Bicentenario de Pichincha. Reflexiones sobre la República
La historia viva no es un libro, ni es solamente un dato, ni se agota en un personaje ni en sus discursos. El hilo conductor -a veces sinuoso, a veces tenso- viene desde los tiempos de la fundación, desde los mitos, las leyendas y las realidades, hasta el escenario de hoy.

Rememorar, evocar, mirar al pasado y, sin falsificarlo, ponerlo en el contexto de nuestros días. Volver a la historia y redescubrirla sin cambiarla. Hacer el riguroso esfuerzo de proyectar la República en la perspectiva de los hechos, de los triunfos y las derrotas, de las batallas y también de los tiempos de paz, de los personajes y  las multitudes anónimas, de Sucre y de sus lugartenientes, de Bolívar y sus pasiones, de los realistas y los patriotas. Reivindicar a los olvidados, como Francisco Miranda y Rosa Zárate. Y a las mujeres de la revolución, patriotas y realistas.

       La historia viva no es un libro, ni es solamente un dato, ni se agota en un personaje ni en sus discursos. El hilo conductor -a veces sinuoso, a veces tenso-  viene desde los tiempos de la fundación, desde los mitos, las leyendas y las realidades, hasta el escenario de hoy. Es la razón que, de algún modo, explica los porqués de la república, las causas de la sociedad, las precarias condiciones de la democracia, las ilusiones de miles de personas, y los desencantos y negaciones de otras tantas.

       La historia así entendida es una exploración. La exploración y el viaje  a nuestras fuentes, al origen de las instituciones, a las razones de la violencia y de la paz, a las explicaciones de la economía, a las esclavitudes y las libertades. Esa historia es nuestro reconocimiento,  es un encuentro con algo que puede llamarse identidad; es una suerte de espejo en que debemos vernos, pero extendiendo la mirada más allá de la superficie, más allá de ideologías y prejuicios,  y asumiendo el pasado sin las lentes deformadoras del presente.

       La historia, esa historia, está hecha del entorno que impone límites y distancias, del tiempo y las generaciones, de las circunstancias y los ejemplos, de los ecos de las batallas, de revoluciones y teorías. Fue hecha por personajes de carne y hueso; fue hecha de economía, de pobrezas y riquezas, de rutas del mar y de la tierra, del afán de gloria, de las frustraciones que causan  las derrotas y las injusticias, pero también de la fe y la esperanza de la gente. 

       La rememoración debe aludir a los actores, a los libertadores y a los otros, porque la historia no es solamente la visión del vencedor ni la del general, es la perspectiva múltiple de mundos complejos, de intereses y pasiones que se superponen y  contradicen. Es el texto académico, el discurso, la constitución y la ley, pero es también la noticia del terremoto, las ruinas que dejó la guerra, los excesos de los unos y de los otros. Es el cura que conspira contra el poder desde el púlpito de la iglesia de un pueblo remoto; es el obispo que le hace el juego al poder; es el asesino que entró a la cárcel a matar a los presos un 2 de agosto; es el abogado que se defendió solo ante un tribunal de enemigos; es el realista fusilado por conspirar a favor del rey; es la mujer revolucionaria que escondió perseguidos en su casa, la que incitó a la rebelión, la que escribió panfletos.

      La conmemoración de una batalla corre el riesgo de opacar a las otras, de provocar el olvido de eventos en que los triunfadores fueron entonces derrotados. Y es complicado ciertamente, recordar los fracasos, las traiciones, los heroísmos inútiles. La tendencia es recordar eventos gloriosos. Esa es la historia parcial, la que matiza la cara esplendorosa; pero no solo de eso se forman las sociedades; se amasan también con los fracasos y las negaciones; se expresan en la literatura, en el arte, en la tragedia de un fusilamiento, en la opacidad de un pacto, en el dolor de un desterrado.

      La idea de este libro, más allá de la glorificación de una fecha, es aproximarse a lo que debería entenderse como la conmemoración de un país que se ha formado trabajosamente, pese al poder, y en contra de todas las desilusiones, hasta llegar a lo que ahora tenemos, y asumir cómo nos formamos y, a veces, cómo nos soñamos y también en qué forma nos negamos. Y para hacerlo, más allá de los  escenarios de la historia oficial, creemos necesario recordar los hechos desde la vida, la literatura, la prensa, la economía, el derecho y las tendencias que prosperan en el subsuelo de la sociedad. 

       Este libro debería servir más que a los historiadores, a los hombres y mujeres que hacen todos los días el Ecuador, a los que se duelen de su suerte y  sienten de verdad lo que podemos llamar la patria, como su casa y como la casa de los abuelos, de los padres y los hijos.

(Páginas introductorias al libro Bicentenario de Pichincha. Reflexiones sobre la Republica) (O)