La fenomenología
El vocablo “fenomenología” proviene del griego phainómenon (fenómeno); la raíz phai, del helénico phós, traduce “luz”. Logos es “estudio”. Estamos, entonces, ante el estudio del fenómeno… frente a lo que se muestra.

Hablar de “fenomenología” es reseñar un método de investigación filosófica. El padre de esta corriente es Edmund Husserl (1859–1938). Nació en Prossnitz, Moravia, actual República Checa, en aquel tiempo parte de Imperio austrohúngaro, en el seno de una familia judía. El mensaje primario de la tesis husserliana es el retorno a las cosas en su origen. Tiene hondas raíces científicas en tanto mira a los acontecimientos y manifestaciones objetivas; cuestiona al hombre en la predisposición humana al ensimismamiento. Su teoría influyó en Martin Heidegger (1889–1976), existencialista alemán que lo sucediera en la cátedra de filosofía de la Universidad de Friburgo.

El final de su vida coincidió con el ascenso de los nazis al poder, ante lo cual sostuvo que la crisis que enfrentaba el mundo estaba relacionada con la inhabilidad para comprender la base de la consciencia; dedicaba, más bien, los esfuerzos a entender la humanidad en una perspectiva meramente natural. Recordemos que “conciencia” es el conocimiento del bien y del mal, permisivo de enjuiciar moralmente la realidad y los actos (RAE). “Consciencia”, por otro lado, también según la RAE, es la capacidad de reconocer la verdad circundante, o la actividad mental que permite sentirse presente en el mundo y en la autenticidad.

El vocablo “fenomenología” proviene del griego phainómenon (fenómeno); la raíz phai, del helénico phós, traduce “luz”. Logos es “estudio”. Estamos, entonces, ante el estudio del fenómeno… frente a lo que se muestra. Para Husserl su ordenación filosófica es un volver a las cosas mismas, sin predisponernos. Respecto de la predisposición, la teoría husserliana sugiere optar por la “epojé” (del griego epokhé); es decir, suspender o abstenernos de juicios y prejuicios. Es un colocarlos entre paréntesis para dedicarnos a las cosas tal cual son. Los fenómenos están allí, no cabe modificarlos a voluntad. Los fenómenos son verdaderos, cualquiera sea el enfoque que tengamos –o pretendamos tener– de ellos.

La presión negativa de los prejuicios es de tal magnitud que nuestro filósofo afirma que, por obra de ellos, el hombre se vuelve incapaz de “traer al campo del juicio lo que tiene en el campo de la propia intuición”. Para nosotros, las ofuscaciones más perjudiciales son las sociales, las políticas y –por encima de ellas– las religiosas. Husserl es enfático: quien no deje de lado a este tipo de “apercepciones” y capte la vivencia no contaminada, tampoco podrá penetrar en la fenomenología ni en la filosofía.

La abstracción fenomenológica del “paréntesis” –que obliga a interrumpir la existencia del objeto, sus incidentes y la subjetividad, para centrarnos en las “vivencias de la consciencia pura”– demanda de una reducción eidética. Esta deflación es el penetrar en la esencia. Husserl proclama que la esencia de la vivencia es la refundición de todas las características que en conjunto dan forma a la cosa objeto del fenómeno. Ello coloca al hombre ante una auténtica “reducción fenomenológica”. Tal situación habilita acceder a la experiencia vivida, y vívida, para “conscientizarnos” de las cosas.

Los conceptos y nociones de la fenomenología han cumplido relevante rol en el desarrollo de las ciencias sociales del siglo XX. Sus aportes doctrinales en el campo de la sociología y también de la política son dignos de mención. En particular, la sociología fenomenológica –al sustentarse en el “sentido común”– indaga en el conocimiento primario… en la existencia con perspectiva lógica.

En Historia de la filosofía, el español Julián Marías (1914–2005) sostiene que el idealismo de Husserl radica, precisamente, en su elaboración en torno a la reducción fenomenológica. En esta, el idealismo está dado por lo indubitable de la percepción como tal, dice. Sin embargo, es necesario ir un paso más allá. Ese progreso es el acto de la reflexión no contaminada por los prejuicios y obsesiones, según hemos señalado. El método fenomenológico compagina la apreciación del mundo como existe según nuestra percepción. Tal fusión da forma a la “conscientización”.

Su filosofía es más que lo metafísico. Lo es en tanto asume a las cosas, y a los problemas que pueden generar, como lo que son; es decir, fenómenos. Asevera que el escepticismo, el irracionalismo y el misticismo ponen a la filosofía en riesgo de sucumbir. Si bien es una afirmación extrema, no es menos cierto que el desarrollo del mundo exige de una aproximación fenomenológica. Un buen ejemplo de este tipo de “filosofía” –con importante ingrediente histórico– es el pensamiento de Yuval Noah Harari (1976). Para nosotros, este israelita es uno de los pensadores contemporáneos más profundos a quien podemos acudir.

Husserl habla de la “consciencia trascendental”. Esta es el motor del conocimiento significativo que va más lejos de lo “inmediatamente contemplado; expresa verdades requeridas por la trascendentidad de la consciencia, o disuelve contenidos dogmáticos”. El hombre “se” expande al entender los fenómenos. (O)