Postas, chasquis y correos
Los chasquis a caballo eran jinetes experimentados, extremadamente resistentes y rápidos. Los viajes se hacían a “rompe cinchas”, evitando los riscos y buscando las tierras planas que les permitían galopar hasta llegar a su destino.

Con la llegada de los conquistadores y la colonización, el chasqui[1] de a pie  fue reemplazado con los chasquis o chasques a caballo, jinetes que hacían largos viajes de Buenos Aires a Salta y Lima,  de Santiago a Mendoza, y a lo largo de la cordillera de los Andes. 

El Camino del Inca se extendía desde el sur de Colombia hasta el límite del Incario, el río Bio Bio, en Chile. Durante la colonia, esa vía se abandonó poco a poco. La estructura de las sendas, las grandes cuestas y alturas, los puentes y escalinatas hacían imposible el paso de las cabalgaduras. Los arrieros y los chasquis a caballo inventaron otras rutas por el faldeo de las montañas y las llanuras. Estos mensajeros  seguían los caminos de las recuas o las pampas abiertas. Aparecieron los “caminos reales”, que fueron el nervio de la economía y la ruta de baqueanos y carreteros. 

Los arrieros, esos personajes casi olvidados, fueron factores  esenciales para el comercio y el poder, llevaron las noticias y la carga, guiaron a soldados y revolucionarios, trajeron y llevaron libros, cuentas y recados. 

Enormes manadas de mulas viajaban hacia el norte conducidos por gauchos y guiados por las madrinas. Venían desde la pampa húmeda, hasta el valle de Lerma, en Salta; su destino final era el cerro del Potosí, en el Perú. Las rutas de hacían lentamente, conservando la carga y cuidando los animales. El Lazarillo de Ciegos Caminantes, de Concolorcorvo, es una crónica excepcional de semejantes travesías.

Los chasquis a caballo eran jinetes experimentados, extremadamente resistentes y rápidos. Los viajes se hacían a “rompe cinchas”, evitando los riscos y buscando las tierras planas que les permitían galopar hasta llegar a su destino.

La expulsión de los jesuitas de las colonias españolas, dispuesta por el rey Carlos III,  en 1767, desafió la utilidad de los chasquis a caballo, dada la urgencia de comunicar semejante noticia a los virreinatos. Lo mismo ocurrió en las guerras de independencia y en las revoluciones de los caudillos, durante el Siglo XIX.  Los chasques a caballo fueron los portadores de las novedades y los mensajeros de los grandes hechos, las batallas, los triunfos y derrotas. La prisa y el coraje de los jinetes pusieron a prueba la fortaleza y la velocidad de los caballos, su entrega y mansedumbre.

Alberto Martín Labiano cuenta que “…las crónicas han rescatado algunas proezas y, entre ellas, la más antigua, data de 1767. Fue cuando llegó a Buenos Aires la Real Cédula con la orden de expulsar a los jesuitas de las colonias españolas en América. El gobernador de estas provincias, don Francisco de Paula Bucarelli, que interpretó la suma gravedad del caso, resolvió comunicar la noticia el Virrey del Perú, con la máxima urgencia. En esta ocasión, fue su mensajero un oficial criollo, José Antonio Merlo, quien galopó, matando caballos, según su orden, desde Buenos Aires hasta Lima en cuarenta días.”[2]

“Otra galopada famosa fue la cumplida en junio de 1810, por un criollo salteño, el coronel Calixto Ruiz Gauma. Llegada a las provincias del Norte la noticia de la revolución de Mayo, el Cabildo de Salta decidió plegarse al movimiento de la independencia y solicitó la renuncia del gobernador intendente … En esas condiciones un oficial joven, criollo nativo, consiguió escapar del conflicto y en el primer caballo posible, salió hacia Buenos Aires para llegar ocho días después, el 20 de junio, tras un galope frenético. Desde allí, luego de un descanso de veinte y cuatro horas, el prodigioso jinete regresó con los despachos del gobernador intendente, en favor del doctor Feliciano Chiclana, auxiliar de Guerra del Ejército Auxiliar del Perú, con lo cual quedó instalado en el Norte argentino el primero gobierno patrio.”[3]

“Trescientas leguas en doce días galopó el capitán Manuel Encalada, cuñado del general San Martín y oficial de los granaderos, para traer a Buenos Aires el parte de la batalla de Chacabuco…”[4]

 El mismo autor dice que, el 22 de marzo de 1849, al mediodía,” …salió de chasque el soldado José Gregorio Vera, quien llevó los despachos en un pañuelo atado a la cintura, el pasaporte para que le proveyeran de caballos donde los necesitara y la orden de volver “sobre la pata” con el recibo del mensaje. En ese papel, que se conserva, se lee: “Entregó la comunicación ayer 23 de marzo a las 5 de la tarde, y sale de regreso hoy 24 de marzo, a las 8 de la mañana. “En resumen: 52 leguas en 29 horas.”[5] Es decir, 251 kilómetros al ritmo apresurado y constante al que cabalgaba esa gente en criollos sobresalientes.

