Zaltrín y Marivela Nabetse Zitro
Cada pareja crea y tiene su propio lenguaje, señales y gestos. Es único e irrepetible. Por eso, cuando una pareja se separa, se pierde un mundo, se acaba un lenguaje único.

Marivela regresó al cuarto y vio un libro sobre la mesita de noche que le llamó la atención. Se puso cómoda, lo tomó y se percató de que era uno de Cortazar. Le llamó la atención la portada, pero enseguida entendió que era un libro que podía abrir en cualquier página.

— ¿Has leído? —, preguntó.

—Un poco. Voy despacio, de salto en salto—, contestó Zalatrín.

Con un poco de valor, Marivela empezó a leer en voz alta en la página que por casualidad había abierto: “68. Apenas él le amalaba el noema, a ella se le agolpaba el clémiso y caían en hidromurias, en salvajes ambonios, en sustalos exasperantes. Cada vez que él procuraba relamar […]”. Zaltrín le cortó con un beso.

Ambos se obsertaron con flúmidos oribeles las nímbulas de los ojos y sin entender mayor cosa se imanaron de las cantímploras. Se quedaron oblicuando las pálidas garchas mientras lambrucían los estoques y el plúmbaro. Era necesario valandrar después de tanto soflán. 

Luego de un clérido intercambio de doménicas y margaritas, pensaron que sería mejor murcipitar por las solípidas anémulas.

— Ultimaré los nictos blandos—, dijo él. Ella se sonrojó.

Zaltrín optó por farulear y empezó a belesar el occipucio. Enseguida activitó un nurilo y tres alarifes. Así fue como ella calyu da floter.

—Fráncide — gritó Marivela a Zaltrín (que en su idioma significaba algo así como NoTeVayasTodavíaQueTengoMuchasCosasQueDecirtePeroNoSéCómo)

Él, en tonos de miraveles estaba en narela franda, con las piedras respirando falcados de nictos antiguos. Ella respondió con un brétilo y amainó un úlmare en la fúchila. No era dolencia ni júbilo: como ya dije, era ulmare repleto de agustines.

—Hoy no —murmuró Zaltrín, con un susurro fálido.

Cuando se sentaron al filo de las almas, conversaron un poco por el tícelo que se drápico. Así, con el brumelado en las manos, se tocaron la ataraxia. A pesar de todo, logruso un engrupe completo y eso les dio cosquillas.

Alcanzaron en un rato el crasel, pero tremblinaron las cuerdas que se habían carlangas. Hubo un gratio y todos hicieron silencio. Fue entonces cuando el señor hizo que vibrara el ebúrneo.

Después de esa noche que hacía un calumbre salvajese, ellos estaban un poco garcibeles por el flandulín. Pero eran felices. Se dedicaban al melero, a veces al surulo pero nunca faltaban los aguamieles. Eso sí, no dejaban nunca de estar juntos, día tras día. Eso hacía que la rutina afecte la relación, como todas, pero siembre había alcántaras, imaginación, asombro, caléndulas. También había desgaste.

Pasaban los días y cada vez se volvía todo más clámoris, se gastaban más las palabras usadas que nunca se reponían. Por obvias razones, empezaron a ser pocas las palabras de un lenguaje que se agotaba. Estaban catando migas de núbil, qué fue una excepción, pero les puso sumamente contentos. Ambos hicieron un esfuerzo y por eso estaban entre Mugarela y Chorum, pero se decidieron por Turambico. Creyeron que eso iba a devolver la ilusión.

Una noche que fazía ventisca, las cosas se pusieron un poco más normales. Zaltrín confesó su mayor trémulo: que un día las palabras se les acabaran. Que ya no quedara ningún vocablum nuevo para decir te quiero. Marivela lo escuchó con los ojos húmedos y le tomó la mano, que estaba fría pero viva.

—Inventaremos más —contestó— Siempre hay más. Porque el amor tiene su propio lenguaje. (O)

Y como el gíglico, no se entiende: se hace. (O)