Reparar también es valentía
Pocas veces hablamos de lo que implica ser responsables con el otro, especialmente con aquel a quien hemos ofendido, perjudicado o dejado solo reparando un daño que no provocó.

Esta columna nace de una experiencia que viví al salir de una iglesia en la ciudad de Quito. Mientras me dirigía al estacionamiento para salir en mi vehículo, noté unos raspones recientes en mi auto. En cuestión de segundos entendí lo ocurrido: acababan de chocarlo. Levanté la mirada y vi un vehículo salir —o quizá huir, quién sabe— del lugar. Para entonces, ya me había resignado a la idea de que, probablemente, nadie más que yo tendría que asumir las consecuencias de lo sucedido.

Me llené de indignación y molestia. Pensaba en el tiempo, el dinero y todo lo que implica reparar un vehículo. Pero, en medio de esa frustración, me hice otra pregunta: ¿qué habría hecho yo si hubiese sido la persona que chocaba otro auto?

Y aquí les invito a hacerse la misma pregunta: ¿qué hubiesen hecho ustedes?, o quizá, ¿qué han hecho cuando les ha ocurrido algo parecido? ¿Huyen por temor a afrontar la responsabilidad de los hechos? ¿Esperan a que aparezca el propietario para hacerse cargo? Detengámonos un momento y pensemos honestamente qué haríamos en este caso.

Seguramente muchos dirán que lo correcto es esperar, asumir el error y responder por él. Sin embargo, eso no fue lo que ocurrió y me hace pensar que, quizá, tampoco es lo que comúnmente sucede.

La respuesta, para mí, es clara: no es correcto no responsabilizarnos por aquello que ocasionamos en los demás.

Y esto no se limita al daño material. También ocurre en lo afectivo y emocional, cuando alguien se siente con el derecho de herir al otro —con palabras, acciones, indiferencia o silencios— y luego no se hace cargo, no se disculpa, no repara, no reconoce el impacto de lo que provocó.

La responsabilidad es una virtud profundamente ligada a la verdad y a la conciencia tranquila. La escuchamos desde que somos niños, pero casi siempre asociada al ámbito académico: ser responsables al estudiar, presentar tareas, asistir a clases o cuidar los útiles escolares. Sin embargo, pocas veces hablamos de lo que implica ser responsables con el otro, especialmente con aquel a quien hemos ofendido, perjudicado o dejado solo reparando un daño que no provocó.

Hace poco, escuchando un podcast, oía que una definición de éxito consistía en tener profundamente claro que, para llegar a una meta, debemos comprometernos con los medios y con el fin de aquello que buscamos. Yo añadiría algo más: también debemos responsabilizarnos por aquello en lo que fallamos y repararlo cuando sea necesario para continuar.

Junto a esto aparece la honestidad, que parecería ser hermana de la responsabilidad. Porque ser honestos también implica hablarnos a nosotros mismos con verdad y reconocer aquello que hacemos.

Chocar un auto ajeno y huir. Dañar algo de un compañero de escuela y no pedir disculpas. Postergar un pendiente laboral porque simplemente no lo prioricé, sin importar que esto retrase el trabajo de los demás. No respetar el tiempo ajeno. Son acciones que, a simple vista, pueden parecer inofensivas, pero sí perjudican, porque terminan dañando al otro y a la convivencia.

La investigadora Brené Brown sostiene que la responsabilidad requiere valentía: valentía para reconocer nuestros errores, asumir nuestras acciones y sostener conversaciones incómodas.

Por ahora, dejo de preguntarme quién me perjudicó y pienso más bien en algo distinto: si algún día llego a cometer el mismo error, espero tener la valentía suficiente para quedarme, asumirlo y repararlo. Porque pocas cosas producen tanta paz como una conciencia tranquila. (O)