El ‘despecho’, la fórmula de negocio que llegó desde México a Samborondón
Julissa Villanueva Periodista
Julissa Villanueva Periodista
Al ingresar a SDD en La Piazza, Samborondón, la primera sensación es la de una inquietante sorpresa. A primera vista destaca una estantería de tienda de barrio que, en realidad, es un inventario de ironía.
Las marcas han sido intervenidas por un copywriting emocional: cajas de cereales que rezan “Confié en ti”, botellas de desinfectante que celebran “¡Fabulosa mi soltería!” y galones de cloro que prometen un “Cloropal’ex” de 50 shots por porción. Cada objeto conecta con etapas que el visitante creía archivadas.
En las mesas, el mensaje es pragmático: servilletas perfectamente acomodadas sentencian que “nadie te quita lo bebido”, mientras vasos rojos advierten, sin sutileza: “Si te rajas, date un shot”. En una de ellas está José Antonio ‘Pepe’ Rodríguez, el empresario mexicano de 51 años que integró a Ecuador en la ruta de expansión global de su “Sala de Despecho”, la marca referente del nightlife mundial, nacida en Guadalajara y que hoy cuenta con 42 unidades en 10 países.
En Ecuador opera bajo la sigla SDD. “Igual, todo el mundo sabe que somos nosotros”, dice, con una sonrisa y la certeza de que el modelo es replicable.
Vestido con una camiseta de algodón cuello redondo; chaqueta y pantalón beige, que combina con sus tenis blancos, inicia la conversación con Forbes Ecuador. El encuentro ocurre el 9 de abril de 2026, a 24 horas de la apertura oficial en Samborondón, el local número 42.
“Esta es la primera vez que visito Ecuador. Ya me han llevado a realizar un tour por Guayaquil. La ciudad está preciosa. Vine para la apertura de la unidad en Samborondón. No pude estar en Quito porque tuve la inauguración de la sede en Houston, pero seguramente pronto iré”.
Con ese preámbulo, el diálogo se desplaza rápidamente de las impresiones personales al fondo del negocio: un modelo que ha logrado escalar con velocidad en distintos mercados, apalancado en una propuesta emocional clara y métricas que convencen a inversionistas.
Cómo monetizar una emoción
En un mercado donde los bares suelen pelear por el trago más barato o el DJ de moda, él prefirió la exclusividad. Su propuesta consiste en monetizar una emoción universal, que frente a un micrófono se manifiesta camuflada en canciones atemporales, donde las rancheras entran en el prime.
Detrás de los sombreros de charro que se reparten a las 23h00 en punto en todos sus locales, aparece la bandera mexicana que ondea sin importar el país. En ese momento, cuando suena el mariachi, el negocio alcanza la catarsis en su máximo esplendor: los clientes dejan de ser comensales para convertirse en protagonistas de una marca que exporta nostalgia
Más allá de la mística, los números respaldan el fenómeno. “La inversión de cada unidad o local está entre US$ 600.000 y US$ 700.000, que se recuperan en apenas nueve meses. Ese retorno de inversión es lo que realmente atrae a los socios estratégicos”', refiere el empresario.
La demanda es tal que afuera de las sedes de Vail o Washington, en Estados Unidos, fácilmente más de 200 personas hacen fila en busca de una mesa disponible. Es que su modelo de negocio prioriza el ingreso bajo reserva. “De igual manera, sucede en las sedes mexicanas de alta demanda, donde se facturan -en promedio- US$ 200.000 dólares mensuales por unidad, según la ciudad”, indica.
Su llegada a Ecuador no estaba prevista en la costa. Quito era el punto marcado, pero un contacto vía Instagram cambió la hoja de ruta.
Tras un proceso de validación, cerró alianza con el empresario guayaquileño Josué Sánchez, de la cadena ‘La Pata Gorda’, que también tiene sede en Miami. Antes, Pedro Izurieta lideró la apertura en Cumbayá, en noviembre de 2025. Él es socio del restaurante ‘Andrés Carne de Res Miami’, pero antes tuvo participación en Lucía Pie House & Grill, en sus tres franquicias de Quito.
“El impacto ha sido tal que desde la apertura en Guadalajara, en enero de 2024, recibo unas diez llamadas semanales de interesados, de diferentes partes del mundo, pero seleccionamos cuidadosamente a los socios. Deben tener experiencia en el negocio y muy buena conexión con la marca”, advierte.
