Me encontraba en clase de Desarrollo del Lenguaje con estudiantes universitarios, futuros docentes de una de las universidades del país. Conversábamos sobre los principales hitos del desarrollo vinculados al lenguaje y la comunicación, procesos que solemos dar por sentados en la adultez, pero que durante la infancia están lejos de ser automáticos.
Porque, contrario a lo que muchas veces creemos, no todos los niños desarrollan el lenguaje al mismo ritmo ni alcanzan las habilidades esperadas según su edad.
Esta asignatura busca ayudar a detectar signos tempranos en el desarrollo del habla y la comunicación. Y aunque alguien podría pensar que este tema pertenece únicamente al ámbito clínico o a los terapeutas de lenguaje, la realidad es que todo docente e incluso los padres deberían comprender cómo se desarrolla el lenguaje, qué factores influyen en él y cuándo podrían existir riesgos que afecten posteriormente el aprendizaje.
Hay muchas razones para justificar la importancia de este tema en la formación docente, pero existe una especialmente relevante. El psicopedagogo e investigador de la lectura Juan Cruz Ripoll menciona en su blog una idea incluida en la nueva definición de dislexia propuesta por la Asociación Internacional de Dislexia: “las dificultades tempranas en el lenguaje oral con frecuencia presagian problemas de alfabetización”.
La frase es breve, pero conlleva algo significativo y relacionado con la competencia lectora.
Ripoll analizó seis estudios que comparaban las habilidades lectoras de personas con trastornos de los sonidos del habla (TSH) frente a personas sin estas dificultades, en participantes de entre 3 y 45 años. Los resultados mostraron que quienes presentaban TSH obtenían un rendimiento significativamente menor en lectura y escritura.
También revisó once estudios longitudinales —es decir, investigaciones que siguieron a las personas durante varios años— y encontró nuevamente diferencias importantes. Entre uno y nueve años después, los participantes con antecedentes de TSH continuaban mostrando niveles inferiores de lectura y escritura frente a quienes no presentaban estas dificultades..
A partir de ello, Ripoll concluye que las personas con TSH, o que tuvieron TSH durante la infancia, muestran como grupo un desempeño más bajo en lectura y escritura.
Esto no significa que todo niño con dificultades en el habla desarrollará problemas lectores. Nos tomaría otra columna para explicar esto. Pero sí implica algo importante: las señales tempranas del lenguaje no deberían minimizarse ni asumirse como algo que siempre “se resolverá solo”.
Y aquí aparece una reflexión necesaria para docentes y familias. Expresiones como “ya hablará”, “cada niño tiene su ritmo” o “después hablará hasta por los codos” pueden retrasar intervenciones oportunas cuando realmente existe una dificultad que requiere evaluación profesional.
Por ejemplo, si alrededor de los 24 meses un niño no logra expresar al menos unas 50 palabras o combinar frases simples de dos palabras, ya es recomendable consultar con un especialista en lenguaje. La intervención temprana puede marcar diferencias enormes en el desarrollo posterior de la comunicación, la lectura y el aprendizaje.
En educación solemos hablar mucho sobre comprensión lectora, pero pocas veces miramos lo que ocurre antes de que un niño aprenda a leer.
Detectar, acompañar y actuar a tiempo no es exagerar. Es prevenir. Porque muchas veces, las dificultades para leer comienzan mucho antes de lo que pensamos. (O)