Aquí, casi todo el mundo es candidato a algo. Parecería que quien no lo es, no vive. Hay candidatos a las altas cumbres del poder, pero el síndrome se ha extendido a las más humildes posiciones. La lógica electoral enfrenta, en una especie de guerra civil no declarada, a los dirigentes barriales y provinciales y a los de las juntas parroquiales de los más remotos pueblos, al punto que algunos ya no miran al vecino como vecino, ni como persona, sino como potencial enemigo o posible rival en la áspera carrera por posiciones y protagonismos. Es penoso pero real: la democracia, de forma política ideal, ha derivado hacia su transformación en un foco de rivalidades alimentadas por los intereses de las carreras electorales de unos cuantos.
La "mentalidad de candidato" que predomina en la vida pública envenena la democracia, mata la credibilidad y hace de todo un enorme show. La objetividad se pierde, la claridad se obscurece, el sentido común se enreda en la lógica de los innumerables aspirantes al poder. La mentalidad de candidato está en la raíz de un fenómeno que ha liquidado a las instituciones y erosionado al Estado de Derecho, ese fenómeno se llama populismo. Esa misma mentalidad explica por qué en las opiniones de la mayoría de los dirigentes predomina un egoísmo y un regateo casi mercantil, que contaminan de negativismo a la gente y devalúan la acción política. En ese estilo de comportamiento, no hay cosa buena, no hay logro, no hay nada que sea valorado en forma justa, porque eso significaría reconocer gestiones exitosas de quienes son los eternos adversarios del candidato, significaría admitir que el enemigo pudo hacer algo bien, y eso, en la jerga electoral, es un "pecado político". Como el reconocimiento le está vedado al curioso personaje que es el candidato, hay que minimizar los hechos y encontrarle cinco pies al gato. Esa conducta, repetida hasta el cansancio, termina afianzando las visiones negativas y colocando a la gente común en la orilla de la desesperación y al sistema en el absoluto descrédito. Vivimos, por eso, una especie de "cultura de la demolición".
El Ecuador está enfermo de ese síndrome. Vivimos una deformación política que conduce hacia lo que Ortega y Gasset llamó la democracia morbosa, que pretende extender sus dominios hasta donde la democracia como forma política y electoral nada tiene que hacer, como en la cultura, por ejemplo. Está demostrado que la democracia en la universidad, liquida a la universidad; que la democracia en la pintura, la vuelve mediocre y fea; que la democracia en la literatura eleva a sitios indebidos a disparatados buscadores de fortuna que escriben folletines adulando al poder o, a lo mucho, novelones por entregas. La democracia es una forma de gobierno y en ese ámbito es una noble idea. Pero cuando las formas de gobierno, cualesquiera que fuesen, se extienden a la cultura, a la ciencia o a la academia, se convierten en medios de manipulación. O en enormes disparates colectivos. Los comunistas extendieron la política a la ciencia e inauguraron una "botánica socialista", que aconsejó, por ejemplo, sembrar naranjos en las heladas orillas del lago Balatón, en Hungría. Obviamente, no cosecharon naranjas de los arbolitos que murieron, pero sí un monumental fiasco a su dogmática y tontería, pero ello no impidió que el agrónomo sensato que se opuso a semejante experimento, sea condenado por "sabotaje".
La democracia tampoco asegura el éxito económico. No es una modalidad de gestión de las empresas públicas, ni de las privadas. De allí el fracaso de la empresa estatal, convertida en botín electoral y administrada con visiones de oficina burocrática, que aún no descubre el rigor de la matemática del éxito económico: la relación costo-beneficio, la rentabilidad y la eficiencia. Y por cierto, la honradez. Si lo electoral fuese fórmula empresarial, entonces lo óptimo sería elegir por mayoría de votos a sus administradores, y eso lo que asegura es el fracaso porque llegará el más popular -probablemente, el más demagogo e incapaz- pero no necesariamente el mejor.
El síndrome de candidato es un vicio que satura las conductas públicas, al punto que ni los gobernantes pueden liberarse de él. En efecto, pese a que ya detentan el poder, muchas veces siguen obrando como aspirantes al poder. Por eso, lo que predomina en nuestros tiempos son candidatos perpetuos, y no estadistas. Y eso concuerda con la retórica que se emplea y con el estilo que se adopta en muchos foros, eventos o entrevistas. (O)