“¡Pooooor el Deportivo Quito!”
El Quito no colecciona títulos, colecciona batallas. No gana la guerra, porque en el fútbol, como en la vida, no cuenta haber sido el mejor ayer. Cuenta cada partido, cada pelea y todas hay que ganar. No siempre se puede, pero se intenta. Esa mística hace que sea un equipo distinto porque aquí nadie se rinde.

Minuto 88. Pelota parada (ataque por la banda o saque de arquero, da igual). El marcador abajo. Alguien en la preferencia grita con rebeldía e inconformismo. El Estadio hace silencio, a la espera de la explosión y la catarsis. Está a punto de ocurrir el milagro: “Pooooor el Deportivo Quito”. Los fieles responden: “Y dale, y dale, y dale, Quito, dale”. Luego del aliento viene una categórica afirmación, una declaración de intenciones de la que no se regresa, una confesión que se grita con convencimiento: “Si, si señores, yo soy del Quito. Si, si señores, de corazón?”. Así empieza la confesión que hace cada aficionado, desde su fuero más consciente e íntimo y que casi no difiere del “yo confieso ante Dios Todopoderoso, y ante vosotros hermanos?” que soy del Quito.

Luego de la confesión de los hinchas masoquistas del sufrimiento, muchas veces, el milagro ocurre en forma de gol. A lo Deportivo Quito, que es la forma más común de ganar un partido (o de perderlo también).

Pero ¿por qué ser del Quito? Es difícil explicar. El Quito tiene personalidad propia y gracias a eso el hincha se identifica. César Pardo Duque dice que el Quito es una hermosa película de cada uno de nosotros. Es un espejo donde se ven los valientes. El Quito no es para cobardes, por eso, ver 90 minutos de juego es como leer un manual para enfrentar la vida en circunstancias adversas. Y entenderlo.

Por eso existe el Quito. Ser del Quito es un modo de vida y, sin duda, va más allá de un partido de fútbol. El Quito soy yo y nos parecemos porque somos mundanos, de barrio. Al igual que el equipo, vivimos pensando en despertarnos todos los días con coraje, a empujones, luchando con determinación porque la vida es dura y si no hay sangre, no es faul. Siempre terminamos encontrando la forma de llenar la olla en los descuentos, en el minuto 88, como los goles de Alustiza y Arroyo por el campeonato. Y lograrlo. 

El Quito ha logrado construir algo que es casi imposible: identidad. Por eso, como sucede con otros clubes en el mundo, existen características que trascienden el juego y que atrae a los aficionados al momento de elegir un equipo. ¿Por qué ser del Quito? Porque puedo. Porque me representa.

Su fútbol necesita ir al límite. Habrá equipos que jueguen más bonito, más vistoso, más etcétera, pero este equipo necesita emoción como motor y justificación. Y a veces la heroicidad no es suficiente para ganar partidos. Eso también se sabe. Pero el héroe no deja de intentarlo y, claro, no se rinde. En eso radica la gloria. Por eso lo imperfecto de sus campañas, porque lo perfecto aburre. El hincha sufre todos los días y, como el equipo, despierta el superhéroe que lleva dentro porque la vida es sacrificada y nos pasamos pensando en un campeonato que no llega. En un ascenso que no se concreta. Pero que se pelea, cada partido, cada batalla porque algún día se gana y jamás perdemos la esperanza. Eso es Deportivo Quito.

El Quito es más que un equipo de fútbol. “El Quito no tiene hinchas, tiene fieles”, como dice César Pardo Duque, por eso ser del Quito demanda entrega. El Quito es esa primera vez. Es el primer y único gran amor. A veces es la novia tóxica que no queremos dejar. Es una necesidad. Es un desahogo. Es gritarle a la vida que sufrimos, pero que no nos dejamos vencer. Por eso el Quito es mucho más que fútbol. El juego es quizás el pretexto. Como escribe José María Morán en su libro Ángel Eléctrico, “?para ser hincha del Quito, se tiene que nacer diferente. Debes partir de aceptar que nada viene fácil, que nada se puede dar por sentado, que hay que acostumbrarse a pelear a muerte, contra viento y marea, para conquistar el más ínfimo de los logros. Como sucede con la vida misma. Para ser hincha del Quito, se debe entender claramente que la batalla es sin renuncia, que la angustia y la prolongada agonía son una parte indispensable de la gloria.”

El Quito no colecciona títulos, colecciona batallas. No gana la guerra, porque en el fútbol, como en la vida, no cuenta haber sido el mejor ayer. Cuenta cada partido, cada pelea y todas hay que ganar. No siempre se puede, pero se intenta. Esa mística hace que sea un equipo distinto porque aquí nadie se rinde. No me cabe ninguna duda que, si se hubiera llamado Deportivo Calceta, hubiera empatado.

Ernest Hemingway decía que “el mundo nos rompe a todos y, después, muchos son fuertes en los lugares rotos”. Eso es lo que le hace fuerte al Deportivo Quito? y a nosotros también.