El momento de la verdad
Tras un par de años de inversiones récord, expectativas estratosféricas y debates encendidos sobre regulación y ética, el panorama de la inteligencia artificial enfrenta ahora una encrucijada.

Todos recordamos las primeras veces. Esas sensaciones, esos temores, la frustración del error y la satisfacción de aprender algo nuevo. La primera vez que pudimos pedalear la bicicleta sin ayuda de nuestra mamá o papá, la primera ecuación resuelta en el colegio, el primer corazón roto, el día uno en la oficina o ese capital que llegó para emprender.

Son momentos que marcaron un antes y un después, puntos de quiebre, recuerdos que se almacenan en la memoria y que, en algunos casos, forjan el carácter para bien o para mal. Allí están esos instantes que se convirtieron en puntos de partida en lo personal, en lo académico o en lo laboral. Son momentos que perdurarán hasta el final de nuestros días.

Y en esos recuerdos están también la primera vez que usamos de manera consciente la inteligencia artificial. Recuerdo que mi hijo mayor, en ese entonces de 16 años, fue mi guía en esta materia. Corría el 2022 y ya se escuchaba con frecuencia sobre ChatGPT y su impacto en las tareas del colegio, así como en actividades profesionales. Esa primera vez fue, como todas, inolvidable.

Ese año marcó el despegue masivo de la inteligencia artificial generativa, pero 2023, 2024 y 2025 fueron los años en que el mundo empresarial, a escala global, comprendió su potencial. Ahora, en este año que empieza, se puede decir que estamos ante el momento de la verdad de la IA.

Tras un par de años de inversiones récord, expectativas gigantescas y debates encendidos sobre regulación y ética, el panorama de la inteligencia artificial enfrenta ahora una encrucijada: consolidar verdaderos casos de valor o sucumbir al temor de estar ante una nueva burbuja tecnológica.

La magnitud de las inversiones previstas es difícil de ignorar. Los fondos de capital de riesgo, gigantes tecnológicos y bancos de inversión han inyectado miles de millones de dólares en startups de IA, plataformas de automatización y servicios basados en modelos de lenguaje y visión artificial. 

En Estados Unidos, Europa y Asia, los presupuestos corporativos destinan entre el 15 % y el 30 % de sus recursos a iniciativas relacionadas con IA. Capital privado y público se han alineado para no quedarse fuera de lo que muchos llaman “la próxima infraestructura de la economía digital”.

América Latina no es ajena a esta dinámica. Desde hubs tecnológicos en Brasil y México hasta emergentes polos de innovación en Colombia, Chile y, de forma incipiente, en Ecuador, la región empieza a atraer atención. En esta coyuntura surge una pregunta: ¿estas inversiones se colocan en oportunidades reales de negocio o solos estamos ante una narrativa que promete más de lo que puede entregar en el corto plazo?

Tenemos, entonces, las dos caras de una moneda. Por un lado está el optimismo que se basa en casos tangibles: automatización de procesos en sectores como la banca o la logística, sistemas de diagnóstico temprano en salud, optimización de cadenas de suministro, y herramientas de análisis predictivo que ya ayudan a compañías a mejorar sus beneficios. Pero cuando se mira más de cerca, surgen alertas: startups que reportan crecimiento de ingresos inferior a las expectativas o clientes que inicialmente mostraron entusiasmo por soluciones de IA frenan sus planes ante costos de implementación elevados o resultados pobres.

Estos desajustes han reavivado comparaciones con precedentes históricos: la burbuja puntocom del 2000 y, más recientemente, la euforia en torno a las criptomonedas. En ambos casos, fue la sobrevaloración de expectativas —más que la tecnología— lo que generó correcciones dolorosas para inversores y emprendedores. ¿Estamos repitiendo esa historia con la IA?

El temor a una burbuja, entonces, no es sólo financiero; es una preocupación por la legitimidad social de la IA. Si millones de dólares se invierten en proyectos que no generan valor tangible, la confianza pública en la tecnología puede deteriorarse, dificultando la adopción de aplicaciones que sí podrían transformar industrias y mejorar vidas.

En 2026, la IA enfrenta su prueba de madurez. Las inversiones seguirán fluyendo, pero con mayor disciplina y necesidad de resultados. Para gobiernos, emprendedores e inversores, el desafío es el mismo: apostar por soluciones que generen valor sostenible, y no por espejismos que desaparecen cuando baja el telón de la euforia.

Cierro con una frase que quedó tras una conversación con un amigo emprendedor. “Si mi competencia utiliza IA y yo no lo hago, estaré en desventaja”. (O)