Calma tras la tormenta
Ecuador y Colombia no son únicamente dos mercados. Han sido vecinos, socios y aliados mucho antes de que existieran los acuerdos comerciales modernos. La relación entre ambos países trasciende los ciclos políticos y los documentos firmados por sus gobiernos.

Toda tormenta parece capaz de cambiar el paisaje para siempre. Pone a prueba la fortaleza de lo construido y hace pensar que nada volverá a ser igual. Sin embargo, las crisis también recuerdan una verdad sencilla: son pasajeras. Lo que suele permanecer es aquello que se construyó durante años sobre la confianza.

La guerra arancelaria entre Ecuador y Colombia fue precisamente eso: un temporal que sacudió una relación comercial forjada durante décadas. Pero toda tormenta termina y hoy el escenario es distinto. La eliminación de los aranceles y la nueva sintonía política entre el presidente ecuatoriano, Daniel Noboa, y el presidente electo de Colombia, Abelardo de la Espriella, no significan que todo haya vuelto a la normalidad. Representan algo más importante: la posibilidad de reconstruirla.

Las relaciones entre dos países no dependen únicamente de un tratado. Dependen, sobre todo, de la confianza. Cuando esta existe, el comercio fluye con mayor naturalidad, la inversión recupera previsibilidad y la cooperación deja de ser una aspiración para convertirse en una agenda compartida. Incluso la movilidad, la seguridad y la integración fronteriza empiezan a hablar el mismo idioma.

La primera señal ya apareció. El sector empresarial colombiano ha manifestado su disposición de reactivar el suministro de energía si Ecuador vuelve a necesitarlo. Puede parecer un hecho aislado, pero en realidad revela algo más profundo: cuando regresa la confianza, las oportunidades suelen llegar antes que los discursos.

Ahora viene el verdadero examen. Los casi USD 1.900 millones que Ecuador compra a Colombia y los cerca de USD 900 millones que le vende no deberían limitarse a recuperar el terreno perdido. El objetivo tampoco debería reducirse a revertir el saldo de la balanza comercial. La verdadera oportunidad consiste en ampliar el intercambio bilateral, incorporar mayor valor agregado a las exportaciones ecuatorianas y fortalecer cadenas productivas que beneficien a ambos países.

Cada nuevo dólar que Ecuador logra exportar significa más producción, más empleo, mayor recaudación y una economía con mayor dinamismo. Incluso si el saldo comercial continuara siendo deficitario para el país, un crecimiento sostenido de las exportaciones seguiría representando una buena noticia. Una relación comercial saludable no se mide únicamente por quién vende más, sino también por la capacidad de ambos mercados para crecer juntos.

Claro que no todo será sencillo. La ofensiva anunciada por el nuevo gobierno colombiano contra las estructuras criminales exigirá una coordinación estrecha entre ambos países para evitar que la presión sobre esos grupos desplace sus efectos hacia territorio ecuatoriano. Al mismo tiempo, los dos gobiernos mantienen una deuda impostergable: fortalecer el control sobre los cerca de noventa pasos irregulares identificados a lo largo de la frontera y reducir los espacios aprovechados por el contrabando y el crimen organizado.

Erradicar completamente estas actividades puede ser una aspiración difícil de alcanzar. Sin embargo, reducirlas hasta volverlas marginales sí puede y debe convertirse en una política de Estado. Para lograrlo se requiere cooperación operativa, intercambio de información, inversión en tecnología, presencia institucional en las zonas fronterizas y una estrategia que combine seguridad con oportunidades económicas para sus habitantes.

Ecuador y Colombia no son únicamente dos mercados. Han sido vecinos, socios y aliados mucho antes de que existieran los acuerdos comerciales modernos. La relación entre ambos países trasciende los ciclos políticos y los documentos firmados por sus gobiernos. Es un vínculo construido por generaciones, empresas, familias y comunidades que comparten una frontera y un destino económico común.

Cuando una relación tiene esa profundidad, puede soportar incluso una tormenta. Lo verdaderamente imperdonable sería desaprovechar la oportunidad que llega cuando vuelve la calma. (O)