En nuestra era común, pocos colectivos han despertado tanta curiosidad intelectual como los “templarios”. Sus orígenes remontan a 1118, en que el rey de Jerusalén Balduino II (1075–1131) recibe el ofrecimiento de Hugo de Payens (1070–1136) de proteger las tierras y lugares santos conquistados en la primera Cruzada. Unas y otros habían quedado “a merced de Dios”, pues buena parte de las tropas participantes regresaron a Europa. Los cruzados estaban convencidos de haber ganado su ingreso al paraíso… y de que Antioquia y Jerusalén –por gracia divina– estaban a salvo de los infieles. No tardarán en caer en cuenta de su error.
Como no podía ser de otra manera, el rey acepta el compromiso del caballero francés, quien con ocho compañeros mudan su residencia a la mezquita de Al-Aqsa, cedida por Balduino II, edificada en el Monte del Templo donde también estaba ubicado el Templo de Salomón. De allí los nombres de “Orden de los Caballeros del Templo de Salomón”, la “Orden del Temple” y la “Orden de los Pobres Caballeros del Templo”… pobreza que pronto dejaría de ser tal. Payens emprende viaje a Europa con el propósito de obtener el reconocimiento oficial de la Orden por la Iglesia católica, necesaria a los efectos de convertir a aquella en una poderosa institución. Logra su cometido en 1129 con ocasión del Concilio de Troyes, no registrado oficialmente como concilio ecuménico, pero que pasará a la historia por el reconocimiento que el papa Honorio II (1060–1130) hiciera de la Orden en el curso del sínodo.
Según la leyenda, los “caballeros” fundadores de la Orden, en realidad, poco conocían del cristianismo… tal vez ni siquiera eran cristianos; debieron, entonces, ser adoctrinados en la fe católica. La instrucción corrió a cargo de Teocletes, quien fuera sacerdote de la secta de los nazarenos, identificados con Juan el Bautista, defensores de una iglesia en que prime la libertad de pensamiento. Por presión romana, la Orden abandonó las enseñanzas nazarenas para regirse por principios fundamentalista alejados de la Biblia. En todo caso, se presentaron ante Roma como devotos católicos, al margen de que sobre sus votos de castidad, pobreza y obediencia hubo vacilaciones desde un principio.
La capacidad de organización de los templarios, las conexiones que lograron en la sociedad medioeval y la habilidad para vender su proyecto “celestial-terrenal”, les permitió convertir a la Orden en la más importante de caballería de la Edad Media. En poder tangible, la Orden de los Caballeros Hospitalarios, otra importante del medioevo, apenas rivalizaba con aquellos. Las tres destrezas enunciadas fueron complementadas con eficientes mensajes bélico-religiosos, abogadores de la violencia en defensa de Cristo –las Cruzadas son buen ejemplo de ello– para obtener pase directo al paraíso. La ingenuidad e ignorancia reinantes en la época, tanto entre las grandes masas poblacionales como entre las altas esferas sociales, fueron bien aprovechadas por la Orden del Temple.
La Orden de los Caballeros del Templo de Salomón recibía todo tipo de ofrendas, obsequios y donativos acrecentantes de su patrimonio. A estos sumaban botines de guerra, apropiaciones arbitrarias de bienes de propiedad de infieles en religión y conservación indebida de activos de terceros receptores de favores templarios. Todo sin perjuicio de practicar la usura, según lo analizaremos en nuestra próxima entrega. La riqueza, al propio tiempo –en tanto los templarios al parecer carecían de sólidos principios éticos– generó un proceso de franca decadencia moral en su forma de vida. Según comenta la historia, la lujuria, el sexo, la sodomía y el libertinaje erótico, mal vistos en el medioevo, pero practicados sin mayores recelos en la vida monástica, vinieron a caracterizar la conducta templaria en sus castillos y palacios.
Tan pronto la Orden de los Pobres Caballeros del Templo fue reconocida por la Iglesia católica, esta brindó la protección terrenal necesaria acorde a los intereses mundanos de Roma. En la práctica, las prebendas espirituales y materiales ofrecidas por la iglesia a la larga redundaron en contra de los templarios.
En tal contexto, la iglesia decretó a favor de la Orden: (a) exención de jurisdicción espiritual y temporal, salvo la papal; (b) exoneración de obligaciones impositivas sobre los bienes templarios, incluyendo diezmos eclesiásticos; y, (c) prohibición de confiscación de cualquier bien de propiedad templaria. Los templarios amasaron fortuna difícil de emparejar en su época. Registros legendarios dan fe de casi mil propiedades en Oriente Medio, el Mediterráneo, Europa y las Islas británicas. El régimen de beneficios injustificados levantó envidia y resistencia entre la población civil y el clero; este veía en la Orden la expresión misma de lo ajeno a la sana vida religiosa. Qué no decir al interior de la aristocracia medioeval, para la cual los templarios terminaron siendo un obstáculo en la consolidación económica de sus reinos. (O)