Hay empresas que venden productos y otras que fabrican emociones. Felpel pertenece a la segunda categoría. Este es un relato de aprendizaje, caídas, reinvención y una convicción que no se negocia y eso es soñar en grande, incluso cuando el camino parece cuesta arriba.
Alejandra Ulloa fundó Felpel cuando tenía 17 años. Acababa de graduarse del colegio y, mientras muchos de sus compañeros pensaban en la universidad, ella ya estaba cosiendo sueños.
Lo hizo de la mano de quien se convirtió en su mentora y también era su suegra. “Mi suegra, falleció hace un tiempo, me enseñó todo lo que sé. Ella ya tenía una empresa de peluches, pero me ayudó a empezar la mía. Viajé con ella a China para comprar la materia prima e inicié con todo”.
Su comienzo no fue con gran capital. La primera inversión fue de US$ 5.000, un crédito que le dio la abuela de sus hijos. Con ese dinero compró telas y materiales. “Yo hacía todo. Cosía, diseñaba, hacía los moldes. Al inicio quise vender solo la tela, pero no se vendía. Entonces decidí comenzar con los muñecos”.
Esta fábrica empezó distribuyendo peluches en tiendas de regalos y jugueterías del país. Durante varios años ese fue su mercado, hasta que una segunda línea de negocio cambió la escala del emprendimiento. La fabricación de peluches personalizados para empresas e instituciones contaba una nueva historia de esta firma.
“Empresas importantes nos comenzaron a contactar. Hemos hecho peluches para Pronaca, para la Policía Nacional y hemos tenido contratos de hasta 20.000 piezas”.
El primer pedido, en 2012, llegó desde una fundación de niños con autismo. A partir de ahí, las llamadas se multiplicaron. Para Ulloa, esta línea se convirtió en su favorita. Allí, la creatividad, estrategia y publicidad van de la mano en cada diseño. Cada peluche cuenta una historia, pero también comunica una marca.
Sin embargo, no todo fue crecimiento. En 2021, Alejandra atravesó un divorcio que marcó un antes y un después en su vida. “Me hice cargo de todo, el peso cayó sobre mí. Fue una situación difícil, dejé de trabajar, olvidé la empresa. No había una cabeza”. Durante un tiempo, se refugió en casa con sus hijos.
“Tenía que decidir si morir o volver a nacer”, dice. Eligió lo segundo. Regresó a la fábrica y habló con su equipo: “Les dije que teníamos que ponernos las pilas, que había que despertar”.
En 2022, Felpel inició una transformación operativa. Se reordenó la estructura interna, se fortalecieron los canales digitales y la marca dio un giro completo. Paradójicamente, su suegra volvió a aparecer en ese momento para ayudarla a independizarse del todo.
La tercera línea de producción llegó con la exportación. Hace tres años, Felpel realizó sus primeros envíos a Costa Rica a través de un distribuidor. “Mandábamos entre 5.000 piezas cada tres meses aproximadamente. Siempre con una condición: que la etiqueta diga ‘Hecho en Ecuador’”.

Ese fue el inicio de una puerta que se abrió en grande. A finales de 2023, grandes cadenas de retail tocaron la puerta, entre ellas Walmart en Costa Rica.
“Nos dijeron que ellos traían productos desde China, pero que querían acercarse a nosotros porque éramos fabricantes de peluches en Latinoamérica. Los otros eran chinos”, explica.
El proceso para calificar fue meticuloso, pero no se centró solo en capacidad productiva. “Lo que más me sorprendió fue que nos evaluaron cómo tratamos a nuestra gente”, añade. La empresa presentó su certificación en economía violeta, enfocada en equidad de género. Está liderada por una mujer y el 95 % de su personal son mujeres. En total, trabajan 45 personas en dos turnos.
El primer envío directo a Walmart se realizó en enero de 2024, para la temporada de San Valentín. Fueron cerca de 10.000 piezas, enviadas por vía aérea. “Estábamos nerviosos. Fue nuestra primera vez. Un courier nos ayudó con todo el proceso, fue puerta a puerta”.
La calidad de los peluches respondió y se convirtieron en proveedores recurrente. Hoy, desde Ambato se envían pedidos mensuales de 5.000 unidades que a Walmart y, en temporadas altas, incluso hay envíos dos veces al mes.
Actualmente, el 30 % de la facturación de la empresa proviene de exportaciones. Según Fedexpor, esta es la única compañía de fabricación de peluches que sale del país. Sus ingresos en 2025 fueron de US$ 441.000 que abarcan sus tres líneas de negocio.
¿Por qué Walmart regresó a ver a Ecuador?
“Conozco cómo funciona el mercado chino. Los pagos son inmediatos y los tiempos de entrega pueden extenderse hasta 40 días. Ahí vimos una oportunidad. Manejamos cantidades mínimas variables, personalizamos modelos y colores y nos adaptamos a las formas de pago. Mientras una compra en China puede tardar hasta tres meses, nosotros entregamos en cuatro días, con mayor variedad y rotación de productos y prefieren eso así el costo sea superior”.
Alejandra cuenta que hay una escena que permanece en su mente y la llena de orgullo como mujer y mamá. Esta emprendedora llevó a sus hijos a Walmart en Costa Rica.
Frente a la percha, los muñecos estaban desordenados. “Les dije que había que arreglarlos. Mis hijos miraron la etiqueta y me dijeron: ‘Mamá, Felpel es nuestro’. Cuando entendieron que esos peluches los hacía su mamá, me abrazaron. Fue una lección enorme”.
Para 2026, abrirá una cuarta línea: juguetes para mascotas. Y para 2027, el plan es aún más ambicioso: construir una planta interactiva en Ambato, abierta al público, con una inversión cercana a US$ 400.000.
Esta ambateña dice que un ecuatoriano tiene todas las capacidades, y el Ecuador, todos los recursos para llegar a donde quiera. “Siempre me hago la misma pregunta: ¿Por qué no? ¿Por qué no llegar a Walmart, por qué no llegar a Estados Unidos?”, dice Ulloa. Esa pregunta, repetida como mantra, explica por qué un peluche ecuatoriano hoy cruza fronteras y ocupa un lugar en una de las perchas más grandes del mundo. (I)