Mejor se lo digo yo, antes que internet
Hoy, 1 de cada 3 niños accede a contenido sexual en internet sin buscarlo (Save the Children). Y la edad promedio de primer contacto con pornografía es de 12 años, aunque muchos llegan antes de los 10 (Common Sense Media).

Hay temas que, a medida que niños y niñas crecen, se vuelven cada vez más complejos de abordar. Desde reconocer si existe acoso o violencia en las aulas, hasta entender cuánto está afectando esto a nuestros hijos y en qué medida somos capaces de identificar señales de alerta para prevenirlo y acompañarlos, son desafíos que hoy tanto maestros como padres debemos enfrentar.

Sin embargo, hay un tema que, a mí, personalmente, me ha estado inquietando: cómo responder a las preguntas sobre sexualidad que mi hijo comienza a hacer y que, en la mayoría de los casos, surgen en la escuela.

Estoy convencida de que estar preparados para brindar respuestas adecuadas, acordes a la edad, es fundamental. Pero no desde la incomodidad o el silencio, sino desde el afecto y la naturalidad. Hablar de sexualidad debería formar parte del desarrollo integral de los niños, como una educación para el amor: una que promueva el reconocimiento del propio cuerpo, el respeto y la aceptación, y que siente las bases de una autoestima saludable.

Hoy se recomienda mantener un diálogo abierto, con información adaptada a su edad, pero siempre veraz. Y esto, en teoría, suena adecuado. Sin embargo, en la práctica, no surge de manera espontánea. Requiere preparación, criterio y, sobre todo, un ejercicio consciente de parentalidad.

Cuando mi hijo empezó a hacer preguntas, no supe exactamente cómo responder. Busqué apoyo en un buen recurso —Educación sexual para niños y niñas: guía para padres y educadores—, pero sentí que llegué tarde. Algunos de sus compañeros ya habían accedido a información muy distinta a la que yo quería transmitir: no desde el respeto y el afecto, sino desde lo explícito, lo fragmentado y, en muchos casos, descontextualizado.

Lo que observo no es curiosidad natural, sino una acumulación de imágenes y mensajes que los niños repiten sin comprender del todo. Y ahí es donde algo se rompe: la sexualidad deja de ser un proceso de desarrollo para convertirse en una exposición precoz a contenidos que no están diseñados para ellos.

No podemos ignorar el contexto. Con la llegada de las pantallas y el acceso, muchas veces sin control, a redes sociales, la información ya no llega gradualmente: irrumpe. Llega de golpe, sin filtros, impactando directamente en la mente y el corazón de los más pequeños.

Comencé esta columna diciendo que no tenía problema en formarme para hablar con mi hijo sobre sexualidad desde el respeto y el amor. Y lo sostengo. Pero también reconozco que no todos los niños están viviendo este proceso de la misma manera. Se nota en el lenguaje, en las bromas de doble sentido antes de los nueve años, en el uso de términos que denigran el cuerpo propio y ajeno.

Ahí es donde debemos detenernos.

Porque ser permisivos también es una forma de descuido. Dejar a los niños sin acompañamiento frente al acceso a contenido explícito no los hace más libres ni más informados: los deja más vulnerables. Y lo que se construye entonces no es una comprensión sana de la sexualidad, sino una idea distorsionada, muchas veces cargada de violencia, presión y deshumanización.

Hoy, 1 de cada 3 niños accede a contenido sexual en internet sin buscarlo (Save the Children). Y la edad promedio de primer contacto con pornografía es de 12 años, aunque muchos llegan antes de los 10 (Common Sense Media).

Educar en estos tiempos implica adelantarse, escuchar, brindar confianza y prepararse para dar respuestas desde el respeto y el amor.
Porque cuando llegamos tarde, o no llegamos, alguien más ya habló por nosotros. (O)