Hasta cuando escribía este texto, no tenía una idea clara en mente. Muchas ideas a veces no bastan; resultan escasas, porque varias de ellas no encajan en el momento apropiado. ¿Cuál momento? Ese en el que las letras encuentran un propósito mayor.
En ocasiones, la vida pide esperar con intención y atención. Y, de repente, te muestra eso que vale la pena decir, lo que no puede pasarse por alto. Viene en forma de un llamado —parecería un llamado de atención; lo más claro es que sí lo es— y entonces se convierte en lecciones que enseñan, que remueven y que ayudan a generar cambios.
Hace pocos días tuve una reunión con un grupo de amigos a quienes llamo hermanos, porque nos une un mismo camino espiritual. Debíamos tomar decisiones. La mayoría eligió un camino distinto al que yo consideraba correcto. Es ahí cuando apareció mi soberbia, muy camuflada; esa que se escuda en el aparente conocimiento legal: una soberbia disfrazada de verdad, de argumentos, de fundamentos, de todo eso que los abogados podemos sostener casi por instinto por nuestra escuela y formación.
Sin titubear expuse mis puntos, todos válidos y reales. Sin embargo, hay algo que vino a mi cabeza pocos días después: el tino y el tono. Lo que siempre mi madre ha repetido, aunque a ambas nos cueste ponerlo en práctica.
Qué importante es defender una idea, no callar y hablar con la verdad. Pero igual de importante es saber cómo se lo hace. Desde entonces, una conciencia distinta me acompaña; un poco incómoda, pero mucho más honesta: me obliga a mejorar ese tino y ese tono, a revisar no sólo mis argumentos sino la forma de sostenerlos.
Así, he llegado a una conclusión: no está mal introducirle un poco de humor a la vida. Ahora entiendo algo con más claridad: pensaba que el humor significaba tomarse todo a la ligera y, sin duda, eso es lo más ilógico que alguien pueda pensar.
El humor no le quita peso a la vida, le da equilibrio.
El humor alivia, conecta, repara, impacta y resuelve. Desde cada espacio que habitamos, necesitamos ponerle más alegría a la vida.
Al escribir este texto, he recordado lo que decía San Felipe Neri: “La tristeza nos dobla el cuello y no nos permite mirar el cielo. Debemos combatir la tristeza y no la alegría”.
Quizá también deberíamos aprender a combatir esa necesidad constante de tener la razón.
Y cuando el humor no es suficiente, el amor sí lo es.
Se trata de ir más allá. Existe algo más real y contundente que la humanidad necesita: amar un poco más.
Amar es un reto exigente. Implica descartar el orgullo, desmontar la soberbia, crear espacio para la paciencia. Significa saber callar cuando la opinión no construye, pedir perdón cuando es necesario, aprender a perdonar, y, algo profundamente esencial, tener caridad con el otro.
Ese día, con mis amigos —hermanos—, me movió la soberbia. Pero cuando nos mueve la verdad, acompañada de simpatía, cordialidad, paciencia y sinceridad, entonces todo tiene un impacto positivo y profundo; eso es lo que realmente trasciende.
Hoy elijo reaprender. Conservando mi esencia, sin callar, pero entendiendo que siempre hay una forma distinta de decir las cosas.
Se trata entonces, de buscar esos motivos que nos permiten actuar con más amor y humor; esos que nos impulsan, que son simples y, a la vez, extraordinarios. Miro a mi lado y encuentro uno de ellos: la sonrisa de mi hijo; esa alegría que tiene toda la capacidad de desarmarlo todo y volver a construirlo desde lo más profundo.
El propósito no cambia. Lo que cambia es la forma de vivirlo. Al final, en esto consiste el arte de no tener la razón: soltar la necesidad de imponerse; elegir el tono antes que el argumento, la empatía antes que la victoria. Porque no siempre gana quien tiene la razón, sino quien es capaz de construir algo mejor con los demás. (O)