Elogio al jabón
¿Qué sería de nosotros sin jabón? Sin duda, una prolongación asquerosa e incivilizada de nuestra suciedad. Este milagroso objeto, por suerte, nos vuelve más humanos, menos apestosos y con mejor salud.

Siempre es necesario enaltecer a los héroes que no llevan capa, pero si espuma. No importa el momento, es de justicia hacer este reconocimiento en nombre de la raza humana que se baña con periodicidad, inclusive en nombre de aquellos que lo hacen todos los sábados, estén o no estén sucios, sin esperar nada a cambio más que la sensación de frescura y limpieza. Este es un agradecimiento a los jabones por todas las inmundas batallas ganadas, que se cuentan por millones, y que libran de manera anónima. 

Este objeto fragante tiene la categoría de ser uno de los objetos más limpios del mundo. Inclusive existe el dilema de saber si cuando una barra de jabón se cae al piso, ¿el jabón se ensucia o se limpia el piso? Los más grandes sabios, como Agustín de Tumbaco, siguen discutiendo este importante dilema. Pero el jabón tiene un incuestionable destino: la limpieza. El rito comienza cuando tomamos esa pieza que usualmente viene envuelta en finas capas de papel, que permite que el jabón respire mientas mantiene una presentación limpia, olorosa y colorida. Se ve hermoso. Huele delicioso. Sabe maravilloso. Hay veces que no queremos usarlo para que siga siendo bonito y fragante, pero su destino está marcado.

Basta que el jabón toque el agua para que empiece a esfumarse. El agua sola no alcanza y el jabón, sin agua, es apenas un adorno. Juntos hacen el trabajo sucio de la humanidad: quitar de nuestro cuerpo todo aquello que preferimos no recordar que estuvo ahí.

El jabón se mete en la mugre, la arrastra, la disuelve y se la lleva. No pregunta de dónde viene la suciedad ni cuánto tiempo lleva viviendo en nosotros. La enfrenta con una dignidad que muchos seres humanos no tendrían ya que es una lucha encarnizada eso de despegar cochinadas. Muchas veces captura pelos que logra sacar de nuestros espumosos cuerpos y los adhiere al suyo. ¡Eso es nobleza! Y, mientras nosotros salimos limpios del baño, una parte de este espumoso amigo se retira tranquilamente por el desagüe y otra se queda cada vez más pequeña, esperando valiente la siguiente batalla.

Cuando salimos del baño fingiendo que somos personas nuevas, nos sentimos frescos, listos, renovados. El problema es que no lo somos y no lo estamos, por supuesto, solo un poco mojados, con menos adherencias y respirando a limpio. Somos los mismos de ayer, con los mismos problemas y probablemente con las mismas decisiones, con menos mugre. Pero olemos mejor.

Uno empieza la ducha con una barra firme, perfecta y diez minutos después ya tiene entre las manos una babosa de jabón. Al día siguiente ha perdido los relieves. A la semana parece una galleta y al final queda una lámina viscosa, miserable, que se pega al borde de la jabonera para intentar sobrevivir. Al final, cuando no hay nada que hacer, nos dice: "gracias, es todo lo que pude hacer".

Hay algo profundamente injusto en esto.

Porque el jabón mantiene a raya nuestra condición animal. Nacemos cubiertos de fluidos y pasamos llenos de bacterias. Sin embargo, cuando llega el jabón aparece la civilización. El jabón es una frontera diminuta entre nosotros y la barbarie. Da la vida por nosotros y poco le agradecemos.

¿Qué sería de nosotros sin jabón? Sin duda, una prolongación asquerosa e incivilizada de nuestra suciedad. Este milagroso objeto, por suerte, nos vuelve más humanos, menos apestosos y con mejor salud. Podemos usar el blanco, el de glicerina, el que es líquido, el que sale como espuma, el que raspa como lija. Inclusive, el famoso jabón chiquito, que no hace falta describir todo el bien que hace a la humanidad.

El jabón, mientras tanto, sigue haciendo su trabajo sin pedir reconocimiento. No da discursos sobre su vocación de servicio. No anuncia que es indispensable ni espera una condecoración. Tal vez por eso sea una criatura moralmente superior. Es ese que se sacrifica por nosotros sin esperar nada a cambio. 

Esta mañana tuve entre mis manos una pastilla nueva. Perfecta, blanca, todavía seca. La huelo. Huele a jabón. Es jabón. 

Dentro de unos minutos dejará de serlo. El agua correrá, la suciedad desaparecerá, yo volveré a parecer una persona decente y el jabón se habrá sacrificado y perdido un poco de su cuerpo para que yo consiga parecerme lo más posible a un ser humano. Lo sé. Es un círculo vicioso. Pero ese es su destino: se reducirá y desaparecerá, sin pedir nada a cambio.

No puedo hacer nada contra eso.

Pero puedo lavarme las manos.

Y, por ahora, con eso alcanza. (O)