La verdad (II)
Cualquier miramiento del comportamiento social debe distinguir la “verdad verdadera” de la “verdad aparente”. Esta segunda es aquella que los actores sociales desean observarla en atención a sus idealismos perversos. Al hacerlo se embarcan en invenciones distorsionantes del mundo real y, por ende, viven sumidos en interioridad irresponsable consigo mismos y con la comunidad de que forman parte.

En nuestro artículo de la semana pasada, esbozamos las nociones de “verdad” y “realidad” ofrecidas por el filósofo e historiador israelí Yuval Noah Harari (1976) en Nexus, su última obra. Desarrollamos, según fue necesario, la teoría aristotélica en la materia, enfatizando en el rol de las “causas” a título de lo que funda, condiciona y estructura a la verdad. Complemento de tal teorización son los conceptos vertidos por Aristóteles (384 a. e. c.–322 a. e. c.) en torno a los grados del saber. A partir de la “experiencia”, correspondiente al conocimiento perceptivo o sensible, podemos desembocar en la “sabiduría”. O sea, en la efectiva ciencia. Al tiempo de conocer las causas, ponderando los sentidos en su fiel dimensión, penetramos en la filosofía. La metafísica permite al hombre irrumpir en los principios del saber. Por cierto, esta aproximación, como mucho en el ámbito de lo abstracto, da lugar a objeciones académicas.

Para el tomismo, en buena medida sustentado en la obra de Aristóteles, la verdad no está en las cosas, pero en el entendimiento. Este es un acercamiento filosófico utilitario de la doctrina de Tomás de Aquino (1224–1274). Lo es, pues con base en él “declara” la verdadera existencia de Dios sin tener que ser demostrada, al ser para él una verdad consustancial en el intelecto humano. Igual el de Roccaseca la fundamenta en la causalidad aristotélica, siendo que la primera causa de toda verdad es Dios. La verdad tomista divina, primaria, es también la última… por estar llamada a tener al Ser Supremo como lo perfecto de inicio y de fin.

Desde un enfoque estrictamente metafísico, lo expuesto es válido; al menos para quienes sienten conformidad con tesis no sobrepasantes de elucubraciones limitantes del pensar razonado. No obstante, pierde fuerza analítica desde el momento en que deja de elogiar al hombre como ente consciente de su individualidad. Así, José Ortega y Gasset (1883–1955) define a la verdad como “la coincidencia del hombre consigo mismo”. Asumir la verdad al margen del hombre, circunscribirla a algo etéreo –por más divino que sea– o excluirla de la circunstancia humana tangible, es falsearla. Dejemos a la verdad tomista para el estudio teórico-teológico, pero no permitamos su injerencia en el esfuerzo personal por realizarnos como agentes de una realidad social perceptible por la razón. Para nosotros, la primera causa filosófica de la verdad debe ser el hombre en tanto naturaleza.

Esto conduce a la concepción nietzscheana del hombre. La “naturaleza” es un todo del cual el humano es parte, sin que quepa concebirlo fuera de ella ni tampoco con abstracción de esta. Identificar al hombre como alma inmaterial es simple subterfugio sin referencia a realidad alguna, menos a verdad de ningún tipo. La “verdad” de Friedrich Nietzsche (1844–1900), sin contradecir la naturalidad del ser humano, es un “carácter” de la razón, cuyo rasgo fundamental consiste en aportar y representar “el ente en cuanto tal”. Según afirma Nietzsche, la verdad es la base y la estructura fundamental en que está y tiene que estar sustentada la vida en cuanto vida.

El juicio nietzscheano alrededor de la verdad desemboca en su concepto de “justicia”. Para el alemán, la justicia no es una noción jurídica ni moral. Es la “esencia” de la verdad; es asimilar el caos para actuar en consecuencia. Es, en definitiva, la suprema representación de la vida misma. De allí que tergiversar la verdad es violentar la justicia. En secuencia metafísica, ser justo es “tener por verdadero a lo verdadero”, y no a lo que queremos sea verdadero sin serlo.

La “verdad interesada” –propia de las religiones, sin referencia a algo distinto de la “fe”– es entendible en su proyección mística pero no más allá de la misma. Cada uno tiende a asumir como verdadero, o simplemente como real, aquello que satisface a su conciencia. De hecho, esta es un sentido moral o ético que tiene la posibilidad de acomodarse a las circunstancias de quien apela a ella. Tan es así que muchas arbitrariedades sociales son justificadas invocando la conciencia. Sin embargo, cualquier intento de transferir esa “verdad” volátil, escasa en raciocinio, al campo sociológico tiene visos de embuste. La verdad sociológica debe, por necesidad ineludible, partir de una visión objetiva de los actores y del desenvolvimiento de la sociedad.

Cualquier miramiento del comportamiento social debe, asimismo, distinguir la “verdad verdadera” de la “verdad aparente”. Esta segunda es aquella que los actores sociales desean observarla en atención a sus idealismos perversos. Al hacerlo se embarcan en invenciones distorsionantes del mundo real y, por ende, viven sumidos en interioridad irresponsable consigo mismos y con la comunidad de que forman parte.

Para terminar, todo lo expuesto puede bien resumirse en palabras de Parménides de Elea (540 a. e. c.–470 a. e. c.), el filósofo griego del poema Sobre la naturaleza. Afirma: decir que es lo que es, que no es lo que no es, he ahí la verdad. (O)