Empleemos el vocablo “certeza” como sinónimo de convicción, de certitud y de autenticidad. Es referir al seguro y claro convencimiento de un atisbo, que la Real Academia Española conceptúa como la firme adhesión de la mente a algo conocible, sin temor de errar. Remitiéndonos a un conocido aforismo latino, la certeza obliga a que cualquier aserto sea cierto. Un defecto intelectual mayor del ser humano es su disposición para asumir la certeza con base en apreciaciones subjetivas influenciadas por deformaciones morales y éticas, así como por influjos religiosos distorsionantes de la razón. En función de aquellas y de estos, el hombre tiende a autoconvencerse de evaluaciones de la realidad refutadas por la evidencia; vive en engaño, es artificioso.
Las torceduras morales, éticas y religiosas de la certeza conducen a los individuos hacia conceptos no solo equivocados, lo cual siempre puede ser enmendado, pero –y esto es lo más grave– a validar todo y cualquier razonamiento sustentado en sinrazones. Al así proceder, conciben al mundo con idealismos dañinos en su esencia misma. Las morales y éticas dan paso a sociedades en las cuales prima la corrupción y, por ende, consolidan la injusticia e indignidad en desmedro de los agentes sociales atormentados de los deshonestos. Las dislocaciones pías, por su lado, generan conductas desfigurativas de los fenómenos sociales. Imponen trabas al desarrollo de los consorcios en el ámbito de los derechos de quienes persiguen su realización allende de imposiciones místicas.
En su obra Sobre la certeza, el filósofo austriaco-británico Ludwig Wittgenstein (1889–1951) transmite un mensaje digno de ponderación. Asevera que las certezas no son incuestionables per-se, pero que las convicciones no son cuestionadas en tanto carecemos de motivos para dudar de ellas. En nuestro criterio, significa que como seres pensantes siempre debemos controvertir “un algo” presentado como cierto, pero generador de vacilaciones. Podemos –y estamos obligados a hacerlo– desde el momento en que nuestro sano juicio consigna la necesidad de dudar. La duda es una inteligente manera de desterrar lo hueco… para incursionar en lo relevante. Quien deja de dudar no progresa intelectualmente.
Admitir la certeza cuando existen indicios de su inautenticidad es claudicar frente a situaciones exhortantes de supuestas verdades que no son tales. Es el caso de la “fe” sobre lo incorpóreo. Esta –en cuanto hábito mental viciado para dar por cierto un algo sobre lo cual no existe certitud– en lógica debe, al menos, quedar en el espacio de lo sujeto a discusión. No se trata de impugnar creencias, mas, de debatir sobre persuasiones etéreas en bien de la razón. Las religiones sustentan su teorización extática alrededor de certezas que, aun cuando no son verificables, están llamadas a ser admitidas sin litigio. Los dogmas católicos son palmarias manifestaciones de lo expuesto.
La primera certeza del hombre es su “pensamiento”. Mientras el humano piensa, es un ser idóneo. Por tanto, su actuar está ligado al pensamiento lógico para concluir en su certidumbre. Nunca la persona dejará de ser persona si piensa. René Descartes (1596–1650) afirma que el pensamiento es lo único inseparable del individuo. Dice, textualmente: “yo soy, existo, esto es cierto, pero ¿cuánto tiempo? Todo el tiempo que dure mi pensar; pues quizá podría suceder que, si cesase por completo de pensar, dejaría al mismo tiempo de ser o de existir”. Metafísicamente, simboliza que el pensar en poder dejar de pensar es la certeza –inequívoca– de nuestra existencia.
Complementemos la noción de la certeza con la doctrina cartesiana en torno a las ideas. Esto por cuanto, para ser certeros, estamos compelidos a indagar en el origen del pensamiento. A este arrimo filosófico Descartes denomina “sustancia finita pensante”. Las “ideas”, para el francés, son de tres tipos. Las “adventicias”, provenientes de experiencias, sean internas o externas. Las primeras nacen de las simples impresiones corporales; están atadas a las externas en tanto pretenden confirmar en el mundo real tales sensaciones. Estas ideas son improcedentes a los efectos en referencia, pues los sentidos no siempre son fuente del conocimiento.
El segundo tipo de nociones cartesianas –equivalentes a metódicas y racionales– son las “ficticias o fingidas”, también reputadas de aparentes o apócrifas. Acaecen cuando el agente, en su mente, concatena varias adventicias a un propósito perseguido no reflejante de realidad fáctica alguna, inverificable en los hechos. Por último, tenemos a las “innatas”. Son las provenientes del pensamiento puro y del mundo… combinadas pueden dar origen a la construcción de una verdad. Verdad que es certeza cuando el pensamiento es calificado. El hombre deja de ser certero cuando permite que aquello contradicho por la razón contamine su pensamiento. De hecho, la irracionalidad del mundo es producto del desbarro de sus integrantes, conocida como la estupidez de los hombres. (O)