El empirismo lógico
El silencio es sabio. Aun cuando el lenguaje expresa los pensamientos, estos deben atarse a una “realidad” a ser reflejada en los vocablos, so pena de que las palabras sean vacías.

A propósitos académicos, el título es sinónimo de “positivismo lógico”, “neoempirismo” y “neopositivismo”. Identifica a la doctrina filosófica gestada desde 1922 en el Círculo de Viena, disuelto en 1938 a raíz de la Anschluss, invasión nazi a Austria. Se organiza en torno a Moritz Schlick (1882–1936) y Rudolf Carnap (1891–1970), a quienes acompañarán Willard van Orman Quine (1908–2000) en Harvard y Alfred Jules Ayer (1910–1989) en Oxford. El Círculo lo conformaron también científicos, matemáticos y sociólogos, otorgando a su desarrollo una perspectiva multidisciplinaria de trascendencia para enfrentar a la filosofía con visión no solo metafísica. A partir de 1930, publica la revista Erkenntnis (Conocimiento), que en sus dos últimos años pasa a llamarse The Journal of Unified Science (El diario de las ciencias unidas). Sin perjuicio de la disolución del grupo, continúa en circulación hasta 1940 en que es descontinuada con ocasión de la II Guerra Mundial.

La divulgación de la naciente forma de abordar a la filosofía se da a través de Conocimiento. Sus editorialistas parten de considerar –lo cual no deja de tener significativo grado de agudeza– y criticar que los esfuerzos de la filosofía estaban limitados a la metafísica, sin ponderar la “práctica” y consiguiente “comprobación”. Toman de referente a David Hume (1711–1776), para quien la racionalización escolástica debe ser rechazada, “siendo que no contiene más que sofistería e ilusión” cuando no ofrece razonamientos abstractos sobre cantidad y número; y si no engloba algún juicio experimental respecto de cuestiones de hecho o existencia (Investigación sobre el entendimiento humano). Sobre el tema nos remitimos a la Enciclopedia británica: las doctrinas metafísicas no son falsas, sino carentes de sentido (…) las grandes preguntas sin respuesta sobre la sustancia, la causalidad, la libertad y Dios son incoherentes simplemente porque no son preguntas genuinas en absoluto.

Para el empirismo lógico, no obstante la remisión a ellos, tanto Hume como John Locke (1632–1704), empiristas “clásicos”, quedan cortos en el tratamiento del tema filosófico. Similar posición mantiene sobre Auguste Comte (1798–1857) en proyección sociológica, y John Stuart Mill (1806–1873) como exponente del Utilitarismo. Cuando la ideología política incursiona prejuiciadamente en la filosofía, es decir, sin profundizar en su efectivo curso, los especulativos cuestionan a la erudición con intereses meta-académicos. Sucede con el neopositivismo… sus detractores –representados por los reaccionarios sociopolíticos– lo consideran una “doctrina” impugnadora del statu-quo, sin entender que ello es precisamente lo honesto. ¡A destrozar paradigmas!

Los cimientos del neoempirismo son la lógica y el derivado principio de la “no-contradicción”. El vocablo “lógica” proviene del griego logos, equivalente a “razón”, transmisor del imperativo de remitirnos a “realidades o verdades comprobables”. Estas autenticidades van atadas –filosóficamente– al conocimiento real de los hechos y los actos. Para el Círculo de Viena, la veracidad del conocimiento es solo ofrecida por la ciencia, permisiva de acceder al saber metódico. En lo relativo a la otra base teórica, el empirismo lógico aboga por una técnica de permanente comprobación positiva de los enunciados hipotéticos. De allí historiadores de la filosofía para quienes este novel positivismo fue un intento de dar a la filosofía cierto carácter científico… en lo cual históricamente falló.

En su aproximación a nuevos conceptos de los cuales el neopositivismo levanta velas, concibe el hecho cierto de que percibir la filosofía en términos metafísicos puros –abstrayéndose de una observación objetiva del entorno– es autoimponerse limitaciones analíticas. Así redunda en ficciones que irremediablemente deforman la realidad. Tal dogmatismo adquiere visos de dramatismo al contaminar la metafísica con enunciados teológicos. El asunto llega a extremos, como sucedió en particular en la Edad Media, si la religión infecta también a la ciencia. Si bien ahora, en el siglo XXI, el mundo ha superado el fenómeno, el confesionalismo todavía pretende intervenir en otras facetas del ministerio individual mediante analogías entre derechos humanos y dogmas católicos.

En el empirismo lógico, el lenguaje cumple también un cometido filosófico. Emblemático representante del rol positivista de la palabra es Ludwig Wittgenstein (1889–1951). Para este filósofo austriaco-británico, el entorno en que el lenguaje es usado da sentido a las palabras, pues el significado que asignemos a ellas nace del contexto en que las expresemos. Sostiene que “de lo que no se pueda hablar, es mejor callar”. Noción complementada al afirmar: lo que no puede decirse resulta ser más importante que lo que puede decirse. El silencio es sabio. Aun cuando el lenguaje expresa los pensamientos, estos deben atarse a una “realidad” a ser reflejada en los vocablos, so pena de que las palabras sean vacías. (O)