Junto con su socio, Octavio Altamirano, emprendió una expansión por toda Latinoamérica, menos Brasil por su idioma. “La meta era llegar a cada ciudad capital. Sin embargo, siempre hay excepciones que entran al análisis. Como sucedió con Samborondón y como está a punto de ocurrir con Cuenca”, dice, sin mayores detalles.
El éxito de Sala de Despecho es que el mercado es muy amplio: puede ir alguien de 18 años o abuelas de 70 años. “Todos, en algún momento, cantan con fuerza las de Vicente Fernández, Juan Gabriel o Luis Miguel. Pegamos con el horario temprano; quien llega a las cinco o seis de la tarde, a las once de la noche ya está en su casa”, sostiene. Aunque cada local tropicaliza su playlist, porque los países tienen sus propias canciones himnos del despecho.
El origen y la adaptación
El modelo es el de un corporativo central en México, con 60 especialistas en marketing, que controlan la narrativa y el diseño, mientras los socios locales ejecutan la operación y comparten utilidades con la matriz. Dice que se trata de una especie de franquicia, pero muy participativa. “Estamos muy pendientes. Todas las semanas hacemos juntas”.
Rodríguez insiste que no vende alcohol, sino “permiso para quebrarse”. Su carrera empezó en 1994, tras un breve paso por la banca y un capital inicial equivalente a unos US$ 15.000 entregado por su padre, pero eso implicaba dejar de pagarle sus estudios en Administración de Empresas.
Con ese monto compró equipos de sonido y luces para eventos. Lo contrataban en discotecas, pero luego entendió la operación desde dentro y dio el salto a abrir sus propios locales. Así financió sus estudios y se tituló.
Décadas después, identificó una oportunidad desatendida de crear un espacio para mayores de 40 años que combinara bar y música en español para cantar.
“Se trata de todo un ecosistema perfectamente diseñado. Yo soy la cabeza, pero detrás de la operación para asegurar el resultado exitoso hay, tal vez, 2.500 o 2.800 personas entre meseros, seguridad, bartenders y cocineros en los 10 países”, comenta. Se refiere a las 20 sedes en México y a las otras 22 distribuidas entre Estados Unidos, Colombia, España, Venezuela, Guatemala, Costa Rica, Ecuador y Paraguay.
En Estados Unidos, incluso, aplica un modelo de pop-up. “Probamos el concepto en bares existentes por temporadas. Lo hicimos en Nueva York durante tres meses, en Washington D.C. los sábados, y ya estamos buscando locales fijos”.
En Samborondón, SDD opera en un espacio de 400 m², con un equipo de 30 personas y capacidad para unas 300 personas, una escala similar a la de su local en Cumbayá, Quito, que cuenta con 40 colaboradores, en un local de 267 m2. y aforo para 200.
En SDD Samborondón, la propuesta combina cocina para compartir, con opciones como taquiza, pulpo a la parrilla o tacos de birria, este último es un platillo tradicional mexicano, originario de Jalisco, que consiste en tortillas de maíz rellenas de carne de res, que tiene un costo de US$ 7. O alternativas para compartir entre 3 y 4 personas, como ‘torre de mariscos’ (US$ 22) o ‘pulpo parrillado’ (US$ 20).
Pero también tienen una carta de bebidas que va desde cocteles clásicos hasta una amplia selección de destilados y vinos. Una botella de tequila cuesta entre US$ 150 y US$ 500; otra de champagne está entre US$ 65 y US$ 600; la de whisky, entre US$ 120 y US$ 520; además de vinos, aguardiente, ginebra o ron. Aunque también tienen bebidas personales desde US$ 8.
La experiencia se completa con detalles que refuerzan el concepto: vasos de cerámica intervenidos con los rostros de íconos del despecho como Paquita la del barrio, Arjona, Luis Miguel, Yury, Paulina Rubio, Alejandra Guzmán, o Alejandro Fernández, que convierten cada mesa en parte del espectáculo emocional que define a la marca.
La reserva se realiza vía online con un tiempo de tolerancia máximo de 10 minutos. Una vez transcurrido ese tiempo límite, se marca como ‘No Show’, para brindar la posibilidad a otro cliente de tomar su reservación.
En SDD Samborondón, el termómetro de la noche también lo marca un espejo estratégico. Con la frase “Altanera, preciosa y orgullosa”, este elemento "instagrameable" mide el nivel del ambiente. Pero es a las 11 de la noche cuando ocurre el fenómeno global, con micrófonos en mano no necesariamente activados, la música mexicana ejerce su derecho de propiedad sobre el pecho de los presentes. (I)