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No hay margen para el error

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Sarita Espinosa de los Monteros aprendió temprano que la disciplina no se negocia. Con esa convicción creó Ecua-American. Forma a su hija Adriana Sánchez para que la acompañe en el manejo futuro de la empresa. Este centro integral ambulatorio de diagnóstico es uno de los más importantes y completos del país, con 21 sucursales y más de 10 millones de exámenes al año.

Cuando la doctora Sarita Espinosa de los Monteros (así se la conoce en el mundo de los laboratorios clínicos) tenía siete años, su abuelo Enrique con naturalidad sentenció su futuro, sin rodeos ni concesiones: “Usted va a tener que ser farmacéutica”.

No hubo preguntas ni sugerencias. Fue una definición. En su familia, las decisiones importantes no se discutían, se asumían con obediencia. Sarita no entendía aún qué significaba ser química farmacéutica, pero comprendió quesu vida estaría regida por la exigencia.

Décadas después, esa niña se convirtió en una de las mujeres más influyentes del sistema de diagnóstico clínico del Ecuador. Fundó EcuaAmerican en 1979. Hoy el grupo maneja una operación que atiende a un promedio de 1.200 pacientes diarios, más de 500.000 al año; procesa al menos 6,5 millones de exámenes anuales; opera con 21 sucursales en cinco ciudades, y emplea a 650 personas.  El segundo semestre de 2026 abrirá un nuevo centro con todos los servicios en CitiMed Tumbaco. Nada de esto fue casual.

Sara Espinoza de los Monteros
Sara Espinosa de los Monteros y Adriana Sánchez. Fotos: Pavel Calahorrano Betancourt

Infancia que forma líderes

Sarita nació en Quito, pero su infancia transcurrió en una hacienda en La Esperanza, pequeña población cerca de Ibarra, rodeada de cultivos de papa, habas, frijoles y quinua. Las jornadas empezaban temprano y el trabajo se cumplía sin excusas. Tomaba leche recién ordeñada y el tostado nunca faltaba en la mesa. El estudio ocupaba un lugar central. “En mi casa no existía la palabra mediocre”.

Hija única, tuvo una vida tranquila, pero exigente. “Todo o se hacía bien o se volvía a hacer”. Ese entorno forjó una personalidad metódica, observadora y disciplinada.

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Su madre sembró en ella el hábito de la lectura, casi como una obligación; también desarrolló una forma de pensamiento y constancia mental. Dante Alighieri, Víctor Hugo y Alejandro Dumas fueron parte de algunos de sus libros más relevantes. Su padre, en cambio de convicciones firmes, “siempre decía que a las personas se las conoce por los modales en la mesa y el respeto a los demás”. 

Ese equilibrio fue formando una personalidad detallista, observadora y resistente a la presión. El colegio reforzó esa lógica. A los 12 ingresó como interna en el colegio de las Bethlemitas, en Ibarra. Buena estudiante, profundamente religiosa, “hasta ahora”, recalca. Esta estructura la volvió aún más estricta. En las tardes aprendió lo que en esa época era indispensable en una mujer de familia: tejer, bordar y cocinar. “Lo máximo que llegué a hacer fue una bufanda”, dice entre risas.

A inicios de los años setenta, la familia viajó a Quito para decidir dónde estudiaría su carrera. Solo existían tres opciones. Algunos se oponían a que la joven ingresara a la Universidad Central. Su padre terminó la discusión con una frase que ella jamás olvidará. “Mi padre fue tajante: ‘Mi hija va a ser una señorita decente tanto en un cuartel militar como en la Central’”.

Aprender con sustos

A los 18 años, por recomendación, consiguió una pasantía en el Hospital Militar. Fue su prueba de fuego y primer contacto real con la presión del trabajo clínico. “Mi jefe, un sargento, me dijo: ‘Espinosa, vamos a sacar sangre’. Nadie me entrenó. Mis gotas de sudor caían sobre el brazo del conscripto. Él me decía que no me asustara, que sí podía”. Las jeringuillas eran de vidrio, las agujas se esterilizaban al vapor y el equipo se reutilizaba. De esta experiencia aprendió una verdad: “En un laboratorio no hay espacio para el error, porque al otro lado hay una vida”.

Sara Espinoza de los Monteros
Sara Espinosa de los Monteros y Adriana Sánchez  Fotos: Pavel Calahorrano Betancourt

Abrirse camino

A los 24 años, abrió su primer laboratorio en la Avenida de la Prensa, en el norte de la ciudad. Ella misma hacía de todo: tomaba muestras, procesaba resultados, atendía pacientes, revisaba equipos. “Aprendí el negocio desde el piso”. Abrirse camino no fue fácil. Poco a poco los médicos empezaron a recomendarla, por una razón simple: la confianza. Cada resultado era revisado con una atención obsesiva, para ella no había posibilidad de un error.

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Con el tiempo, su nombre se popularizó más allá del barrio. “Me voy donde la doctora Sarita a hacerme un examen”. Esta frase se volvió cotidiana.

Hoy EcuaAmerican es un centro integral ambulatorio de diagnóstico. Dentro de su portafolio de servicios constan laboratorio clínico, imagen diagnóstica, anatomía, patología, molecular y genética, medicina ocupacional, fisioterapia y óptica. 

Sara Espinoza de los Monteros
Sara Espinosa de los Monteros, fundadora Ecua-American

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