Empiezo esta crónica a las tres y once de la mañana. Todos duermen menos yo. Estoy en la cocina que es el lugar habitual donde una puede estar sola a esta hora de la madrugada. Hace siete años que vivo con Gonzalo y hace siete que duermo con un ronquido que los más conspicuos defensores de derechos humanos, si lo oyeran, incluirían en el catálogo de las torturas proscritas por la ley. Y no exagero. Es un sonido que no está en el diccionario, porque los diccionarios son escritos por gente que duerme.
La noche empieza de una manera usual. Cenamos ligero y conversamos de diversas cosas. En el cuarto, algún diálogo intrascendente, lectura de velador o alguna serie absurda para que el sueño llegue pronto. Luego de tanta antesala, con el ojo a medio cerrar me pongo cremas y esas cosas que usamos las mujeres, él se lava los dientes y nos metemos en la cama como la gente normal. Apago la luz. Nos acomodamos y se producen cinco minutos de silencio. Cinco. Diez, si ha tomado café antes de acostarse.
Y entonces, nada vuelve a ser normal. Primero es un suspiro profundo, casi elegante. “¡Qué lindo que es!”, pienso yo. Sin embargo, a las doce y nueve, por reloj, se convierte en un carro de carreras con el escape roto. Terrible. Cuando duerme bocarriba el sonido es insoportable, como un escape sin silenciador. Y cuando está bocabajo es grave y constante, tanto que hace vibrar el colchón. ¡Es una tortura! En algún momento de la madrugada cambia todo y llega con un silbido agudo que parece que se le está desinflando un pulmón. Es imposible acostumbrarse por la diversidad de sonidos. Es variado. Es creativo. Es un hijo de puta.
Yo, en cambio, como Padme, veo que es imposible llegar a soluciones diplomáticas por eso paso directamente a las negociaciones agresivas. Primer intento: empujón cariñoso que casi nunca da resultado. Enseguida, con mis manos provoco un movimiento oscilatorio y trepidante. Da resultado en el corto plazo. Cuando creo que ya está solucionado el tema, vuelve el ruido. Ahí empleo un codazo efectivo con un reclamo sutil: “Amor, date vuelta”. Cuando nada de eso funciona, toca emplear otro tipo de técnicas. Empiezo por un empujón más decidido. Si no se cae de la cama, que esa es la idea, solo suspira unos segundos y sigue roncando más fuerte, como si quisiera vengarse. Luego, la técnica del almohadazo cariñoso. Le pongo en la cara, siempre con amor, claro, para que respire mejor. Resultado: ahora ronca a través de la almohada. Otra vez pienso, “¡qué lindo es… pero qué bullicioso!”.
Además de las negociaciones agresivas, he intentado de todo y nada sirve: tapones para los oídos de esos que usan los operarios en los aeropuertos. Es como taparse con algodón de azúcar. Un ventilador en el cuarto. Inservible. Instalé aire acondicionado para que genere un ruido sordo. Tampoco, además del insomnio casi me da neumonía. He puesto en mi celular sonidos que imiten cascadas, lluvia, olas del mar. Nones. Todo termina sonando a música de documental mientras el ronquido es el león que se come al documentalista. No hay manera.
Desesperada, para ver si mi verdugo hace conciencia y tener pruebas contundentes de la tortura, grabé con el celular el concierto y se lo mostré a la mañana siguiente. El Gonza solo miró el archivo y con una seguridad abrumadora afirmó: “Eso no soy yo, debe ser el vecino”. El vecino tiene ochenta y tres años y también duerme con audífonos por la intensidad de los ronquidos. En mi experiencia, he confirmado que los hombres creen que no roncan: “jamás me he escuchado”. O, en su defecto, creen que lo hacen con elegancia: “Yo no ronco, respiro fuerte”.
Se ha descubierto que la evolución nos dio el ronquido cuando éramos cazadores y recolectores para ahuyentar depredadores cuando caía la noche. Pero ¡ya pues! ¿Qué te cuesta evolución entender que ahora vamos al supermercado a comprar animales que antes cazábamos? El ronquido parece que es eso que se quedó como el apéndice o el dedo chiquito del pie. El problema es que, en vez de depredadores, ahora solo ahuyenta mi sueño.
He dormido en el sofá, en el piso, en la hamaca del balcón y una vez en la baldosa de la cocina porque tenía calor. Pero al menos había la tranquilidad del silencio. Sin embargo, no desfallezco en el intento. Le doy permiso para que se vaya a pescar a la Mica, de conejos a algún páramo o a escalar cualquier volcán. Aunque a veces le escuchaba desde tan lejos y no se diga cuando está a mi lado, ahora me pongo auriculares con música a todo volumen, cuento ovejas que también roncan y tomo narcóticos permitidos por la ley. No siempre funciona. Sin embargo, al final del día o duermo sola y en paz. O duermo con él y con su orquesta particular. Y yo, a pesar de todo, elijo la banda de pueblo. Aunque me cueste el sueño, la cordura y, probablemente, varios años de vida.
Por eso puedo decir, con total convencimiento, que, sin lugar a duda, es el hombre que me quita el sueño. (O)