A unos 50 kilómetros de Quito, en Otón (Cayambe, Pichincha), Remu Foods desarrolla un modelo de negocio enfocado en transformar productos agrícolas en alimentos frescos y procesados con valor agregado. Desde su planta industrial, la empresa compra, comercializa y procesa el 100 % de cosechas de frambuesa, frutilla, mora, arándano, uvilla, pimiento, tomate y ají. Estos frutos son clasificados en distintas categorías y también se convierten en pastas, salsas, pulpas, congelados y otros formatos que llegan a supermercados y mercados internacionales, con una lógica que aprovecha la totalidad del producto.
Al frente está Nicolás Witt, quiteño, de 33 años, fundador de este giro de negocio. Entre 2010 y 2012 dejó la universidad, se trasladó a España y luego regresó al país. Estudiaba Ingeniería en Alimentos, carrera que decidió abandonar. “Nunca fui fanático del sistema ni del formato universitario. No creo en eso”.
Durante su estadía en Europa se dedicó a la equitación. En 2012 volvió a Ecuador, con 20 años y la idea clara de emprender. “Realmente toda la vida me he dedicado a emprender. Voy alrededor de 10 años con emprendimientos”. Junto a su primo, arrancó una empresa importadora de insumos agrícolas en Manabí, enfocada en proyectos productivos, importación y distribución de fertilizantes y sistemas de riego. Sus principales clientes eran florícolas de Cayambe.
Pero la crisis entre Rusia y Ucrania en 2014 desencadenó una contracción en Europa que golpeó al sector florícola. La caída del consumo y de las exportaciones dejó excedentes de producción que se trasladaron a Estados Unidos, explica, algo que generó una sobreoferta que desplomó los precios. Esto les obligó a cambiar el rumbo.

Ese giro dio paso a lo que hoy es Remu Foods, firma que levantó con su papá. El proyecto comenzó a tomar forma en 2014, se formalizó y arrancó operaciones entre 2016 - 2017 y logró ingresar por primera vez a supermercados en 2019. Luego llegó la pandemia, una contracción fuerte y, en 2021, una exposición importante en el sector de alimentos que los impulsó. No fue casualidad. Fue entender que el crecimiento no siempre viene en envases premium, dice, sino en no desperdiciar nada a lo largo de la cadena.
“Entonces, cambiamos completamente el concepto y logramos que se cierre el ciclo al 100 % (...) Eso nos permite que muchos más agricultores quieran trabajar con nosotros porque les compramos todo y que nosotros seamos súper competitivos. Podemos llegar a ser, posiblemente, de los más competitivos del mercado en el segmento precio–calidad”.
Hoy trabajan con 40 agricultores, una red que impacta de forma directa a alrededor de 300 familias. En el esquema tradicional, detalla, el desperdicio comienza incluso antes de que el alimento salga del campo.
“Cuando cosechas, haces una selección de producto y desperdicias, solo por deshidratación o maltrato mecánico, entre un 10 % y un 20 %. Luego eso llega a postcosecha, donde se vuelve a seleccionar y se desperdicia otro 10 % más. Ya ahí perdiste cerca del 30 % del producto (...) Estamos hablando de que entre un 30% y 35% de un producto que costó tanto esfuerzo físico y económico termina en desecho”.
Ese porcentaje es justamente el que Remu Foods busca rescatar. “De eso nosotros salvamos casi todo. Hay un 5 % que realmente no se logra rescatar para darle un segundo fin”. La empresa desarrolla, para cerca del 90 % de su portafolio, al menos un subproducto.
El esquema funciona con productos de primera categoría, segunda categoría y productos industriales. Un tomate que ya no sirve para la percha de frescos, pero está sobremaduro, se convierte en pasta. “De hecho, es mejor calidad que un tomate que cosecharías solo para hacer pasta. Está en su punto ideal, con mayor nivel de licopeno, mayor grado Brix y más antioxidantes”.
Lo mismo se aplica a otros cultivos. La frambuesa, por ejemplo, puede venderse fresca, congelarse bajo el sistema IQF, bañarse en chocolate, transformarse en mermelada o destinarse al segmento industrial.
