Ser candidato: entre máscaras y votos
Nuestros cantones y provincias no necesitan más improvisados redentores de micrófono, sino administradores competentes, técnicos, con agudo sentido de realidad y urgencia.

La política ecuatoriana contemporánea es, en muchos sentidos, un teatro donde conviven la tragedia y la farsa. No se trata de la disputa noble de ideas, como se esperaría, sino de una coreografía repetida, llena de promesas sobredimensionadas, enemigos inventados y una ciudadanía que oscila entre la esperanza ingenua y el lúcido hartazgo. En ese escenario, aspirar a una dignidad cantonal o provincial exige algo más que ambición, exige carácter, inteligencia, moral, y, sobre todo, resistencia a la tentación de convertirse en lo mismo que se critica.

Hacer política hoy, implica comprender que el votante no es tonto, pero sí está fatigado, porque ha aprendido a sospechar del discurso grandilocuente, aunque todavía se deja seducir por el candidato que habla “bonito” y ofrece soluciones mágicas, como si administrar un municipio fuera tan sencillo como repartir caramelos en campaña, quitar y poner adoquines, pintar una pared o abrir y mal cerrar huecos en las calles.

El populismo -especialmente aquel que se disfraza de justicia social mientras reparte miseria con retórica- ha perfeccionado el arte de decir mucho sin hacer nada. Y lo más preocupante, ha normalizado la mediocridad, repartiendo culpas a diestra y siniestra, acusando de persecución o sabotaje para ocultar su inoperancia, como si la cercanía con el pueblo, se produjera de esa forma.

Recuerdo una escena que bien podría resumir este dilema del “ser” y el “parecer”. En una campaña local, un candidato -trajeado, impostado, recién llegado al barrio que decía amar- se esforzaba por saludar a los vecinos con torpeza ensayada, a pocos metros, una mujer mayor lo observaba en silencio. Cuando él se acercó y le prometió “transformar su vida”, ella respondió con una frase que desarmó toda la puesta en escena: “Mijito, yo no necesito que me cambie la vida, lo único que necesito es que no me mienta”. Aquella sentencia, más lúcida que cien planes de gobierno, expuso la grieta esencial entre la autenticidad y la actuación.

El candidato serio debe partir de una premisa incómoda, gobernar no es agradar, es decidir... y decidir implica, muchas veces, contrariar. Quien aspire a un cargo local debe dejar de lado la obsesión por la popularidad inmediata y abrazar la responsabilidad de largo plazo, eso no vende bien en TikTok, pero construye legado, la política no debería ser un concurso de simpatía, aunque en Ecuador a veces parezca un casting de animadores de fiestas parroquiales.

En este punto, conviene recordar al politólogo Giovanni Sartori, que señalaba: “La política es, en gran medida, el arte de hacer parecer necesario lo que se ha decidido”. La frase, lejos de ser un elogio, es una alerta, cuando el “parecer” suplanta al “ser”, la política se vacía de contenido y se convierte en espectáculo. El buen candidato no niega la importancia de la comunicación, pero se niega a convertirla en sustituto de la verdad.

Hay, además, una dimensión ética que no puede seguir siendo opcional, la corrupción no empieza cuando se firma un contrato amañado, empieza cuando el candidato acepta financiamiento dudoso “porque así es la política”. No, no es así, así la han hecho quienes no supieron resistir la tentación, el nuevo liderazgo debe comprender que la transparencia no es un eslogan, es una práctica cotidiana que incomoda a los aliados incorrectos.

En cuanto al discurso ideológico, conviene decirlo sin rodeos, la izquierda populista ha confundido igualdad con nivelación hacia abajo y justicia con revancha. Ha hecho del resentimiento una bandera y del Estado un botín, criticarla no es un acto de derechismo facho, como algunos dinosaurios despistados lo califican, sino de honestidad intelectual.

Nuestros cantones y provincias no necesitan más improvisados redentores de micrófono, sino administradores competentes, técnicos, con agudo sentido de realidad y urgencia.

Así, hacer política en el Ecuador actual exige una rara combinación, firmeza sin arrogancia, cercanía sin vulgaridad, crítica sin odio. El candidato que entienda esto no será necesariamente el más aplaudido en campaña, pero tendrá una posibilidad real de gobernar con dignidad, en un país donde la política ha sido tantas veces un espectáculo decepcionante, eso ya sería, casi, casi, una revolución silenciosa.

El desafío de los candidatos, de cara a las próximas elecciones seccionales, es no convertirse en caricaturas o memes, los que optan por la reelección, deberán justificar sus fotos en la papeleta con argumentos fehacientes, porque de lo contrario, antes que esperanza serán vistos como amenaza…volver a votar por quienes ya tuvieron la oportunidad de servir y no lo hicieron, es como borrar la pizarra para repetir el error… (O)