Cuando nos mandaron al mundo a vivir, no escogimos el grupo de personas con las que coincidimos en un lugar y en un momento específico. Como no teníamos otra opción, empezamos a vivir y, entre otras cosas, a conocer gente (los que nacieron en la misma época que nosotros) y a hacer amigos (los que terminaron siendo contemporáneos). Terminamos rodeados de amistades que hacíamos mientras crecíamos: están los del colegio, los del barrio, los del trabajo, etc. ¡Toda clase de especímenes! Y después está el Orejas. Al Orejas no lo elegí. El Orejas apareció como aparecen los perros callejeros: sin aviso, sin instrucciones y sin collar. Parecía algo temporal pero después, y sin darnos cuenta, se convirtió en uno más. Era un fuera de serie: "Oye, ¿por qué te dicen Orejas?", le preguntaban. "Porque tengo los pies planos", respondía.
Todavía no descubro la verdadera razón por la que el Orejas es mi pana. Es un tipo que abre la puerta de la casa, entra con toda confianza y se saca los zapatos: "¡ya llegué!". No le soluciona la vida a nadie. Tampoco pregunta "¿cómo estás?". Sabe que es una pregunta retórica porque igual le vas a contar. También sabe que si entra a la casa y le dices que se largue porque quieres estar solo, se va sin problema, sin hacer preguntas y sin resentimientos tóxicos. De eso se trata la verdadera amistad.
La amistad con el Orejas tampoco es de esas que necesitan mantenimiento, likes y contraseña. Podemos pasar semanas sin hablar y cuando nos volvemos a encontrar, retomamos la conversación exactamente donde la dejamos, aunque no sepamos dónde. Si alguno desaparece un mes, interpretamos que podría estar ocupado o perdido y no pasa nada. En cambio, hay otros más dramáticos: "¿Por qué no me llamaste?" y ahí empieza el problema. El Orejas pertenece a la primera categoría, que además es mucho más económica.
Parece menso, pero solo es la cara. Eso sí, es un campeón para meterse en problemas. Por ejemplo, una vez por hacerle caso a la neurona que los hombres tenemos en la mitad del cuerpo, empezó a coquetear con una señorita en una fiesta. Ella estaba fascinada, porque el Orejas tampoco es cojudo. De repente, asoma un sujeto inmenso que resulta era su novio. Así que empezaron los reclamos. Salen a la calle y empiezan a conversar. Por suerte, civilizadamente. Estaba todo tranquilo hasta que asoma un amigo, abre los brazos y grita sin ningún tipo de pudor: "¡el Orejas es mi pana!".
El grandulón se siente amenazado, le agarra de la camisa al que gritó y le levanta del piso. Con el puño derecho amenazante le gritaba: "¡tú también quieres!, ¡tú también quieres!". Uno se lanzó al brazo del gorila para parar la posible masacre. Fue inútil, salió volando. Atrás cayeron dos más junto al carrito de hot-dogs. Enseguida tres, luego once. Sin darnos cuenta, aquello se convirtió en una batalla campal. Se rompían ventanas de los autos parqueados, hasta que se escucharon unos tiros.
¿Y el Orejas? Mientras pasaba todo esto, y sin un rasguño, llegó caminando a la esquina de la calle con su hot-dog y veía desde lejos todo lo que estaba pasando con la tranquilidad de quien no tiene conciencia.
Ese es el Orejas.
Por eso digo que el Orejas es mi pana. No porque sea perfecto, sino porque es un tipo decente. Y eso, después de cierta edad, vale muchísimo. Porque uno termina descubriendo que los amigos verdaderos no son los que conocen nuestras virtudes, sino los que conocen nuestras miserias y aun así nos quieren.
Uno puede estar preocupado por el futuro, por el dinero, por el trabajo y de pronto aparece él y dice una estupidez tan grande que uno se ríe. Entonces, durante cinco minutos, todo parece estar bien. Quizá la amistad sea justamente eso: encontrar a alguien capaz de hacerte olvidar, aunque sea un rato, que el mundo sigue siendo un lugar complicado.
Sí, el Orejas es mi pana. Y lo digo con orgullo, porque en estos tiempos en que todo el mundo quiere tener seguidores, corazoncitos, conocidos y amigos que sirvan para algo, yo me quedo con uno que no sirve para nada. Sólo para estar ahí y eso ya es bastante. En una época llena de gente que habla demasiado y escucha poco, saber que existe un Orejas da mucha tranquilidad.
Y quizá por eso el Orejas es mi pana. Porque cuando uno necesita un amigo de verdad, no necesita al más inteligente, ni al más exitoso, ni al que tenga la solución para todos los problemas. A veces basta con que llegue, se saque los zapatos, mire el desastre que uno tiene encima y diga: "¡Ya llegué!". Lo demás, de alguna manera, se arregla. O por lo menos se convierte en una anécdota. (O)