 Parecidas jornadas cumplieron hombres de a caballo durante las guerras de la independencia. Tras el triunfo o la derrota de realistas o patriotas, estaba el jinete solitario que portaba las malas y las buenas noticias, y  que a galope tendido llegaba a su destino sorteando el peligro de las fuerzas enemigas, los bandoleros y las tormentas, en un mundo sin autoridades, con caminos destrozados, sin más mapas que la memoria de los chasques, su olfato y su capacidad de interpretar el horizonte. Eran baqueanos, rastreadores y guías.

Los chasques portaron las noticias de las batallas de La Puerta, Las Queseras del Medio, en Venezuela;  el Pantano de Vargas y  Boyacá en el Virreinato de la Nueva Granada;  Pichincha y Tapi, en Quito; Chacabuco,   Cancha Rayada y San Lorenzo, en Chile y Argentina;  Junín y Ayacucho en el Perú Virreinal. En sus alforjas, o atadas a la cintura, iban las noticias, las cartas, los mensajes. La historia llegaba entre los aperos y siempre a lomo de caballos galopantes cuyos nombres, pelos y hazañas se han perdido para siempre.

Juan Manuel de Rosas, gaucho, caudillo y dictador de Argentina, en sus “Instrucciones a los mayordomos de Estancias”, incluye una nota que revela la importancia del chasque y sus caballos y la forma de operar de esta mensajería. “Los caballos que deje un chasque deben de atarse en un lugar seguro y darles agua diariamente. Esto si el chasque va a volver pronto, y si no deben acollararse bien con colleras seguras y buenas. Al regreso entregará los caballos prestados y tomará los suyos. Todo caballo quese presta para todas estas operaciones debe evitarse que sea de las manadas de un pelo.”[6]

Lo que en América se llamaron chasques, existía ya en los tiempos del rey Ciro en el antiquísimo imperio persa. Se llamaban postas. Las citan Jenofonte, Julio César y Suetonio, como práctica usual para transmitir noticias y llevar mensajes en tiempos de paz y de guerra. Montaigne, en Los Ensayos, publicados en 1595, incluye una nota sobre las postas. Dice Montaigne:

“Estaba ahora mismo leyendo que el rey Ciro, para recibir con mayor facilidad noticias desde todos los rincones de su imperio, que tenía una grandísima extensión, mandó observar cuanto camino podía hacer un caballo en un día de un tirón, y a esa distancia estableció unos hombres que se encargaban de tener caballos a punto para proveer a quienes se dirigieran hacia él…Y dicen algunos que tal velocidad de marcha coincide con la medida del vuelo de las grullas… César asegura que Lucio Vibulbio Rufo, apremiado por llevar un aviso a Pompeyo, viajó hacia él día y noche cambiando de caballos para ir de prisa. Y el mismo, según cuenta Suetonio, hacía cien millas al día en un carro de alquiler. Pero era un correo furibundo, pues allí donde los ríos interrumpían su camino, los atravesaba nadando y jamás desvió  para buscar un puente.  Cuando Tiberio Nerón fue a ver a su hermano Druso hizo doscientas millas en veinticuatro horas, con tres carros… En la guerra de los romanos contra el rey Antíoco, Sempronio Graco, dice Tito Livio…llegó en tres días de  Anfisa a Pelia a una velocidad casi increíble gracias a caballos colocados a intervalos…y es evidente, si se mira el lugar que se trataba de postas fijas, no dispuestas recientemente para esa carrera… Oigo decir que los valacos, correos del Gran Señor[7]. Viajaban con extraordinaria celeridad porque tienen permiso para desmontar al primer transeúnte que encuentren en su camino, dándole su caballo agotado…”[8]

Así fueron las postas, los chasques jinetes y las grandes y presurosas jornadas que hicieron, sobre el lomo de portentosos caballos. (O)

[1] Chasqui o chasque, en quechua, mensajero. Es un término que deriva de chaqui, que significa pie, en quechua.

Carlos Joaquín Córdova dice: “Correo de posta, postillón a pie.” El Habla del Ecuador, Diccionario de Ecuatorianismos,  pág. 113. Ediciones de la Universidad San Francisco de Quito, 2019.

Tito Saubidet, en Vocabulario y Refranero criollo: “Correo de urgencia y de a caballo. Del quichua chasqui. Jinete portador de una comunicación enviada por la autoridad civil o militar”, pág. 121. Edit. Kraft. Bs. As. 1962

[2] Labiano, Alberto Martín, El chasque, aquel impetuoso jinete. Rincón Gaucho, pág. 205. EMECE. Buenos Aires. 2004.

[3] Id. Id.

[4] Id. Id.

[5] Id. Id. Pág. 206

[6] Rosas, Juan Manuel. Instrucciones a los mayordomos de estancias, pág.,   77,  Chasques. Ediciones Theoría. Bs. As. 1999, cuarta edición.

[7] El sultán del Imperio Turco.

[8] Montaigne, Michel de. Los Ensayos,  Capítulo XXII, Las Postas, págs. 1025, 1026. Acantilado. Barcelona, 2007