécdotas, personas y momentos que hicieron posible llegar hasta aquí. Entre recuerdos y risas, ambos coincidieron en una idea que resume bien el peso de este legado. Para Raquel, García Reinoso es “tradición, familia, equipo, sueños”. Para Rodolfo, después de tantos años, es algo más simple y más profundo: “La vida”. (I)