Hay gente que no acepta un no como respuesta. Son seres que insisten, insisten, insisten. Son obstinados, fastidiosos e intensos. Insisten por costumbre, por terquedad, por la necesidad de hacer algo o simplemente como forma de vida.
El intenso cree ser perseverante. Y ahí está la confusión. Porque es verdad que la humanidad avanzó gracias a personas que no se rindieron. Si nadie hubiera insistido en ideas absurdas, seguiríamos creyendo que la Tierra es plana. Por eso, el mundo fue construido por gente que tocó muchas veces una puerta cerrada o que volvió a llamar cuando nadie esperaba que lo hiciera. Eso está bien, porque la insistencia mueve mucho más el mundo que la inteligencia. Como dijo Einstein: “El genio se hace con 1 % de talento y 99 % de trabajo”. Hasta ahí, todo bien. El problema llega con la obsesión que se traduce en no saber cuándo parar. Hay una línea finísima entre la perseverancia y el hinchahuevismo. Esa línea suele estar marcada por la incomodidad que produce el pegajoso luego de tanto insistir. Por eso, la falta de ubicación es un vicio terrible. Seguro que a muchos desubicados les convencieron de chicos de que “la perseverancia alcanza lo que la dicha no logra”, frase a la que le pusieron esteroides para aplicarla a su vida.
Sin embargo, lo fascinante del intenso es su optimismo. Cree, de verdad, que todo se puede torcer a su favor con un poquito más de insistencia. De chicos puede ser una estrategia: “papá, cómprame, papá, cómprame, papá, cómprame”. Pero eso se entiende dentro de ciertos parámetros de inocencia. Al crecer, en cambio, el berrinche se convierte en método, pero lo complicado es cuando eso se vuelve una profesión y quien insiste lo hace sin piedad.
Una persona normal no puede decirle que no al intenso profesional. Al inicio es complejo porque se lo confunde con alguien gentil. Además, el obstinado rara vez insiste desde la maldad. Cree genuinamente que está haciendo bien. Te ofrece lo mismo catorce veces. Te invita veinte. Te escribe doscientas porque algo se le metió en la cabeza y su preocupación puede más que tu privacidad.
Y ahí aparece el verdadero conflicto: nadie quiere destruir una ilusión ajena.
Entonces uno acepta. Va al cumpleaños. Entra al grupo de WhatsApp del condominio o al de padres de familia del colegio (del que hay que negarse por concepto hasta que alguien insista). Con paciencia toca escuchar mensajes que se asemejan más a podcasts. Hay que tolerar las fotos de anónimos excrementos de perro enviadas por el vecino que siempre se queja y, en otro grupo un poco más sentimental, todos escriben deseos de felicidad que no sienten, solo por no quedar mal y no ser el único del grupo que no responde ya que alguien cumple años.
El intenso, además, tiene una ventaja táctica devastadora: su amabilidad.
Es difícil pelearse con alguien excesivamente cordial. El intenso sonríe, agradece, pregunta cómo estás e insiste otra vez. Y uno termina sintiéndose culpable por querer put… escapar. De ahí que el resultado es escalofriante. El intenso es el zumbido del mosquito a media madrugada.
Lo más inquietante es que el plomo sabe que insiste, pero nunca comprende cuánto molesta. Cree que la incomodidad ajena es temporal. Que eventualmente todos entenderán sus buenas intenciones. Por eso vuelve a la carga incluso después del rechazo. Especialmente después del rechazo. Hasta que, por agotamiento, uno termina cediendo. Y eso, a veces, es contraproducente porque se envalentonan.
Sin embargo, también hay algo profundamente humano en insistir sin demasiados motivos. Porque es también una forma de esperanza. La de llamar la atención, intentar que alguien responda, sentirse necesitado, querido y aceptado alguna vez. De romper con la soledad.
Quizás insistir sin demasiados motivos no cambie el mundo. Cambiará nuestra paciencia y sin duda los pequeños espacios relacionados con la falta de orgullo: que el intenso te quede viendo de manera incómoda mientras lees, que el pesado se meta en medio de una conversación, que el hinchapelotas se tome tu café sin importarle nada, que el pegajoso quiera ser amable todo el tiempo. Y aunque tengan motivos, a veces eso enerva. Sin embargo, los tercos sobreviven: porque el resto del mundo se cansa antes que ellos.
(Estaba convencido que había terminado este artículo. Después revisé el documento ciento treinta y tres veces: cuarenta y siete versiones, veintinueve correcciones y una necesidad absurda de encontrar el final perfecto. Entonces decidí dejar de escribir. Por eso aquí termino. Aunque, pensándolo bien, una última línea más tampoco hace daño). (O)