Hay una parte que no se vende, pero tampoco se desperdicia. Cuando el mercado está saturado o los inventarios están completos, se dona. “El año pasado donamos alrededor de siete toneladas al Banco de Alimentos de Quito”. Y existe, finalmente, ese 5 % que no tiene salida comercial ni social: producto con hongo, moho o bacterias que no pasa la preselección. Ese material va a su compostera.
“Tenemos un biodigestor. Eso se biodigesta, pasa por todo un proceso de eliminación de hongos y bacterias y con eso terminamos haciendo biol y fertilizantes para nuestros propios cultivos”. El círculo se cierra en el mismo punto donde empezó, la tierra.
La firma maneja nueve cultivos base y cerca de 40 productos, entre líneas frescas, secas y procesadas como Pulpas Detox, helados naturales o Kombuchas. Frambuesa, frutilla, mora, arándano, uvilla, pimiento, tomate y una línea fuerte de ajíes forman parte del portafolio. Hay además un producto icónico: el tomatillo verde mexicano. “Somos los únicos proveedores a nivel nacional”, asegura Witt. A eso se suman jalapeño y ají criollo.
En términos de volumen, el negocio ya se mide en unidades. Solo en pastas, Remu Foods mueve alrededor de 1.200 cajas al mes, a las que se suman las líneas de salsas y otros productos procesados. Su socio estratégico es Corporación Favorita y el portafolio está presente en todos sus formatos: Supermaxi, Megamaxi, Akí, Titán y el nuevo: B - SI. A escala global, los productos procesados llegan a Panamá a través de los canales de la corporación.

En 2024, la empresa cerró con ventas por US$ 1,2 millones, en 2025 tuvo ingresos por US$ 1,4 millones y proyecta para este año un crecimiento “garantizado” de al menos 20 %. “Duplicamos con la introducción de nuevos segmentos de mercado y aumentamos la industrialización de productos”. Witt emplea a 40 personas de forma directa.
En 2025, la compañía destinó alrededor de US$ 50.000 a la ampliación de su planta (tiene 400 metros cuadrados actualmente y seis hectáreas de cosecha) principalmente en cuartos de congelación y nueva maquinaria. Actualmente, producen frambuesas y arándanos cubiertos de chocolate, con dos presentaciones activas y la meta de llegar a cinco hacia diciembre. Para esta línea, compran cerca de dos toneladas mensuales de chocolate ecuatoriano, que llega en forma de gotas o masa para ser fundido y trabajado en planta. Este desarrollo forma parte del plan 2026, junto con otros diez productos que ya están diseñados y en fase final de aprobación.
“Para mí esta empresa es mi segunda familia. Se refleja todo mi esfuerzo y quién soy como persona. Creo que, si a mí me va bien, le tiene que ir bien a toda mi gente. Yo no puedo crecer afectando a nadie y peor al que más lo necesita”.
Para él, el cambio en los hábitos, impulsado por redes sociales, nuevas tendencias y un paladar más diverso, abrió la oportunidad de democratizar la buena comida. “Antes ciertos productos solo podía adquirirlos una parte de la población por el precio, no por el gusto. Hoy el reto es adaptarlos al bolsillo del consumidor sin afectar su poder adquisitivo”.
Emprender en Ecuador, reconoce, no es sencillo. Paros, pandemias, cambios de gobierno y vaivenes económicos obligan a planificar como si el año tuviera solo 10 meses productivos. “Hay que soñar, sí, pero también entender el medio en el que te mueves y quién es realmente tu mercado. Hay que caminar, pisar calle y palpar realidades”.
Remu Foods ya tuvo experiencias internacionales, como envíos de fruta fresca a Israel y mantiene conversaciones con grandes cadenas en Estados Unidos. Sin embargo, su prioridad es consolidar el mercado nacional, fortalecer a los productores y asegurar volumen y procesos. “Exportar no es que los márgenes sean abismales. Los costos intermedios son altísimos. Hay que hacerlo bien o no hacerlo”.
Al final del recorrido, cuando se le pregunta qué quiere dejar, la respuesta se aleja del balance financiero. Witt habla de sus hijos y del país.
“Lo que quiero es que mis hijos vean que hice un trabajo correcto, consciente y que aporté mi grano de arena para que este país y la gente que más lo necesita pueda cambiar su realidad”. (I)

