El esfuerzo es sospechoso
El facilismo se extiende a todas las esferas. En especial a la educación. La ley del menor esfuerzo. Destacar por méritos es mal visto. Todos mediocres, todos felices.

Facilismo y permisividad son acusaciones cada vez más frecuentes y sonoras. Permisividad entendida como una actitud a dejar hacer o tolerar prácticamente todo. Y facilismo como tendencia a aceptar el menor esfuerzo y la disciplina suaaave. Rechazo a la dedicación, exigencia, entrega, sacrificio. 

El escenario privilegiado para el imperio del facilismo y la permisividad es el sistema educativo -fiscal y particular, de colegio y universidad-. Su crisis es brutal, sistémica. La opinión pública, lastimosamente, se queda en la infraestructura: baños asquerosos, goteras, paredes cuarteadas, equipos obsoletos… Y sí, son una vergüenza pero se quedan cortos frente a la magnitud del problema. De vez en cuando se menciona la baja formación de los maestros. De pasada.

Lo más sobrecogedor en la educación -y que tiene relación con el facilismo y la permisividad- es la baja de los aprendizajes; los estudiantes no están aprendiendo, así de simple. Lo dicen, con evidencias, las pruebas externas y nacionales de evaluación. Los resultados en lectura y matemáticas son desastrosos. Muchos bachilleres apenas saben leer, apenas si comprenden lo que leen. Y ni hablemos de escribir…

La caída en los aprendizajes es escalofriante. Ataca al corazón del sistema. “No aprender”, significa que la escuela está perdiendo su sentido de ser, su esencia, la razón de su existencia. Es como una emisora apagada, un médico indolente. Constituye, además, un engaño monumental. A las familias, a los chicos, a los maestros, a la sociedad.

Una de las explicaciones de la crisis -hay varias- refiere a la disminución del rigor en la tarea educativa. El dominio del facilismo y la ley del menor esfuerzo. El profesor -cuya autoridad ha sido socavada- se ve forzado a reducir las exigencias, inflar las notas, volverse blando y “buena gente”. Bajan los estándares, aumentan la promoción al infinito. Todos pasan. Un examen, otro examen y otro más. Y un trabajito si mismo mismo está atascado el estudiante… Aroma de farsa.. Profesores sin respaldo institucional. También chantajeados y sobrepasados. El esfuerzo es sospechoso.

El fenómeno está presente en otras esferas. La familia exhibe conductas similares. Chicos consentidos sin reglas ni límites, ni acuerdos colectivos. Hijos que hacen lo que quieren, que no dan cuenta de sus acciones. Padres que han eliminado -por un sentido torcido del afecto- las responsabilidades de sus hijos, que han decidido obviarles dificultades. Padres y madres, con autoridad disminuida que han suprimido las sanciones -en el buen sentido de la palabra- para privilegiar la comodidad.

En el trabajo, la permisividad también campea. Cumplir con el mínimo aceptable, repetir mecánicamente las rutinas y sacarle el cuerpo a las obligaciones cuando es posible. Este vicio no corre solo para los trabajadores; muchas veces supervisores y autoridades la practican. Explica en parte por qué nuestros bienes y servicios no mejoran, no dan saltos de calidad, compiten en pésimas condiciones. No arriesgar es la consigna. Y enterrar cualquier amago de creatividad. Pensar y crear es sospechoso.

En los medios el facilismo es notorio. Formatos repetidos y copiados, cero iniciativa y novedad, premio a la imitación, presentaciones uniformes, superficialidad. Mediocridad como norma. Noticias y programas calcadas, muchas veces compradas sin procesamiento. El objetivo: parecerse a la competencia, no superarla, no diferenciarse, no satisfacer mejor al usuario. La mayoría de ellos -para cerrar el círculo- tampoco exige mayor cosa. 

En la política, los extremos de facilismo y permisividad, son evidentes. La gran mayoría de políticos no llegan por méritos de conocimiento o de ética. La sociedad permite y fomenta su mediocridad. Sus intervenciones son pobres y vergonzosas. Y como no hay rigor ni pensamiento ni argumentación, el insulto o el sarcasmo se imponen.

El péndulo maldito

Nos encantan los extremos y su variación pendular. Hemos pasado del imperio del poder autoritario, avasallador e irrespetuoso -en la familia, la escuela, el trabajo- a la flexibilización total, al todo vale. Los derechos -conquista mundial-, o mejor dicho la distorsión de los derechos ha reemplazado a los acuerdos de dar y recibir. La aplicación torcida de ellos ha dado lugar a privilegios y sepultado las deberes. Derechos sin obligaciones solo producen desequilibrios. 

Lo anterior no significa clamor por volver a tiempos oscuros: mano dura, verticalidad, sobre trabajo, sumisiones y silencios. De ninguna manera. Implica más bien nuevos acuerdos sociales en todas las esferas… La falta de rigor nos está matando, nos va a hundir más en el subdesarrollo. El esfuerzo y el pensamiento -hoy cuestionados- precisan ser resignificados. Podemos hacerlo en cada uno de nuestros espacios. (O)