Para los bancos extranjeros y las nuevas empresas digitales, el mercado estadounidense de banca minorista pasó a ser más una trampa que una oportunidad. BBVA, el segundo mayor banco de España, vendió su negocio en Estados Unidos a PNC en 2021. N26, con sede en Berlín, se retiró del mercado ese mismo año, dos años después de su llegada. Monzo, con sede en Londres, cerró sus operaciones hace cuatro meses, mientras que Revolut intenta otra vez captar clientes estadounidenses y, para eso, tramita una licencia bancaria. Incluso Chime, el principal competidor digital local, mantiene una cuota de mercado inferior al 5 % tras 12 años de esfuerzo sostenido y una inversión de miles de millones de dólares.
Ahora, uno de los competidores más hábiles del sector, Nubank, con sede en Brasil, decidió probar suerte en un terreno que resultó devastador para muchos otros. En enero, recibió la aprobación condicional para obtener una licencia bancaria federal en Estados Unidos. Ese paso puso en marcha un plazo regulatorio: Nubank debe aportar capital social a su banco estadounidense antes de febrero de 2027 y abrir sus puertas a mediados del próximo año.

El banco digital podría tener la mejor oportunidad hasta ahora para conquistar el mercado estadounidense y planea hacerlo sin resignar la disciplina financiera ni los resultados que llevaron su valor de mercado a US$ 68.000 millones, frente a los US$ 38.000 millones que alcanzó cuando debutó en la Bolsa de Nueva York, en diciembre de 2021.
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Nubank nació en 2014 como una tarjeta de crédito, en una época en la que cinco bancos lentos y con altas comisiones controlaban el 80 % del mercado brasileño, y desde entonces atrajo a 115 millones de clientes en ese país. Además, suma 15 millones en México y casi 5 millones en Colombia. El año pasado, la entidad registró ingresos por US$ 16.000 millones y obtuvo una ganancia neta de US$ 3.000 millones, gracias a un modelo digital que mantiene bajos los costos de atención.

David Vélez, cofundador y CEO de Nubank, tiene 44 años, nació en Medellín, Colombia, y es padre de cinco hijos. Trabajó como inversor de capital privado y cursó un MBA en Stanford antes de decidir que prefería crear su propia empresa en lugar de invertir en compañías ajenas. Su apuesta le dejó una fortuna de US$ 13.000 millones y lo convirtió en el segundo colombiano más rico.
*Este artículo fue publicado originalmente en Forbes.com.